Alyssa Potter y El Prisionero de Azkaban

CAPITULO CUATRO

Aunque debería tener un poco de vergüenza por mis acciones, logré ver el gran beneficio que implicaba haber inflado a Marge. No me enorgullecía pero no pude evitar que me inundara la maravillosa sensación de libertad, que incluso, podía acostumbrarme a ella. Ni si quiera me detuve a pensar en cual enojados estarían mis tíos conmigo porque algo era seguro, no me recibirían con el mismo cariño que me tenían.

En la mañana, Tom me llevó una taza de chocolate caliente con una gran sonrisa. Nunca en la vida me había podido levantara a la hora que quería. El desayuno no me decepcionó porque me presentaron un gran menú para escoger los más deliciosos manjares. Me decidí por unos huevos fritos con salchichas, unas tostadas de mermelada y una copa de jugo de calabaza. Mientras disfrutaba mi comida, observé a los demás huéspedes: brujas pequeñas y graciosas que habían llegado del campo para pasar un día de compras; magos de aspecto venerable que discutían sobre el último artículo aparecido en la revista La transformación moderna; brujos de aspecto primitivo; enanitos escandalosos; y una bruja malvada con un pasamontañas de gruesa lana, que pidió un plato de hígado crudo.

Tom cocinaba delicioso pero no tanto como la comida de la señora Weasley

Al terminar, le dije al tabernero sobre mi deseo de ir al callejón Diagon no sin antes prometerle que no iría al Londres muggle. No era una promesa difícil porque el callejón Diagon era maravillosa, estaba increíblemente rebosada de las tiendas de brujería mas fascinantes del mundo y mi atención estaba únicamente en ella.

¿Por qué desperdiciar mi tiempo en un mundo que ya conocía a la perfección?

Sin embargo, había algo que picaba mi curiosidad. Fudge fue muy claro en sus palabras acerca de su preocupación por  mi seguridad, y no ignoraba el hecho que mi nombre era conocido por toda la comunidad mágica del mundo, pero eso no justificaba las extrañas atenciones del ministro hacia mi.

Con semblante pensativo, salí al patio de atrás. Saqué mi varita, golpeé el tercer ladrillo de la izquierda por encima del cubo de la basura, y me quedé esperando hasta que se abría en la pared el arco que daba al callejón Diagon.

Cuando se abrió por completo, no pude evitar asombrarme por las maravillas que me presentaba este lugar.

Disfruté cada momento en mi estadía en el Caldero Chorreante. Pasaba aquellos largos y soleados días explorando las tiendas y comiendo bajo sombrillas de brillantes colores en las terrazas de los cafés, donde los ocupantes de las otras mesas se enseñaban las compras que habían hecho («es un lunascopio, amigo mío, se acabó el andar con los mapas lunares, ¿te das cuenta?») o discutían sobre el caso de Sirius Black («yo no pienso dejar a ninguno de mis chicos que salga solo hasta que Black vuelva a Azkaban»). Ya no tenía que hacer los deberes bajo las mantas y a la luz de una vela; ahora podía sentarme, a plena luz del día, en la terraza de la Heladería Florean Fortescue, y terminar todos los trabajos con la ocasional ayuda del mismo Florean Fortescue, quien, además de saber mucho sobre la quema de brujas en los tiempos medievales, me daba gratis, cada media hora, un helado de crema y caramelo.

Después de llenar el monedero con galeones de oro, sickles de plata y knuts de bronce de su cámara acorazada en Gringotts, necesité mucho dominio para no gastármelo todo enseguida. Tenía que recordarme que aún me quedaban cinco años en Hogwarts, e imaginarme pidiéndoles dinero a los Dursley para libros de hechizos para no caer en la tentación de comprarse un juego de gobstones de oro macizo (un juego mágico muy parecido a las canicas, en el que las bolas lanzan un líquido de olor repugnante a la cara del jugador que pierde un punto). También me tentaba una gran bola de cristal con una galaxia en miniatura dentro, que habría venido a significar que no tendría que volver a recibir otra clase de astronomía. Pero lo que más a prueba puso mi decisión apareció en mi tienda favorita (Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch) a la semana de llegar al Caldero Chorreante.

La tienda estaba abarrotada de gente con expresiones de emoción. Deseosa de enterarme de qué era lo que observaba la multitud en la tienda, me abrí paso para entrar; apretujándome entre brujos y brujas emocionados, hasta que vi.

Era lo más maravilloso que había visto. Estaba en un expositor; la escoba de carreras perfecta.

La escoba de mis sueños.

—Acaba de salir... prototipo... —le decía un brujo de mandíbula cuadrada a su acompañante.

—Es la escoba más rápida del mundo, ¿a que sí, papá? —gritó un muchacho más pequeño, que iba colgado del brazo de su padre.

El propietario de la tienda estaba radiante y exclamaba a la gente:

— ¡La selección de Irlanda acaba de hacer un pedido de siete de estas maravillas! ¡Es la escoba favorita de los Mundiales!

Al apartar a una bruja de gran tamaño, pude leer el letrero que había al lado de la escoba: 

SAETA DE FUEGO

Este ultimísimo modelo de escoba de carreras dispone de un palo de fresno ultra fino y aerodinámico, tratado con una cera durísima, y está numerado a mano con su propia matrícula. Cada una de las ramitas de abedul de la cola ha sido especialmente seleccionada y afilada hasta conseguir la perfección aerodinámica. Todo ello otorga a la Saeta de Fuego un equilibrio insuperable y una precisión milimétrica. La Saeta de Fuego tiene una aceleración de 0 a 240 km/hora en diez segundos, e incorpora un sistema indestructible de frenado por encantamiento. Preguntar precio en el interior.

Era tan tentador y si preguntara el precio…no quería ni imaginar cuánto costaría la Saeta de Fuego. Nunca me había apetecido nada tanto como aquello... Pero nunca había perdido un partido de quidditch en su Nimbus 2.000, ¿y de qué me servía dejar vacía mi cámara de seguridad de Gringotts para comprarme la Saeta de Fuego teniendo ya una escoba muy buena? No pregunté el precio, pero regresé a la tienda casi todos los días sólo para contemplar la Saeta de Fuego. Sin embargo, había cosas que tenía que comprar. Fui a la botica para aprovisionarme de ingredientes para pociones, y como la túnica del colegio me quedaba ya demasiado corta tanto por las piernas como por los brazos, visité la tienda de Túnicas para Cualquier Ocasión de la señora Malkin y compré otra nueva. Y lo más importante de todo: tenía que comprar los libros de texto para mis dos nuevas asignaturas: Cuidado de Criaturas Mágicas y Adivinación.




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