Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

Despertar entre las sombras

~XXIV~

Selira observaba el atardecer con una melancolía que pesaba más que su propia eternidad. Desde su ventana, el cielo de Aluna se desangraba en púrpuras y naranjas, cuando un sutil temblor, casi imperceptible para un mortal pero ensordecedor para una diosa, la sacudió.Un crepitar eléctrico resonó en la puerta del Telar Oscuro. Al abrirla, una marea de luz recorrió cada filamento, iluminando la estancia con una violencia desconocida. Justo en el centro, donde la figura latía en las sombras, un destello azul cobalto estalló, encegueciéndola por completo.Selira apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. Aquella chispa no era un error; era una singularidad.Regresó a la Torre de Luz, sintiéndose más fría que nunca, pero en el telar, el fuego comenzaba a despertar. Los hilos suspendidos la rodeaban como las venas de un corazón roto que se niega a dejar de bombear. El eco de su furia vibraba en el silencio, y los filamentos más oscuros respondían con un zumbido gutural, un llamado que ya no era del todo humano. El hilo de la joven brillaba, pero su naturaleza había cambiado. Cuando Selira fijó sus ojos en él, el fulgor le dolió como un puñal clavado en la retina. Un parpadeo después, todo volvió a la normalidad, pero la sospecha ya había echado raíces.En la habitación de Ariela, Khai permanecía eclipsado ante la mirada azul de la chica. A su lado, Senko parecía una estatua de sal, paralizado por una fuerza que le impedía reaccionar. Los hilos que envolvían la piel de Ariela comenzaron a pulverizarse, convirtiéndose en ceniza negra y obligando a Sayku a retroceder hacia las sombras.Ariela no apartaba la vista de Khai. Sus labios se movían, murmurando palabras que se perdían en el vacío. La mano que lo sujetaba no ejercía presión, pero quemaba como brasas ardientes.Khai intentó apartarse, pero al tirar de su brazo, un rayo de energía le cruzó el pecho. El vacío lo absorbió. Se sintió caer en un pozo infinito de oscuridad absoluta. Mientras descendía, el aire se volvió afilado: un hilo le cortó la mejilla, otro el hombro, y otro más, hasta que su cuerpo fue un mapa de pequeñas incisiones luminosas.—Eres más de lo que piensas —susurró una voz suave, una caricia en medio del dolor.De pronto, los hilos a su alrededor estallaron en brillo. Al final del abismo apareció un umbral. Khai lo cruzó y se encontró cayendo sobre Aluna. Sus ojos reflejaron las luces de la ciudad mientras descendía a toda velocidad hacia el Árbol de los Deseos. El impacto contra el agua del río fue sordo y frío. Mientras se sumergía, vio una piedra brillando en el fondo con una intensidad sobrenatural. Intentó tocarla, pero un sobresalto violento lo devolvió a la realidad.Abrió los ojos. Ariela yacía inconsciente en el suelo, justo a su lado. Senko estaba sentado junto a ella, observándola con una expresión pensativa y cargada de una nostalgia antigua.Khai se incorporó, desorientado.—¿Dónde está ella? —preguntó, refiriéndose a Sayku.—Desapareció de nuevo —contestó el zorro sin mirarlo.Khai observó a Ariela. La luz ya no emanaba de ella, al menos no de forma visible, pero podía sentir su pulso vibrando en el aire.—Hace un momento… no era ella —comentó Senko en voz baja.—Selira no conseguirá nunca esa luz —declaró Khai, con una seguridad que lo sorprendió a él mismo—. Pero él desea verla.A Senko se le erizó la piel ante esas palabras. Antes de que pudiera replicar, un gemido los interrumpió. Ariela estaba despertando.—¿Quiénes son ustedes? —cuestionó ella, incorporándose con torpeza. Su voz estaba teñida de una confusión agresiva.Khai y Senko se miraron, dudando si debían responder o desvanecerse en la noche. Ariela, al no obtener respuesta, agarró un lápiz del suelo y se puso en pie, aunque sus piernas flaqueaban.