Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

Fragmentos de un Espejo Roto

~XXIII~

​Súa sonreía con una luminosidad tan serena que parecía capaz de hacer florecer incluso el corazón más marchito. Frente a él, Malen reía; sus ojos eran pozos de dulzura y el viento jugaba con sus rizos mientras sus manos permanecían entrelazadas, como si el mundo empezara y terminara en ese contacto. A su alrededor, la aldea era un organismo vivo que respiraba alegría: el eco de niños corriendo, el murmullo de juegos y voces que celebraban la existencia. El amor entre ellos era algo físico, una presencia tan tangible que dolía en el pecho de cualquier espectador.
​Pero la calidez se fragmentó. La escena se tiñó de un gris sepulcral.

​Ariela sintió que el frío le calaba los huesos. De la nada, un hombre se materializó frente a ella. Su rostro era una máscara de dureza y su sombra se proyectaba sobre ella como un eclipse total, devorando la luz.

​Papá. No, era un desconocido; pero traía el peso de su propia historia.

​Y de pronto, una marea de memorias que no le pertenecían la arrastró: niños corriendo entre árboles de hojas doradas, una risa compartida que vibraba en el aire y un zorro blanco que los seguía de cerca, como un guardián silencioso. Eran recuerdos ajenos, piezas de un rompecabezas roto.

​Y entre el caos de imágenes, un susurro que sonó como una sentencia:

​—Selira…

​Un ardor súbito en el pecho, como si le hubieran clavado un puñal de hielo, la arrancó del sueño. Ariela se incorporó con un quejido sordo, doblándose sobre sí misma mientras el aire se le escapaba de los pulmones.

​—No… otra vez no —jadeó, con la frente empapada en sudor frío.

​Arrastrándose hasta el tocador, tomó tres pastillas con manos temblorosas. Se dejó caer en cuclillas, abrazándose las piernas como si esa posición pudiera contener el dolor que amenazaba con partirla en dos. Minutos después, cuando el fármaco hizo efecto, su respiración recuperó un ritmo precario.

​Sin embargo, la calma no llegó. Un escalofrío le recorrió la columna; sintió una mirada clavada en su nuca, una presencia invisible que la observaba desde las sombras del cuarto. Se giró bruscamente. Nada. El silencio de la habitación era absoluto, pero el miedo se quedó instalado en su garganta.

​La caminata hacia el parque fue un ejercicio de paranoia. Cada paso que daba cargaba con la certeza de que alguien, o algo, seguía sus huellas. Solo cuando divisó a Dani y Sofi, el alivio descendió sobre sus hombros como un manto dulce.

​—¡Hola, Ari! ¿Cómo te has sentido? —preguntó Dani con su optimismo habitual.
​Ariela forzó una sonrisa, ocultando su ansiedad.
—Mejor que en mucho tiempo —mintió, esperando que su voz no temblara.
—Suenas mejor —añadió Sofía, estudiándola con la mirada afilada que siempre detectaba sus grietas.
—¡Vamos! —ordenó Daniel, adelantándose con entusiasmo hacia el restaurante.

​El trayecto fue tranquilo, una burbuja de normalidad que se reventó en cuanto cruzaron el umbral del local. El escalofrío regresó, esta vez con la fuerza de una descarga eléctrica. Ariela recorrió el lugar con la vista. No vio nada inusual, pero el aire se sentía denso, cargado de una electricidad estática que le erizaba el vello de los brazos.

​Mientras desayunaban, un aroma extraño y anacrónico se filtró entre el olor al café: miel quemada. Miró hacia la cocina, buscando el origen de esa fragancia que le resultaba familiar y aterradora a la vez. Todo parecía en orden.

​Minutos después, dos hombres entraron al restaurante. Su presencia no era solo llamativa; era mística, como si trajeran consigo un pedazo de otro mundo.

​—¡Por los dioses! —exclamó Dani en un susurro teatral—. El amor de mi vida acaba de entrar.
—Cállate —le espetó Sofi, dándole un golpe suave.

​Ariela se giró con cautela. Uno de ellos era alto, de cabello blanco y ojos ambarinos que parecían contener chispas de fuego. A su lado, el otro era su opuesto: cabello negro como el ala de un cuervo y ojos que eran pozos de una oscuridad infinita, bajo unas cejas espesas que le daban un aire severo. Se sentaron justo detrás de ellos, junto a una chica de cabello corto que desprendía una quietud inquietante.

​—Siento que los he visto en algún lado… —murmuró Ariela, sintiendo que el corazón empezaba a latir con fuerza contra sus costillas.
—No tienen rostros familiares… y, definitivamente, no parecen normales —agregó Sofía, bajando la voz.

​En la mesa contigua, el tiempo parecía moverse a otra velocidad para los recién llegados.

​—¿Qué piensas hacer, chica de hilos? —preguntó Senko en un susurro que solo ellos podían oír.
—Ya casi es el momento de obtenerla —respondió Khai, con la vista fija en el vacío.
​Sayku asintió y señaló con un gesto imperceptible la mano de Khai. Él frunció el ceño.
—Sabes que no debería acercarme tanto —murmuró, como si luchara contra un impulso interno.

​Senko los observaba, frustrado por el lenguaje silencioso entre ellos. Sayku, sin inmutarse, tomó la mano de Khai y presionó con fuerza un dedo contra su palma, como marcando un destino.
​—No entiendo nada. ¿Pueden explicarme? Siento que solo soy un accesorio en todo esto —se quejó el zorro, cruzándose de brazos.

​Sayku lo miró fijamente. Señaló el pecho de Senko, entrelazó sus propios dedos en un gesto de unión eterna y luego señaló a Khai.
—Eso es lo que siempre hago —protestó Senko, aunque su mirada se suavizó. Ella asintió.




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