Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

El Hilo Quebrado

~XIX~

​En el salón del Telar, el gris dominante se veía asaltado por un brillo insoportable. Selira marcaba un ritmo frenético con el pie contra el suelo; un golpe seco, impaciente, que resonaba en el vacío de la estancia. Su pecho ardía con una intensidad abrasadora, pero no le importaba. En ese instante, su cuerpo no era más que un recipiente estorboso para su voluntad.

​De pronto, el hilo vibró. La luz, antes soberbia, comenzó a palidecer, perdiendo fuerza hasta volverse un eco tenue.

​Selira se detuvo en seco. Sus pupilas se dilataron, devorando el iris en un gesto que no era de satisfacción, sino de alarma. Una ceja se elevó, cargada de una frialdad peligrosa.

​—No —siseó, y su voz cortó el aire como una hoja de afeitar—. Primero extrae la luz... si la luz muere antes de ser mía, no me servirá de nada.

​Como si el universo respondiera a su orden con ironía, el hilo soltó un latigazo de fulgor dorado. El rayo penetró directamente en sus ojos, una descarga de oro puro que ardió con la fuerza de un sol naciente. Selira soltó un quejido, retrocediendo y cubriéndose el rostro mientras el dolor le perforaba el cráneo.

​—¿Cómo es esto posible? —gruñó entre dientes, con la visión inundada de manchas de fuego.

​A lo lejos, Khai mantenía la mirada clavada en aquel balcón, como si pudiera ver a través de las paredes.

​—El olor viene de allá —advirtió Senko, con el vello del cuello erizado.

—Son hilos rotos —respondió Khai. Su voz era plana, pero sus dedos se movían con inquietud.

​Senko dejó escapar un gruñido gutural, sus instintos de depredador rogándole que saltara a la yugular de la amenaza. Estaba listo para el ataque.

​—Espera —lo frenó el chico, con una calma que parecía forzada—. Vamos a ver qué es capaz de lograr.

​Senko bufó y recuperó su forma humana, aunque la tensión no abandonó sus hombros. Pasaron los minutos, espesos como el plomo. El zorro observaba con extrañeza la parálisis de su compañero, hasta que algo cambió en la atmósfera.

​Khai sintió un vacío repentino, una succión en el aire cuando la luz de Ariela comenzó a apagarse. Sin mediar palabra, se lanzó al vacío. Su cuerpo cortó la distancia hacia el balcón en un salto imposible, dejando atrás incluso el grito de Senko.
​—¡Espera! —rugió el zorro—. ¿Por qué se lanza así?

​Khai aterrizó en el balcón sin ruido, como una sombra que regresa a casa. Cruzó la estancia y llegó al pasillo. Allí, la escena le heló la sangre que apenas creía tener: la criatura, ese amasijo de hilos retorcidos y hambrientos, se cernía sobre Ariela. Khai percibió el galope frenético del corazón de la chica... y luego, el silencio absoluto. El latido cesó.

​Un instinto primario, algo que no nacía de las órdenes de Selira, estalló en él. De su mano brotaron hilos oscuros que se trenzaron a una velocidad vertiginosa, ramificándose como veneno negro hasta dar forma a una espada. El arma parecía contener un pedazo del cosmos en su centro, rodeada por un filo de obsidiana azul que vibraba con una energía letal.

​Empuñó el mango y, en un movimiento que fue solo un borrón de oscuridad, cortó a la criatura en dos. El ser se deshizo en mil hilos rotos que se esfumaron antes de tocar el suelo.

​Khai cayó de rodillas junto a la joven. Su corazón estaba agonizando, un motor que se quedaba sin combustible. En ese momento, Senko irrumpió en la habitación, pero tuvo que retroceder cuando una luz incandescente y violenta inundó la sala, cegándolo todo.

​Con los ojos entornados por el resplandor, Khai acercó su mano temblorosa a la fuente de luz. Presionó con un dedo el entrecejo de Ariela. Un rayo ardiente le recorrió el brazo, una descarga que amenazó con carbonizar sus nervios, pero no se apartó. Ante la presión, la luz cedió, ocultándose bajo la piel de la joven como una fiera que regresa a su madriguera.

​El corazón de Ariela dio un vuelco y recuperó su ritmo, constante y fuerte.

​Senko se quedó atónito, con la palabra atrapada en la garganta. Ella iba a morir; el destino ya la había reclamado, y Khai, con un simple roce, la había arrancado de las garras del final.

​Khai se alejó de ella como si acabara de quemarse, con la respiración entrecortada. Su mente lógica no podía procesar su propia reacción. Miró su dedo chamuscado, todavía humeante, y luego la frente de Ariela, donde la luz aún temblaba con una debilidad casi infantil.

​Senko rompió el silencio. Se acercó con paso cauteloso y alzó a la chica en brazos.

​—Dejemos esto en orden… —murmuró, su voz cargada de una fatiga antigua—. Quizá en la mañana despierte pensando que fue un sueño… O una pesadilla.

​Khai se levantó con movimientos mecánicos, siguiendo las instrucciones de Senko como un autómata cuya programación hubiera sido alterada. El zorro la dejó en la cama con una delicadeza que no encajaba con su naturaleza salvaje.

​—El collar despertó tu condena —suspiró Senko, mirando a la joven—. Si él despierta…
​Khai entró en la habitación. Normalmente no se molestaba en leer las emociones ajenas, le resultaban ruidos innecesarios, pero la mirada nostálgica que Senko le dedicaba a la chica se le incrustó en el pecho como una espina.




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