—¿Qué quieren de mí? —preguntó con una mezcla de miedo y valentía.Senko soltó una risa involuntaria antes de aclararse la garganta.—Tranquila, niña. Ya nos vamos.Ariela se interpuso entre ellos y la ventana, bloqueando la salida.—No se irán sin contestarme.Khai intentó apartarla con suavidad para salir al balcón, pero ella le sujetó la muñeca.—Te he dicho que no te irás hasta que respondas —ordenó, con los ojos encendidos de furia.Khai sintió el temblor de la mano de ella sobre su piel; estaba sudando, muerta de miedo, y aun así no lo soltaba. Una leve sonrisa, casi imperceptible y extrañamente triunfante, asomó en los labios de Khai. Se soltó con delicadeza.—No te conviene saber quiénes somos —advirtió.—Yo decido qué me conviene y qué no —replicó ella, desafiante—. Vete tú si quieres, Khai, pero el chico zorro se queda a contestar.Senko estalló en una carcajada.—¿El chico zorro? —repitió, divertido—. Bien, me gusta el nombre. Te diré lo que quieras y él se quedará a escuchar.Senko entró de nuevo en la habitación con total confianza y se acomodó en el sofá.—Así que el collar funcionó… ya sabes lo que soy.Ariela palideció. Quizá no esperaba que él admitiera su naturaleza tan fácilmente.—¿Tú me diste ese collar? —preguntó, tratando de mantener el tono firme.Khai observaba la escena, tratando de encajar las piezas de ese "collar" que mencionaban. Senko sonrió con malicia amigable.—Arrojarlo al río no te libraría de él, aunque la propia Luna te lo aconsejara.—Yo no lo arrojé… —mintió ella, aunque su mirada la delató.—¿Cómo puede brillar tanto esa lucecita teniendo una boca tan mentirosa? —se burló el zorro.Ariela arrugó la nariz, indignada.—¿Qué eres? ¿Un dios?—¡Ja! No, nada tan aburrido.—¿Cómo sabes lo del collar, entonces?—Solo escuché a la Luna.—No entiendo por qué sigo aquí —interrumpió Khai, impaciente.—Seguro eres un mensajero de los dioses —balbuceó Ariela, ignorando a Khai—. Me siento idiota preguntando esto, ojalá fuera un sueño…—No soy un mensajero —corrigió Senko, poniéndose serio—. Soy el Guardián del Monte Solar.—¿Y por qué no estás allá? No, olvida eso, no me importa. Quiero saber otra cosa —Ariela respiró hondo—. He visto tu rostro en mis sueños. Constantemente. ¿Por qué?Khai sintió un pinchazo de algo parecido a los celos o la sospecha. ¿Su deseo pertenece a alguien más? ¿Cómo es posible?Senko tragó saliva y se puso erguido, perdiendo toda su faceta burlona.—Sé que no te gustará esto… pero no puedo responderlo. No es algo que debas saber todavía.—¡¿Por qué?!—Porque no soy yo quien debe darte esa respuesta —dijo Senko, lanzando una mirada cargada de significado a Khai—. Pero pronto la encontrarás. Ambos la encontrarán.—Al menos dime quién es él —señaló Ariela a Khai— ¿y por qué me acosa?Khai apretó el puño, pero no se movió. Senko soltó otra carcajada.—¿Te está acosando?—Es obvio que no —masculló Khai.—Acusarlo de acoso es grave, niña —añadió Senko—. Entiendo que es difícil de procesar, pero que el Sol lo vea todo no significa que te esté persiguiendo.—Si no hay más preguntas, nos vamos —sentenció Khai, saltando hacia el balcón.Senko lo siguió, pero antes de desaparecer, se giró hacia Ariela una última vez.—Te sentirás confundida y creerás que estás loca, pero recuerda: la realidad no es siempre lo que ves con los ojos.El viento sopló con fuerza cuando las dos sombras se perdieron en la noche. Ariela se desplomó en el sofá, dejando que toda la tensión acumulada se evaporara en un suspiro tembloroso.Fuera, Khai sentía el aire frío en el rostro y la visión del río aún grabada en su mente. ¿Ese era el collar? A su lado, Senko caminaba con una mezcla de felicidad y tristeza que Khai no lograba descifrar.—¿Qué le dirás a Selira? —preguntó Khai.—Ella ya lo sabe.




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