~XXVII~
La lluvia seguía cayendo. Khai caminaba unos cuantos metros detrás de Ariela; el frío le calaba hasta los huesos. Ya no era una molestia abstracta, imposible de ignorar. El frío estaba allí, insistente, penetrándolo.
La vio entrar a una cafetería. Sus amigos ya la esperaban.
Khai se sentó en una de las mesas de afuera, bajo el toldo apenas protector. No sabía qué hacía allí. Permaneció inmóvil, dejando que el frío residual de la lluvia empapara su ropa sin intentar sacudirse.
Un joven se acercó y dejó una taza humeante frente a él.
—Yo no he pedido nada —dijo Khai, con voz seca.
—Es cortesía —respondió el muchacho—. Para el frío, mientras decide qué va a pedir.
Khai asintió, desconcertado.
—Gracias.
Cuando alzó la vista, la lluvia había cesado por completo. El café seguía intacto sobre la mesa. Ariela ya no estaba.
No la siguió. O quizá no se dio cuenta de cuándo se fue.
Observaba los granos de azúcar disueltos en el fondo de la taza ya vacía, como si vigilara algo que ya no estaba. A su alrededor, las voces humanas se superponían: risas forzadas, conversaciones triviales, palabras tibias y desabridas que no conducían a ningún lugar. Todo le sonaba hueco.
Se levantó.
Caminó sin rumbo, y sus pasos —sin consultarle— lo llevaron hasta el Árbol de los Deseos. La lluvia regresó, suave ahora, apenas un murmullo.
Su mirada quedó fija en los ojos del árbol: cientos de luces suspendidas, deseos latentes. Algunos antiguos, erosionados por el tiempo. Otros le resultaban inquietantemente familiares: restos de lo que alguna vez había cazado.
Una mujer de cabellos plateados se detuvo a su lado, cubriéndolo con un paraguas.
—Es impresionante, ¿verdad? —dijo ella.
Khai apenas la miró de reojo.
—Es solo un árbol.
La mujer soltó una risa baja.
—Me pregunto qué tipo de cosas logran impresionarte a ti.
Khai la observó entonces. Su entrecejo se frunció con una confusión poco común. Los ojos celestes de ella se le clavaron con una profundidad incómoda, como si miraran a través de su forma. La mujer sonrió.
—Aunque él se esfuerce por sorprenderlos —añadió, con un suspiro—, nunca recibe lo que quiere.
—¿La conozco?
La sonrisa de la mujer se suavizó.
—Tal vez. A veces observamos la luna durante toda la vida… y aun así no la reconocemos.
Miró hacia el río.
—Dime —continuó—, ¿tú te reconoces?
Khai dirigió la mirada al agua. Solo vio el reflejo apagado del cielo y el movimiento oscuro de las algas.
—Cuanto más profundo nades —dijo ella—, más descubrirás. Pero cuando llegues al fondo… volver a la superficie ya no será sencillo.
Tomó la mano de Khai y le colocó el paraguas entre los dedos. Luego se alejó sin mirar atrás.
Khai permaneció allí. La noche comenzaba a cerrarse.
Alzó la vista y, al otro lado del río, la vio.
Una pequeña luz palpitaba en el entrecejo de Ariela. Ella observaba el árbol con una fijación hipnótica, como si estuviera en trance.
De repente, un destello dorado estalló desde su entrecejo, una pulsación tan fuerte que solo Khai pudo ver. Los transeúntes seguían su camino, ciegos a la magia, pero Khai vio cómo la luz comenzaba a desprenderse de ella, formando una pequeña esfera que vibraba en sintonía con el árbol.
Ariela cayó de rodillas. Khai llegó de un salto, hipnotizado por la esfera. Movido por un hambre antigua, cerró el puño sobre la luz, pero al contacto con su palma, el brillo se esfumó en la nada. A su lado, Ariela soltó un quejido agónico y se desplomó.
—¡Ariela! —Daniel y Sofía llegaron gritando, aterrados. Daniel la tomó en brazos mientras Sofía llamaba a emergencias con dedos temblorosos.
—Está en paro —interrumpió Khai, arrodillándose.
—¿Es usted médico? —preguntó Daniel, al borde del colapso.
—No, pero ya no tiene pulso.
Daniel intentó iniciar las compresiones, pero sus manos temblaban tanto que apenas lograba ejercer presión. Sus lágrimas caían sobre el rostro pálido de la chica. Khai, con una calma gélida, apartó las manos de Daniel.
—Yo lo haré.
Khai comenzó las maniobras de reanimación. Al presionar el pecho de Ariela, sintió un cosquilleo eléctrico que nacía en sus propias manos. Un rastro de luz volvió a aparecer bajo la piel de ella. El corazón de la joven dio un vuelco y comenzó a latir de nuevo, débil pero constante.
Horas después, en el hospital, Khai permanecía en un rincón de la sala de espera, invisible para la mayoría. Daniel se le acercó, con los ojos rojos.
—Gracias por ayudarnos —dijo, quebrado—. Si no fuera por usted, ella estaría…
Khai no supo qué responder. Su frialdad habitual chocó con una punzada de empatía que no supo procesar. Con cautela, puso una mano sobre el hombro de Daniel. No dijo nada, pero el gesto fue suficiente para el joven, que se deshizo en un último sollozo de gratitud.
