—¿Qué pasa si lo descubren?
—Podrías incluso ser condenada a pagar con tu vida por el atrevimiento de haber nacido.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al escucharlo decir eso. ¿Lo dice en serio? ¿Entonces para que me ha traído a este lugar? Pensaba que los alas grises solo eran rechazados, pero no que incluso su vida esté en peligro.
—Generalmente, son acusados y no se investiga mucho sobre el crimen y los condenan. Muchos creen que incluso soy espías de los alados blancos. Si un ala oscura te acusa de un crimen, tus alas grises ya son tu condena —habló con seriedad sin detener sus pasos—. Pero no te preocupes, no permitiré que eso pase.
No le respondí. De solo pensarlo me dio escalofríos, así que yo misma coloqué mi mano libre sobre la capucha que llevo encima para que no se mueva de su lugar. No sé qué tan ciertas sean sus palabras, pero no pienso arriesgarme.
¿Por qué tengo que estar pasando por estas cosas cuando a esta hora debería estar en casa a punto de darme una ducha y dormir?
Caminamos hasta detenernos en lo que parece una enorme escuela, hay unas palabras escritas en la entrada "Alis Academiae Nigrae". Le señaló esto, y con seriedad me lo traduce.
—Academia de las alas negras —responde sin detener sus pasos.
El edificio de oscura piedra gris deja ver dos enormes puertas de madera abiertas de par en par, cuyo tamaño son tan grandes que de seguro solo aquellos como Brando podrían abrirlas.
Hay niños corriendo, con túnicas de tono blanco, con unas alas más desarrolladas que los niños que vimos fuera de la academia. Más al fondo hay un patio externo de gran tamaño donde muchachos de todas las edades comparten unos con otros leyendo libros o riendo. Y en medio una estatua de mármol, con la figura de una mujer alada con un brazo extendido al cielo y sus alas talladas de una forma que parece que estuviera a punto de volar. Es impresionante.
—Buenos días, maestro —saludaron, quienes se cruzaron en su camino, a Brando con cortesía, inclinando incluso sus cabezas.
Es evidente que es muy respetado por los más jóvenes, y que su historia de ser un maestro de la academia de este reino era real. Sin detenernos seguimos avanzando hasta entrar a un pasillo de piedra que nos condujo hasta la entrada de una torre. El interior de la torre es más amplio de lo que se ve por fuera, y subimos unas anchas escaleras hasta el lugar en donde se dividen en dos, una escalera que va hacia el lado derecho y otro al izquierdo.
Veo banderines colgando, y un enorme escudo que parece representar a la escuela.
Finalmente, nos detenemos frente a una puerta, en donde Brando da dos golpes antes de que la voz de un hombre mayor lo invite a entrar.
Tras un escritorio, el anciano que escribía con una pluma dorada detuvo su mirada en ambos, y se colocó de pie de inmediato, acercándose más a mí que a su propio discípulo.
—Maestro Siwan, al fin la traje conmigo —exclamó Brando con seriedad.
—Vaya, es ella —dijo el anciano sin dejar de caminar a mi alrededor—. ¿Planean tener hijos pronto?
Esperen... ¿Qué acaba de decir? ¿Hijos? ¿Él y yo? ¿Mi jefe odioso conmigo? ¿Juntos? ¿Hacer eso? De solo imaginarlo me sentí mareada. No es la razón por la que vine, la verdad es que ni siquiera aún no entiendo las intenciones de Brando. Lo único que me dijo que me traería a un lugar en donde me enseñaran a controlar estas alas, pero, ¡no me dijo nada de hijos!
—¡¿Qué?! ¡No! —respondí de inmediato, ¿cómo podría siquiera pensar en eso? De seguro, Brando también se sentirá ofendido.
Además, con ese tamaño... si ese es su tamaño real... ¿Cómo? No sería posible, moriría antes de... ¡No, no quiero!
—Claro que sí —respondió el muy descarado, fingiendo no ver los gestos que le hago para que se quede callado—, luego de que el reino vuelva a la normalidad.
—Oye, espérate, no he dicho que quiera tener hijos contigo —me giré a mirarlo sin creer lo que acaba de decir—. Siquiera quedará embarazada... los bebés serían tan grande que explotaría antes de dar a luz.
El anciano se echó a reír.
—La promesa de la emperatriz fue entregarme su amor y su vida, eso comprende tener hijos —respondió entrecerrando los ojos con una semi sonrisa irónica mientras me tomaba la barbilla y la acariciaba con atrevimiento.
Chasqueé la lengua, a veces no puedo entenderlo. ¿Quiere aún seguir con esto adelante viendo que no me parezco en nada a su amada emperatriz? Solo tenemos la misma alma, es todo.
—Solo acepté venir acá porque quiero que me ayuden a quitarme estas alas. No digas que no te lo advertí. No quiero que después te molestes conmigo porque descubras que no soy tu emperatriz, si solo basta con verme para darse cuenta de que no soy ella...
El anciano afirmó con la cabeza mientras vuelve a caminar a mi alrededor.
—En apariencia no se parecen, la emperatriz era una mujer de una belleza deslumbrante... en cambio, tú...
—¿Es necesario ofenderme? —detuve sus palabras y el hombre mayor se echó a reír.
—Es una criatura humana bastante extraña —señaló antes de volver a su asiento—. Entonces, si estás tan seguro que es Alyskara, ¿por qué tenías la urgencia de verme?
Brando adelantó sus pasos tensando su rostro.
—Es por esto —y sin decir más me quitó la capucha dejando ver mis dos alas grises.
La pluma dorada, que el anciano había tomado entre sus manos, se resbaló en ese momento, y sus ojos se abrieron de par en par como si estuviera viendo algo que nunca antes había visto.
—Un ala gris —dijo sorprendido y volvió a levantarse de su asiento sacando un monóculo de su bolsillo para observar mis alas con mayor atención—, no veía a uno desde que era un niño pequeño, luego de la exterminación de ambos reinos contra los alas grises no ha vuelto a nacer uno. ¿Sabes lo que esto significa?
—Es simple, ella no es la emperatriz, te has equivocado Brando —dijo otro hombre que entró de repente a la sala, con seriedad, dirigiéndome una mirada molesta.