Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

La promesa

~XXX~

​—¿Aún no te has ido? —preguntó la señora Tarajh, deteniéndose al ver a Khai todavía en el pasillo del hospital.
​Khai bajó la mirada, negando con un movimiento lento. Sus pies parecían haberse echado raíces en aquel suelo estéril.
—¿Tienes algún problema, muchacho?
​Khai intentó forzar una sonrisa, pero sus músculos faciales no parecían recordar cómo hacerlo.
—No. Todo está bien.
​La mujer lo observó con una mezcla de ternura y una perspicacia que lo desarmó.
—Sé que no es asunto mío, y discúlpame si me entrometo, pero no te ves nada bien. Pareces perdido. Y no me refiero al lugar... me refiero a esto —dijo, señalando con suavidad el lugar donde debería latir su corazón.
​El cuerpo de Khai se erizó. Su mirada, antes gélida y segura, se descompuso en una confusión evidente. La mujer le sonrió con una compasión que Khai no supo procesar; era una calidez que le resultaba ajena, casi dolorosa.
​—Estar perdido es parte de estar vivo —reflexionó ella—. Todos pasamos por ello, cada quien a su forma. No te angusties; todos acabamos encontrando nuestro camino.
​Khai escuchaba sus palabras como si fueran flechas que se clavaban directamente en su mente. Cada frase de la mujer derribaba un muro de su vacío.
—Espero que halles el tuyo... y que logres encontrarte a ti mismo. Gracias de nuevo por ayudar a mi hija. —La mujer pareció recordar algo al ver llegar a Daniel—. Por cierto, ¿Ya conocías a Ariela? No me pareció que fueras un extraño para ella.
​—¡Ah! No... solo nos cruzamos una vez. Fue casualidad —divagó Khai, sintiendo que la mentira pesaba en su lengua como nunca antes.
​La señora Tarajh se acercó un poco más, fijando sus ojos en los pozos sin fondo del joven.
—Las coincidencias no existen. Todo suceso es el hilo que lleva a otro —rió ella suavemente antes de darse la vuelta—. Buenos días, Daniel.
​—¡Hola, tía! Buenos días —saludó el joven, acercándose con el rostro cansado pero aliviado—. ¿No trabajas hoy?
—Sí, solo vine de paso a ver cómo seguía Ari. Pasa, está despierta.
​Daniel se giró hacia Khai con una sonrisa honesta antes de entrar.
—Hola. De verdad, muchas gracias por lo de ayer. Sin ti, ella no lo habría logrado.
—Solo hice lo que debía —respondió Khai con voz plana, aunque por dentro todo era ruido.
​Daniel entró a la clínica. La mujer se volvió hacia Khai una última vez, con curiosidad maternal.
—Muchacho, ¿cuál es tu nombre completo?
—Soy Khai, señora.
—¿Khai qué? ¿Cuál es tu apellido? ¿De qué familia vienes?
​La mente de Khai se disparó hacia atrás buscando una respuesta que no existía. Su "familia"... una diosa resentida, un zorro milenario, un espectro mudo hecho de hilos. No tenía un apellido que ofrecer.
—¿No tienes familia? —preguntó ella al notar su vacilación.
—Sí —respondió él, seco y firme, pensando en Senko.
​La mujer entrecerró los ojos, analizando su porte misterioso.
—Debes ser de una familia muy importante y no puedes decírmelo por razones obvias, ¿verdad? —concluyó ella, dándole una salida elegante que Khai no comprendió.
​—En fin, acompáñame a la cafetería. Quiero comer algo y supongo que tú tampoco has probado bocado desde anoche.
​Sin esperar respuesta, lo tomó de la mano y lo arrastró consigo. Sentados frente a frente, Khai se convirtió en el espectador de una humanidad que siempre había observado desde las sombras. La señora Tarajh hablaba sin parar: recordaba el pasado, reía y soltaba lágrimas repentinas. Khai estaba fascinado; mientras sus emociones cambiaban, su luz también lo hacía: se volvía brillante con la risa y se opacaba con la melancolía.
​¿En realidad solo eran deseos?, se preguntó Khai. ¿Cómo no se había fijado antes? Él, que se dedicaba a capturarlos, no comprendía la naturaleza de lo que arrebataba. En ese instante, un recuerdo lo arrancó violentamente del presente.
​Estaba frente a una cabaña, esperando el momento preciso. Senko, a su lado, le daba una lección que Khai no quiso entender en aquel entonces.
​—Estas luces no son solo deseos, Khai. Son la esencia del alma. Es lo que un alma ha trabajado en todas sus vidas: sus recuerdos, sus anhelos. Sus emociones habitan ahí. Lo que tú haces es arrebatar una parte de eso.
​En aquel momento, Khai solo calculaba la precisión de su mano. No le importaba el "qué", solo el "cómo".
​—Al tomar un recuerdo, lo borras de su mente —seguía explicando la voz de Senko en su memoria—. Y al arrebatarlo, lo que la persona aprendió de esa experiencia o lo que construyó a partir de ella, deja de existir. Como si nunca hubiera ocurrido.
​Khai regresó al presente con un espasmo. Se levantó bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo, y salió corriendo de la cafetería. La señora Tarajh quedó atónita, pero terminó soltando una carcajada: el muchacho era tan intenso como su propia hija.
​Khai corrió por los pasillos, sintiendo que su respiración le quemaba los pulmones. Al entrar en el área de hospitalización, chocó con Daniel, que salía de la habitación, pero no se detuvo. Entró de golpe en la 402.
​Ariela estaba sentada al borde de la cama, frágil bajo la bata blanca. Khai se acercó a ella con una urgencia que rayaba en la desesperación y le tomó la mano.
​—¡¿Pero qué te pasa?! ¡Suéltame, loco! —gritó Ariela, intentando zafarse.
​Al tocarla, Khai lo vio con total claridad. La luz en el entrecejo de ella se apagaba al contacto con su piel, como si él fuera un interruptor de oscuridad. Entonces, todos los encuentros previos cobraron sentido: el ataque de Sayku, el día del río, la quemadura en su mano.
​Ariela logró soltarse y lo empujó, levantándose débilmente.
—¡¿Por qué haces esto?! ¡¿Qué es lo que quieres?! —preguntó histérica, con los ojos llenos de miedo y confusión.
​Khai salió de su trance y la miró fijamente. Ya no era el recadero.
—Solo quería comprobar algo —dijo, y luego bajó la voz—. Solo eres un recipiente... igual que yo. La luz que llevas te mantiene viva por ahora, Ariela, pero su despertar total te matará. Te consumirá hasta que no quede nada.
​Ariela se desplomó sentada en la cama, sin aliento. Eran las palabras de sus sueños, hechas carne en la voz de aquel desconocido.
​Khai se arrodilló frente a ella, mirándola a los ojos con una determinación que no pertenecía al Vacío.
—Yo te salvaré —prometió—. Solo déjame estar a tu lado.
Ariela lo miró en silencio. El monitor cardíaco a su lado seguía marcando un ritmo artificial, constante y frío, pero frente a ella, los ojos de Khai —esos pozos que siempre habían estado vacíos— parecían reflejar por primera vez una chispa de lo que ella llevaba dentro.
No hubo una respuesta, ni una promesa de vuelta. Ariela simplemente sonrió.




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