~XXII~
La noche había cubierto la ciudad con un manto oscuro.
Khai fue guiado por la chica de hilos hasta una terraza justo frente al edificio donde vivía Ariela. La joven —si podía llamársele así— observaba la oscuridad como si leyera un mapa oculto. Las brasas de sus ojos ardían en silencio, intensas, vivas.
La mirada de Khai, fría como siempre, contrastaba. Pero había algo distinto: atención. Algo en ella lo mantenía alerta.
—No quiero interrumpir tu concentración… ehm, ¿cuál es tu nombre? —preguntó Senko, rompiendo el hilo tenso.
La chica lo miró.
Nada.
Silencio absoluto.
—Supongo que no me lo dirás —bufó Senko—. ¿Qué pretendes hacer? Deberías aprovechar que está dormida.
Sayku fijó los ojos en los labios del zorro, como si los analizara. Cuando terminó de hablar, negó con la cabeza. Sin prisa, sin emoción.
—No podrá responderte. Deja de interrogarla —ordenó Khai.
Senko ladeó la cabeza y repitió exagerando cada sílaba:
—¿No me es-cu-chas?
La chica lo observó y, sorprendentemente, asintió. Luego miró a Khai y realizó un gesto claro: saltar.
Khai entendió.
Senko también.
La chica dio un paso hacia el borde…
…y saltó.
—Su nombre es Sayku —respondió Khai, lanzándose tras ella.
—¿Qué? ¿Cómo lo supo? —Senko frunció el ceño, confundido, y saltó también.
Llegaron al balcón. Sayku se deshiló en miles de hilos oscuros que se colaron por los marcos de la ventana.
Khai y Senko esperaron afuera, observando, esperando ver si lograría sacar la luz.
Pero algo dentro de Khai cambiaba.
Un nudo en su pecho.
Un temblor que odiaba reconocer.
—Otra vez estás ansioso —dijo Senko.
Khai no despegó la vista del interior.
—Si lo logra… ¿qué propósito tendré al final?
Senko lo miró, sorprendido.
Él no debía cuestionarse su existencia. Jamás.
Dentro, Sayku exploraba la habitación. La última vez, solo había visto sombras y el destello de la luz. Ahora observaba cada detalle como buscando sentido.
Ariela dormía profundamente en el sofá, el cuerpo cubierto por una manta ligera. El libro Los Cantos Fundacionales de Aluna reposaba abierto sobre su regazo, justo en la página del Caminante Claro. A un lado, un cuaderno de dibujo mostraba un rostro trazado con líneas suaves.
En su entrecejo… la luz vibraba, quieta y tibia.
Sayku avanzó con pasos lentos.
Observó dormir a la joven.
La luz era… hermosa. No física, no caliente, pero viva como una nota musical suspendida en el aire.
Extendió la mano hacia ella.
Pero algo la detuvo.
La mano de Khai sujetaba su muñeca.
Las brasas en los ojos de Sayku ardieron de furia. Con un jalón, lo apartó.
—Algo no está bien en la luz —susurró Khai—. Así no podrás sacarla.
Sayku exhaló un suspiro tenso, casi un gruñido, y se disolvió en hilos.
—¿Por qué está agonizando la luz? Hace un momento estaba bien —preguntó Senko.
Khai observó el entrecejo de Ariela.
—No agoniza… se está ocultando —dijo, inseguro.
Senko exhaló aliviado, pero al mirar a su alrededor, algo llamó su atención. En el suelo, el cuaderno abierto mostraba un dibujo: un rostro de facciones suaves, ojos color cielo, cabello dorado…
La nostalgia lo golpeó con violencia.
Soltó el cuaderno y salió.
Khai lo vio irse. Luego extendió la mano hacia Ariela.
El vacío abrió un remolino oscuro en su palma, halando la luz desde lo profundo.
El deseo cedió… casi emergía… cuando de pronto—
Una imagen lo atravesó.
Una figura acercándose a él.
Una sombra.
Un rayo azul cruzó su visión.
Khai retrocedió, gruñendo, aturdido.
Miró a Ariela.
De sus hilos emergió una daga translúcida, delgada como un suspiro. Un filo hecho de vacío.
Le apuntó al entrecejo.
Su mirada era fría.
Imperturbable.
Pero algo dentro de él… tembló.
Parpadeó.
La daga se deshizo en filamentos que volvieron a su brazo.
Al girarse, pisó algo.
El cuaderno.
Lo tomó. Lo observó unos segundos, confundido.
Casi con miedo.
Lo dejó sobre la mesa.
Y salió.
Afuera, Senko miraba los techos con un dolor que parecía venir de otro siglo.
Khai se acercó.
—Ya entiendo por qué es tan difícil esta luz —murmuró el zorro, afligido.
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Editado: 19.03.2026