~XXVIII~
Khai permanecía inmóvil frente al hospital. Las calles húmedas reflejaban el resplandor de un atardecer que teñía el asfalto de un naranja sangriento, como si el cielo mismo estuviera herido. En su interior, el deseo de la luz seguía vivo, pero parecía haber entrado en un letargo extraño, apaciguado por un peso que apenas comenzaba a reconocer: la culpa.
Unos pasos ligeros y rítmicos se aproximaron. Khai no necesitó girarse para saber quiénes eran.
—En este estado, dudo que puedas conseguir esa luz —dijo Khai, con una voz cargada de un cansancio nuevo—. Está demasiado rota.
A su lado, Sayku asintió. Sus manos se movieron con una urgencia silenciosa, trazando símbolos en el aire que cortaban el viento: «Dejaré que esté más estable, pero debo actuar pronto».
—Ya no queda mucho tiempo —añadió Senko, apareciendo entre las sombras como un espectro que recobra su peso—. Pero, si la presionamos ahora, el recipiente se destruirá antes de que podamos extraer el contenido.
Sayku volvió a mover las manos, esta vez con gestos más cortantes y precisos, sus ojos fijos en Khai con una advertencia muda: «Solo vine a informarte. Madre me pidió llevarla y no dejaré que seas un obstáculo».
Khai soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que se perdió en la llovizna.
—Solo somos recaderos… —susurró, repitiendo la acusación de Ariela—. Ella tenía razón. No somos más que eso.
Senko lo observó con una chispa de sorpresa y temor en sus ojos dorados. «Ya está iniciando», pensó el zorro. «El vacío ha empezado a cuestionar su propia naturaleza».
Mientras tanto, en la habitación 402, Ariela dormía profundamente. Los sedantes habían tejido una red química que la mantenía anclada a la cama, pero su mente volaba lejos, hacia un tiempo que no figuraba en ningún libro.
En la oscuridad de su inconsciente, el metal chocaba contra el metal. Hombres con armaduras pesadas se lanzaban contra ella; Ariela los esquivaba con una fluidez que su cuerpo enfermo nunca había conocido. No era ella quien luchaba, era una observadora atrapada en un cuerpo de leyenda.
De pronto, el tiempo se detuvo. Una espada cruzó el aire con un silbido letal y atravesó el pecho de Súa. Ariela gritó, pero fue un grito sordo. El mundo tembló y los edificios de mármol se desmoronaron bajo un cielo de ceniza. Súa cayó, y Malen se aferró a él con una desesperación que desgarraba el alma.
—¡Sol que iluminas el cielo, devuélvemelo! —gritaba ella, implorando a una deidad que no escuchaba.
Ariela sintió la pena de Malen como si fuera propia. Vio cómo Súa, en su último aliento, pegó su frente a la de ella.
—Siempre estaré contigo… esto lo decidieron los dioses —susurró él.
Un resplandor dorado cruzó de la frente del guerrero a la de la mujer. Ariela vio cómo Malen tomaba la piedra de su cuello y corría hacia el horizonte, mientras una mujer de cabellos plateados y ojos dorados se acercaba al cadáver, sujetando al asesino con hilos plateados que se volvían negros al apretarse. De repente, la visión cambió: ya no era el guerrero quien estaba allí, era la propia Ariela, frente a la dama de plata que le hablaba en un idioma de silencios.
Un pitido agudo rompió el sueño.
Ariela abrió los ojos de golpe. Su pecho ardía. El doctor Gómez estaba junto a ella, revisando el monitor.
—Tranquila, Ariela. Respira hondo —dijo el médico—. No alcanzó a ser un paro, pero estuviste cerca. Tuviste una "tormenta eléctrica" en el corazón mientras dormías. Tu ritmo cardíaco se disparó por el estrés del sueño.
El doctor señaló el bulto bajo su piel.
—El dispositivo detectó la anomalía y emitió una descarga para estabilizarte. Si no fuera por el implante, ese sueño te habría costado la vida. No puedes emocionarte, Ariela. Tu corazón está demasiado inestable.
Ariela asintió débilmente, sintiendo el eco del choque en sus músculos. Pero lo que la perturbaba no era el dolor, sino las palabras de Súa: «Esto lo decidieron los dioses».
Fuera del hospital, Sayku desapareció entre un torbellino de hilos. Senko se quedó un momento más al lado de Khai, observando el perfil endurecido del joven.
—No debería decir esto, pero… —susurró el zorro, bajando la voz como si las paredes pudieran oírlo— si quieres saber quién eres realmente, debes seguir junto a ella. Ella es el espejo de tu propia verdad.
Senko se alejó sin esperar respuesta. En su mente, sabía que estaba traicionando a Selira, pero era lo que los cielos le habían mostrado siglos atrás. El final se acercaba, y él ya había elegido su bando.
Khai vio cómo el zorro se desvanecía en la penumbra. En ese instante, sintió que su corazón se estremecía con un pinchazo agudo, un dolor que le dio a entender que su relación con sus antiguos aliados ya no era la misma. Estaba solo. Y en esa soledad, debía comenzar a buscarse a sí mismo antes de que Selira terminara de romper el mundo.
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Editado: 24.04.2026