~XXVI~
Senko irrumpió en el gran salón con los sentidos alerta, pero lo que encontró lo detuvo en seco. El aire pesaba como el plomo y el olor a ozono y ceniza lo inundaba todo. Selira estaba en el suelo, retorciéndose en una agonía que parecía estar consumiéndola desde dentro. Al fondo, las puertas del Telar Oscuro estaban abiertas de par en par, revelando su secreto: la figura que antes era una masa informe y errática ahora palpitaba con un ritmo constante, biológico. Parecía un corazón gigante latiendo en medio de la nada.
Un escalofrío erizó el pelaje del zorro. De inmediato, recuperó su forma humana para asistir a la diosa. Al levantarla, descubrió que ella se había desgarrado las vestiduras en un intento desesperado por respirar. La mirada de Senko se clavó, horrorizada, en la grieta que cruzaba el pecho de Selira; la fisura supuraba una oscuridad líquida y se extendía como una raíz venenosa hacia su cuello, amenazando con alcanzar su garganta.
La respiración de Selira era un silbido errático. El dolor en su rostro no era solo físico; era la agonía de una entidad que ve cómo su propia creación se vuelve en su contra. Para Senko, verla así era como sentir un puñal atravesándole su propio centro.
—¿Qué está pasando? —preguntó él, con la voz quebrada por el temor.
Selira no pudo responder; un espasmo la obligó a arquearse, aferrándose a los brazos de Senko con una fuerza que le hundió las uñas en la piel.
—¿Qué hago? ¿Cómo te ayudo? —insistió él. En ese momento, la angustia de Senko era tan humana, tan visceral, que su naturaleza divina parecía desvanecerse, eclipsada por la sombra del telar.
—No... me dejes... sola —logró articular ella entre dientes, un ruego que sonó más a una orden desesperada que a una petición.
Senko la abrazó con una fuerza protectora, ocultando el rostro de la diosa contra su pecho.
—Jamás lo haré —prometió, tensando la mandíbula—. No dejaré que suceda de nuevo. No otra vez.
«Aunque el Sol no lo permita, daré todo por ti», pensó él, desafiando a las leyes que los habían traído hasta ese punto.
Poco a poco, el cuerpo de Selira dejó de temblar. Su respiración se normalizó, aunque seguía siendo pesada. Se incorporó ligeramente, y cuando sus ojos se encontraron con los del zorro, la frialdad de la diosa se suavizó. Por un breve instante, la mirada de ella fue dulce, casi agradecida.
—¿Ya te sientes mejor? —preguntó él con una sonrisa tenue.
Ella asintió, aunque el rastro del dolor seguía marcado en sus ojeras.
—¿Qué sucedió realmente? —insistió Senko, mirando de reojo hacia el telar.
Selira fijó la vista en la oscuridad de las puertas abiertas y el recuerdo la arrastró de vuelta al horror.
Minutos antes, ella estaba de pie frente al telar, estudiando los hilos iluminados que se enredaban en el centro. Su ceño se había fruncido con una confusión creciente; los hilos no seguían el patrón que ella había dictado. De pronto, el suelo bajo sus pies comenzó a vibrar. Un latido sordo, profundo, resonó desde el fondo del espacio, haciendo que las paredes de la torre gimieran. Se detuvo un segundo y luego volvió con más fuerza, como si algo estuviera intentando nacer.
—¿Por qué reaccionas así? —le había gritado ella al vacío.
Intentó cerrar las puertas del telar para contener la energía, pero una explosión de luz azul la golpeó de lleno, lanzándola contra el suelo. Intentó levantarse, pero su pecho estalló en llamas. El aire se volvió sólido, negándose a entrar en sus pulmones. Sofocada, se desabrochó la túnica con dedos torpes, viendo con horror cómo la grieta de su piel se abría paso hacia su cuello como una tela que se desgarra.
En medio del caos, volvió a mirar el fondo del telar. La figura ya tenía forma propia, envuelta en un aura azulada que devoraba la oscuridad circundante. Sus ojos se cerraron por el dolor y, en un susurro que fue un quejido agónico, solo pudo llamar a la única constante en su existencia: «Senko».
De vuelta en el presente, Senko la ayudó a ponerse en pie. El salón seguía vibrando, pero la crisis inmediata había pasado.
—Debo obtener esa luz antes de que él despierte —advirtió Selira, sin apartar la vista del corazón palpitante en el telar. Su voz recuperaba la firmeza, pero había una urgencia letal en ella.
—Aún tenemos tiempo —intentó consolarla el zorro.
—No podemos confiar en el tiempo —alegó ella, recuperando su porte regio—. Sayku necesitará de tu ayuda para traer a la chica. No podemos fallar.
Senko guardó silencio un momento, procesando las órdenes, antes de hacer la pregunta que le rondaba la mente desde que vio a Khai bajo la lluvia.
—¿Y qué hay de Khai? ¿Qué papel juega él ahora?
Selira soltó un suspiro largo, mirando los hilos del telar, que ahora brillaban con una luz extraña y fuera de control.
—No te preocupes por Khai —sentenció ella, y hubo algo frío y definitivo en su tono—. Él ya cumplió su propósito.
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Editado: 07.04.2026