A la mañana siguiente, Ariela despertó bajo el peso de un dolor sordo en el pecho. Su madre, la señora Tarajh, le apretó la mano con alivio.
—¿Mami?
—Estás bien, hija… gracias al cielo —la mujer la abrazó con fuerza.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está Dani?
—Fueron a descansar un poco, pasaron toda la noche aquí. Los tres se negaron a irse.
—¿Los tres?
—Sí, el joven que te auxilió. No se ha movido de ese pasillo.
Ariela frunció el ceño. Sus recuerdos terminaban en el malecón. Intentó incorporarse, pero el dolor del implante en su pecho la devolvió a la almohada. Poco después, el médico entró a revisarla.
—Tuviste mucha suerte, Ariela. Tu corazón no iba a aguantar más. El doctor Gómez decidió colocar un desfibrilador automático de emergencia. Este dispositivo detectará cualquier arritmia y enviará una descarga para salvarte antes de que colapses de nuevo. Es, literalmente, un guardián dentro de ti.
Cuando el médico salió, la madre de Ariela vio a Khai en el pasillo y lo invitó a pasar. Antes de entrar, la mujer tomó las manos de Khai y le dio un abrazo inesperado.
Khai se tensó. Su cuerpo experimentó una sensación acogedora, un calor que le hizo vibrar el pecho de una forma que lo incomodó profundamente. La mujer lloraba, empapando su camisa.
—Eres un gran consuelo —susurró ella separándose—. Lamento llenarte con mi angustia, pero me has hecho sentir mucho mejor.
Khai sintió entonces algo extraño: como si el vacío en su interior succionara el agobio de la mujer, absorbiendo su tristeza hasta que ella recuperó el aliento. Fue una transferencia silenciosa. Sin entenderlo, Khai dejó que la mujer lo guiará hasta la cama de Ariela.
Ariela lo miró y soltó una sonrisa irónica.
—¿Ya se conocían? —preguntó la madre, notando la electricidad en el aire.
—No. Solo fue coincidencia —respondió Ariela, cortante.
La madre, notando la tensión, se despidió para ir a avisar a los demás. El silencio que quedó fue afilado.
—Gracias por ayudarme —dijo Ariela cuando estuvieron solos, con un tono de indiferencia absoluta, casi despectivo—. Sea cual sea tu intención…, lo agradezco.
—No tienes por qué agradecer. Solo lo hice… —Khai se interrumpió. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por la luz o por ella?
—¿Lo haces porque hay algo en mí que necesitan? —preguntó ella, irritada—. Les conviene que esté viva para no perder lo que sea que buscan. ¿Qué es? ¿Qué quieren?
Khai endureció la expresión.
—Es algo que no necesitas saber —respondió tosco.
Ariela resopló, soltando una risa seca y cargada de veneno.
—Es porque no tienes ni idea, ¿verdad? No me lo dices porque tú tampoco tienes las respuestas. Eres un simple recadero.
—¿Recadero? —la palabra golpeó a Khai con más fuerza que un puñetazo.
—Sí. Un mandadero de alguien más. No eres más que el chico de los recados de lo que sea que te mandé.
Khai sintió como se le encendía la sangre.
—No busco respuestas de una simple humana que pretende ser poderosa porque se cree "la elegida" —escupió Khai, acercándose a la cama—. Eres un simple recipiente. Un envase que será sacrificado cuando llegue el momento. No te salvé porque seas especial. Lo hice por lo que llevas dentro.
Ariela cerró el puño con la poca fuerza que tenía. Sus ojos se humedecieron, pero los mantuvo fijos en él, llenos de un enojo reprimido. Khai sonrió de lado, disfrutando de esa pequeña victoria cruel, aunque por dentro sentía que sus propias palabras eran lanzas que se volvían contra él. Se detuvo en la puerta y se giró una última vez.
—¿Querías saberlo, no? Lo que hay en ti es algo que el Sol te prestó —dijo, acercándose de nuevo y mirando su entrecejo como si pudiera verle el alma—. Ni siquiera tienes un deseo propio. Todo lo que brilla en ti es prestado. Tú no eres nada sin esa luz.
Ariela desvió la mirada rápidamente. Las lágrimas estaban a punto de desbordarse y su pecho se sentía tan tenso que temía que el nuevo dispositivo saltara. Khai retrocedió, saboreando el triunfo, justo cuando la madre regresaba.
—Espero tu pronta recuperación —dijo Khai con una cortesía robótica.
Ariela parpadeó para secarse los ojos y solo asintió.
Khai salió del hospital y, una vez en la calle, soltó un suspiro largo. Un peso desconocido se instaló en su pecho. «Fuí muy duro», pensó, y la imagen de la mirada afligida de Ariela se le quedó grabada. Se tocó el pecho, mirando al cielo gris.
—¿Por qué dije eso? —se preguntó.
Nunca antes le había importado herir a nadie. Las voces de Selira siempre flotaban sin importancia en su cabeza, pero ahora, las palabras de Ariela —"eres un simple recadero"— se movían dentro de él como algo vivo. Algo que no sabía que tenía, pero que empezaba a dolerle.
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Editado: 07.04.2026