~XX~
Khai llegó a la Torre.
Estaba inquieto. Por primera vez, le importaba cómo lo recibiría su madre.
—Se te va a salir el corazón, cálmate… en serio, verte así me preocupa —murmuró Senko detrás de él.
Khai tocó su pecho. El golpeteo era fuerte; esta vez no era solo una percepción. Su cabeza giraba alrededor de lo ocurrido en la casa de Ariela, como si el recuerdo aún no hubiera terminado de asentarse.
Entró al salón.
Selira estaba de pie frente a la puerta del Telar oscuro.
Khai tragó saliva. Un escalofrío le recorrió la espalda. Cerró el puño, intentando controlar esas nuevas sensaciones.
«¿Qué diablos me pasa?»
—Creí que habías olvidado el camino a casa —dijo Selira, sentándose con calma frente a él.
Khai abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. No sabía cómo explicar lo que había pasado. Ni siquiera sabía si debía hacerlo.
—¡Senko! —exclamó Selira, con un filo de furia en la voz.
El zorro se acercó, tenso.
—No hiciste muy bien tu trabajo. —Lo lamento. No tengo excusa —admitió Senko, inclinando la cabeza. —Ya no importa… igual mi plan no funcionó —dijo Selira, con disgusto—. Muéstrame lo que viste hijo.
Se giró hacia Khai. Le tomó la barbilla y sostuvo su mirada sin parpadear.
La visión lo atravesó.
—Actuaste bien, hijo —sentenció.
Khai parpadeó. Sus nervios se aquietaron, su corazón desaceleró… pero algo en su mente gritaba que aquello era un error. Una imposibilidad. Él no debía haber sido capaz de hacer eso.
—Aunque me sorprende que hayas desafiado mis órdenes. —Igual que a él —bufó Senko en voz baja.
Selira respiró hondo y se recostó contra el espaldar, haciendo un gesto atrayendo algo con la mano.
Los ojos de Khai siguieron el movimiento de los hilos que se acercaban, entrelazándose hasta formar una figura corpórea. Era la misma criatura que había atacado a la chica… pero era diferente.
Esta vez, su rostro no estaba vacío.
Entre el enredo de hilos, dos pupilas incandescentes lo observaron, como llamas contenidas.
—No me opondré a lo que hagas —dijo Selira—. Desde ahora, no necesitaré un verdugo.
—¿Entonces? —preguntó Khai con cautela. —Serás el vigilante de ella.
—¿Ella? —repitió Khai.
Selira se levantó y acarició el rostro del hilomante con una ternura perturbadora.
—Ella tomará la luz. Y tú te asegurarás de que lo haga bien.
Senko se acomodó en el sofá, observando a la criatura con evidente desconfianza.
—¿Y qué pasará con los deseos? —preguntó Khai.
Selira recordó el antiguo Telar. Una leve sonrisa iluminó su mirada.
—Ya no hay necesidad de más deseos —dijo, antes de que su expresión se apagará—. Solo necesito esa luz.
Se volvió hacia Khai.
—Ahora serás un observador. No te acercarás a la luz. Solo seguirás el paso de los hilos y esperarás a que la saque.
Khai apretó los dientes, reprimiendo cualquier gesto de desagrado.
Selira arqueó una ceja.
—No te acercarás a la luz… a menos que sea necesario. ¿Entiendes?
Khai asintió, forzado.
Ariela se duchaba.
Otro día más, y los sueños no la habían invadido. Pensaba en ellos, sí, pero se sentía distinta. Imparable. Su pecho estaba tranquilo.
Sonrió.
«El medicamento funcionó.»
Al salir del baño, vio de reojo una sombra sentada en el sofá frente a la cama.
—¡Ariela!
Su corazón dio un salto.
—¡¿Mamá?!
—No parece que la rata ganó.
Ariela parpadeó, confundida.
—¿La rata?
Silencio.
Su madre la observó con una ceja arqueada y los labios fruncidos.
—Sí, la rata. No me llamaste, así que llamé a Daniel. Él dijo que todo estaba bien. —¡Sí! —insistió Ariela, gesticulando más de lo necesario—. Como ves, todo está bien. ¿Por qué no me llamaste a mí? —No contestaste —su madre suspiró, mirando hacia la ventana—. Él no suele ser tan corto con las palabras. —¿Me llamaste? Dani no me dijo nada ayer. —Le dije que no te dijera nada. Yo misma vendría.
Ariela sintió un vacío en el estómago.
—Espera… ¿de cuál rata hablas?
—¿Cómo que cuál? Tú misma dijiste que una rata se había metido al departamento.
Entonces… eso no fue un sueño, pensó.
Su madre notó la confusión.
—Creí que sonabas rara —rió—. Pensé que estabas medio dormida ese día. Vístete, te haré el desayuno.
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Editado: 19.03.2026