Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

Hilos que recuerdan

~XXI~

El hilomante caminaba delante de Khai y Senko.

Con cada paso, su forma parecía definirse mejor. Los contornos dejaban de vibrar, los rasgos se afirmaban, como si la identidad le estuviera siendo concedida lentamente. Al salir del bosque, la luz reveló su aspecto por completo: cabello corto, negro como un pozo sin fondo; piel canela; una figura escultural de piernas largas y porte sereno.

A primera vista, era una presencia abrumadora.
La belleza de todos los dioses… y la vulnerabilidad de un recién nacido.

—Por la luna y el sol… —murmuró Senko— ¿eso es lo mismo que seguíamos antes?

Khai asintió, indiferente. En su interior no encontraba razón para alarmarse. No veía diferencia alguna que hiciera a la criatura más peligrosa que antes.

¿Qué puede hacer ella que yo no pueda?

Se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros desnudos.

El fuego de los ojos del hilomante se clavó en él, evaluándolo. Bajó la mirada, lo recorrió de arriba abajo. Luego, con un gesto firme, se quitó la chaqueta y se la devolvió, dejándolo atrás.

Siguió caminando.

Unos pasos más tarde, ya vestía una chaqueta y un pantalón que no estaban ahí antes.

—Qué extraña criatura —murmuró Senko. —No es piel —respondió Khai, observando su propia mano. —¿Cómo que no es piel? —Son hilos —afirmó Khai—. Todos.

Senko frunció el ceño.

—Si tu teoría es correcta, podrá sacar la luz… pero entonces, ¿por qué no lo hizo antes? —Solo es una hipótesis. La última vez no intenté sacarla —Khai miró su dedo aún irritado—. Y aun así me quemó. —¿Crees que el deseo se esté protegiendo? —Debemos observar más —dijo Khai—. Y, al parecer… ella lo sabe.

El hilomante se giró levemente, como si hubiera oído su pensamiento.

—Entonces es una versión más poderosa que tú —bromeó Senko.

Khai no respondió.

La luz del sol se filtraba tibia entre las persianas de la sala.

La partida de su madre había dejado marcas extrañas en la mente de Ariela. No visibles, pero persistentes. Habían hablado de sueños, de vidas pasadas… y de un antiguo dios llamado el Caminante Claro.

Intentó sentarse frente a su tabla de ilustración, pero la concentración no llegaba. Terminó frente al computador, con un café medio frío entre las manos.

Sin pensarlo demasiado, escribió:

Caminante Claro mito aluniano”
“Origen de Aluna”
“Dios que se hizo carne – traición – mujer”

Los resultados inundaron la pantalla: foros esotéricos, blogs históricos, páginas de turismo mitológico.

Palabras sueltas saltaron entre los textos:

Drah’mek.
Ari’yen.
Disolución de la luz.
La Gran Guerra.
El juicio del Filo Dorado.

Demasiado.

Todo parecía sacado de una saga épica… y aun así, algo en su pecho vibraba con cada lectura, como si su cuerpo recordara lo que la mente todavía no podía entender.

Un mensaje interrumpió su búsqueda:

Hola, Ari. Recuerda nuestra reunión. Te quiero. Un abrazo.”

Volvió a parpadear. La realidad regresó… pero las dudas no se apagaron.

Siguió buscando hasta encontrar una referencia en una revista de historia antigua.

Un lugar destacado:

La Biblioteca Real de Aluna.

Fundada en los primeros siglos tras el Gran Eclipse.

—¡Vaya! ¿Cómo no lo pensé antes?… perfecto —murmuró, cerrando el portátil.

Tomó un autobús hacia el centro.

La entrada de la biblioteca parecía sacada de otro mundo: piedra blanca, vitrales con figuras imposibles, una puerta doble de madera tallada con rostros sin ojos.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Y, aun así, la fascinación fue más fuerte.

Dentro, el polvo danzaba entre columnas antiguas como espíritus pacientes. Las luces eran tenues. Cada estantería parecía susurrar su propia historia.

En la sección de mitología, un libro la llamó.

Los Cantos Fundacionales de Aluna.

Rozó la tapa envejecida y lo abrió con cuidado.

Páginas amarillas. Letra firme, elegante.

—Aquel anciano leyó esto la última vez…

Pasó las páginas hasta encontrarlo.

El mito del Caminante Claro.

Cuando la luz se hizo carne, descendió el sol entre los hombres.
Caminó con ellos, los amó, los guió.
Pero fue traicionado por su promesa, una mujer de canto dulce que, al romper su palabra, disolvió su forma.
Desde entonces, su alma vaga como niebla, buscando el deseo perdido.”

Ariela tragó saliva.




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