~XXIX~
Las pulsaciones en el Telar Oscuro eran cada vez más continuas; un ritmo lento, persistente y biológico que erizaba la piel de Selira. El eco de una tela arrastrándose sobre el suelo interrumpió sus pensamientos. De pronto, un frío invernal le rozó la nuca y una brisa poderosa, con olor a sal y marea, inundó la estancia. Una luz blanca, tan pura que hería los ojos, la transportó de golpe a un recuerdo enterrado.
Vio a una Selira joven, casi una niña, caminando de la mano de su hermano. Ambos eran guiados por una mujer de cabellos plateados y túnicas de seda que parecían tejidas con el resplandor de las estrellas.
—Qué privilegio es tenerte aquí… Madre —murmuró la Selira del presente, atrapada entre el recuerdo y la realidad.
La mujer sonrió con una dulzura gélida mientras cruzaba el umbral del salón. Selira apretó los puños, reprimiendo una mezcla tóxica de lágrimas, enojo y un fastidio antiguo. La Luna se acercó y envolvió el puño cerrado de su hija entre sus manos suaves.
—Tanto odio te está devorando, Selira. Todo ese rencor que cargas como una armadura te está matando —dijo la mujer.
Selira se soltó con un gesto violento.
—No vengas a decirme lo que ya sé. Si has venido a consolarme, llegas varios siglos tarde.
—Eres tan humana, hija mía… Te dejas arrastrar por tus emociones como una hoja en la tormenta.
Selira soltó una carcajada cargada de desprecio.—¿Humana?
—Los desprecias tanto, y sin embargo, eres igual a ellos. Estás cegada por la ira.
—No sé qué te trae aquí —interrumpió Selira, dándole la espalda—. Ahora que su preciada creación está por colapsar, vienen a intentar convencerme con sermones absurdos. ¿Quieren que me detenga? ¿Quieren que la muerte de Súa sea solo un mito olvidado? Alguien debe pagar por lo que hicieron.
—¿Por qué? —preguntó la Luna con calma.
—Aun sabiendo el porqué, quieres que lo diga. Es mi deseo. Es mi justicia —sentenció Selira con firmeza.
—Tu deseo solo te conduce a tu propio final.
—Que así sea. Como bien dices, soy muy humana. La muerte de Súa fue el punto de quiebre, la gota que rebosó mi existencia. Tú iluminas las noches, Madre, sabes cómo son ellos. Yo sé lo que desean y lo que harían por cumplir sus anhelos; no les importa pisotear a otros.
—Mi querida Selira… entiendo tu visión. Siempre has visto más allá que tu hermano o que nosotros. Ese es tu don, pero lo has convertido en tu mayor maldición. Los humanos son más que esas simples bajezas que dices. Aún no lo entiendes, de igual forma, no vine a detenerte, porque entiendo que todo esto tiene que suceder. —La Luna volvió a tomar la mano de Selira—. Pero el Vacío debe despertar. Debes permitir que lo haga.
Selira retrocedió, su corazón golpeando contra sus costillas. Sintió una sensación de vértigo, como si estuviera cayendo en un abismo infinito antes de ser devuelta al presente.
—No. Si él despierta, todo se acabará. No lo permitiré…
—Ya está ocurriendo, Selira. Su sentencia ha culminado y su libertad cambiará el mundo.
—¿Su sentencia? —preguntó Selira, pero no obtuvo respuesta. La Luna se desvaneció, dejando tras de sí solo una brisa plateada como eco de su presencia.
Selira volvió a mirar el Telar Oscuro. ¿Su sentencia terminó? Una sonrisa maliciosa y amarga se dibujó en sus labios.
—Si hay que despertar al Vacío, que despierte con furia.
Llamó a Sayku, quien apareció de inmediato entre filamentos de sombra.
—Supongo que la chica aún está débil —dijo Selira.
Sayku movió sus manos con fluidez: «La luz es más fuerte que su cuerpo. Está al límite».
—Qué criatura tan frágil, no puede ni con una chispa —rio Selira con una hoscocidad cruel—. Escucha bien: los planes han cambiado. Dejaremos a la chica en paz por ahora. Permitiremos que Khai haga lo que tenga que hacer. Tú y yo esperaremos el momento oportuno para arrebatarle la luz y que los dioses obtengan lo que quieren de él. Así, todos ganamos.
Sayku asintió, aunque sus ojos brillaron con una duda momentánea.
—¡Ah! Y ni una palabra de esto al zorro. Aunque sospecho que él ya sabe perfectamente lo que va a pasar.
Mientras tanto, Senko se encontraba frente al río, observando la copa del Árbol de los Deseos. La dama de plata se materializó a su lado con tal sigilo que parecía haber nacido de la propia sombra del árbol.
—Vaya, ustedes no se sorprenden con nada —comentó ella.
—Es imposible no saber que la Luna se asoma cuando el Sol se oculta —respondió el zorro sin mirarla.
La mujer sonrió con ternura.
—Son el uno para el otro.
Ambos compartieron un silencio cargado de historia.
—Supongo que ella no te recibió muy bien —aventuró Senko.
—No estuvo mal. Creí que sería peor, pero solo está herida.
—Siempre me pregunto por qué Súa decidió hacerlo —susurró el zorro con nostalgia—. ¿Siempre fue tan obediente?
La Luna soltó una carcajada cristalina.
—Siempre nos ha cuestionado, Senko. Sin embargo, siempre ha sido responsable. Aún no ha terminado su propósito; lo descubrirás más adelante.
Senko bajó la cabeza.
—A Selira la ahoga su rencor… y a ti, el no perdonarte, sabiendo que no hiciste nada malo.
—No cumplí mi promesa. Era mi deber cuidarlo y…
—¿Acaso ella te guarda rencor? —interrumpió la Luna—. Ella sabe que la culpa no es tuya. ¿Por qué sigues castigándote?
—No puedo evitar pensar que, si hubiera hecho algo diferente, ese rencor no la estaría consumiendo ahora.
—Su amor por ti no lo ve así, Senko. Aunque sea fría e irascible, nunca ha visto en ti a alguien que la hiera. Eres su guardián y su más fiel amigo. Sé que estás dispuesto a desafiarnos a todos por estar a su lado.
—¿Me estás dando tu bendición? —preguntó Senko, con los ojos empañados.
—Querido, desde el momento en que te creé, has sido bendecido. Su conexión no es una casualidad.
La Luna sonrió hacia el cielo oscurecido y desapareció, dejando un rayo de luz blanca reflejado sobre las aguas del río, como un camino de plata que se perdía en la profundidad.
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Editado: 24.04.2026