Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

Epílogo: La voz del Sol

Ariela se acercó a la mesa cubierta de libros. Astronomía, ciencia, mitología.

Todos hablaban del sol.

El anciano la observaba con una sonrisa tranquila, los ojos reflejando destellos dorados.

—Los humanos saben mucho sobre el sol —dijo, con un tono que parecía brillar.

Ariela acarició una página.

—Y, aun así, tan poco comprendemos… —respondió.

El hombre asintió.

—Siéntate. —La invitó con un gesto amable—. ¿Qué dudas tienes?

Ariela abrió el libro de los Cantos Fundacionales en el mito del Caminante Claro.

—¿Sabe qué ocurrió con el dios y la mujer que lo engañó? ¿Cómo un dios cayó en las trampas de una humana? ¿Cómo…?

El anciano la interrumpió suavemente.

—¿Y cómo sabes que fue engañado? —susurró—. ¿O que no eligió creer en el engaño?

Ariela frunció el ceño.

—Me responde con más preguntas…

El anciano rió.

—Las respuestas son espejos, niña. La historia es un rumor que olvidó ser susurro.

Ariela sonrió.

—Como un chisme antiguo.

El anciano rió, melancólico.

—Exacto. Pero tú… —se inclinó hacia ella— has visto más de lo que ese mito cuenta.

La sonrisa de Ariela se desvaneció.

El anciano la miró con ternura.

—La luz que llevas… tendrá que brillar muy fuerte. Solo así cumplirá su propósito.

Ariela bajó la mirada. No preguntó.

Cuando volvió a levantarla…
el anciano ya no estaba.

Solo el libro abierto.
El leve calor sobre las páginas.

Y el sol dejando su firma a través del ventanal.




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