~XXV~
La luz de la luna penetraba en los pozos oscuros que habitaban en los ojos de Khai, pero ya no encontraba el mismo vacío de antes. Su muñeca ardía; ya no era una percepción simple, era una quemadura grabada en su esencia. Todo se agolpaba en su mente: el destello de unos ojos azules que pertenecían a un alma antigua, la fuerza desesperada de una joven que se negaba a morir, y la nostalgia desbordada de su más fiel guardián.
—¿La luna siempre ha sido tan brillante? —preguntó Khai, con una voz que sonaba extraña a sus propios oídos.
—Siempre la veo igual —respondió Senko, observándolo de reojo.
—Parece que hoy hay algo diferente en ella.
—No lo creo —sentenció el zorro con una sonrisa triste—. Quizá lo diferente hoy está en ti.
Khai se incorporó. Sus ojos se fijaron en la distancia, donde la copa del Árbol de los Deseos rascaba el cielo nocturno. ¿Por qué algo en mí cambiaría?, se cuestionó. Él era una creación, un instrumento. El cambio no debería ser una opción.
De pronto, Senko se tensó, irguiéndose como si un hilo invisible tirara de su alma desde la lejanía. El llamado de Selira vibró en el aire, una orden silenciosa pero imperativa.
—Ve —ordenó Khai, detectando la inquietud de su compañero—. Ella espera verte.
Senko asintió, su forma humana desdibujándose hasta convertirse en el zorro de tres colas que se perdió entre las sombras como un rayo blanco.
Khai se quedó solo. En el silencio absoluto de la noche, escuchó un sonido rítmico, constante y suave. Se llevó la mano al pecho, confundido. Sintió un latido. Sintió su propia respiración.
—¿Siempre ha sido así? —pensó, aterrado por la posibilidad de tener un cuerpo que reclama existir.
Cerró los ojos, buscando la oscuridad que lo definía, pero una imagen lo asaltó: una luz en el cielo eclipsada por la luna, una promesa de algo perdido. Su vacío reaccionó con violencia, palpitando como si llamara a algo, como si ese abismo en su pecho tuviera, por primera vez, hambre de ser llenado.
En su habitación, Ariela caminaba de un lado a otro, desgastando el suelo y sus propios nervios. Su uña del pulgar pagaba el precio de una ansiedad que no lograba calmar. Se detuvo frente al dibujo del rostro que había plasmado; aquellos rasgos la observaban con una intensidad inquietante.
—Si duermo… ¿me darás respuestas? —le preguntó al papel, esperando un milagro.
Recordó las palabras del chico zorro: «Los ojos no siempre muestran la realidad». Quizás el camino no era la vigilia, sino el mundo de lo intangible. Se convenció a sí misma, se recostó y cerró los ojos, forzando la llegada del descanso.
Pasó un segundo. Un minuto. Una hora.
—Maldición —gruñó, abriendo los ojos al techo—. Cuando necesito dormir, el cerebro decide no apagarse. Perfecto.
Se puso en pie, tomó su lápiz y su tabla de diseño. Dibujó con frenesí, dejando que el grafito soltara la tensión de sus hombros hasta que el cansancio físico venció a la mente. Miró la hora y se sorprendió: la medianoche apenas empezaba. Esta noche no era solo larga; parecía eterna.
Finalmente, el sueño la reclamó.
Cuando abrió los ojos, la alarma del despertador la devolvió a una realidad que se sentía extrañamente cálida. Salió al balcón; el ruido de Aluna era un murmullo tranquilo y el sol acariciaba su piel. Todo parecía normal, hasta que volvió a entrar.
Una sombra la hizo saltar.
—Por los dioses… ten compasión de este débil corazón —murmuró, llevándose la mano al pecho. Latía con una energía nueva, sin dolor, sin la opresión de la agonía. Estaba sana.
Frente a ella, Khai la observaba. No había amenaza en su postura, solo una tristeza infinita. Lágrimas pesadas y cristalinas resbalaban por su rostro frío.
—¿Qué…? ¿Por qué estás aquí? —preguntó Ariela, con la voz quebrada—. ¿Por qué lloras?
Él no respondió. Ariela dio un paso hacia él, buscando consuelo o una explicación, pero en lugar de tocar el suelo, cayó al vacío.
El impacto de la caída la levantó de un brinco en la cama. El día no era cálido; estaba lluvioso. Ariela se levantó con el corazón en la garganta y salió al balcón, dejando que la brisa fría y la lluvia la empaparan. Un temblor recorrió sus pies desnudos sobre el cemento frío.
—Qué sueño tan real —susurró. El joven de su sueño lloraba, pero no parecía triste; parecía... humano.
La rutina de la mañana la envolvió como un velo, pero el rastro del llanto de Khai seguía presente en su mente. Mientras trabajaba, el teléfono interrumpió sus pensamientos.
—Hola, Dani. Estoy a punto de terminar un panel. En treinta minutos nos vemos allá.
Al salir de su edificio, vio a un joven de espaldas bajo la lluvia. Decidió ignorarlo, asumiendo que esperaba a alguien, pero al pasar justo por su lado, una voz cortó el sonido del agua.
—Yo también quiero respuestas.
Ariela se detuvo en seco. Abrió su sombrilla y lo miró de reojo. Khai estaba allí, bajo la lluvia, buscándola no como un cazador, sino como un igual.
—Yo las encontraré sola —respondió ella, endureciendo la mirada—. Tú busca por tu cuenta.
Cruzó la calle sin mirar atrás. Khai la observó partir, con el cuerpo inmóvil y la lluvia empapándole la camisa negra. Sintió un impulso irracional de seguirla, una fuerza magnética que lo empujaba hacia ella. Aún no entendía por qué, pero sabía que ya no era por la orden de Selira. Quizás no era a ella a quien quería seguir, sino a la luz que ella custodiaba; la única verdad que podría explicar quién era él antes de convertirse en nada.
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Editado: 07.04.2026