Alyssa Potter y El Prisionero de Azkaban

CAPITULO ONCE

Mis piernas actuaron por sí solas y salí corriendo del pub sin hacer caso de los gritos de Ron y Hermione.

Intenté concentrarme en mi irregular respiración, sintiendo el aire pasar dolorosamente por mis pulmones  mientras seguía corriendo. Resbalé varias veces con la densa nieve y me levanté con las rodillas lastimadas, temblando como una loca. Me dejé caer en uno de los bancos de la abarrotada calle. Nadie  me prestaba atención, varias personas cargaban sus compras de Navidad y los chicos reían despreocupadamente. Todo me parecía tan lejano. Mi mente estaba en un grave estado de aturdimiento y no lograba entender lo que estaba pasando.

James Potter y Sirius Black, mejores amigos…

Las palabras de Fudge rebotaron contra mi pecho y un intenso nudo se formó en mi garganta. No iba a llorar aunque tenía ganas de hacerlo. Quería gritar o golpear cualquier cosa para sacar la ira que se formaba en mi interior pero reprimí mis impulsos.

No sabía muy bien cómo me las había apañado para regresar al sótano de Honeydukes, atravesar el pasadizo y entrar en el castillo. Lo único que sabía era que el viaje de vuelta parecía no haberme costado apenas tiempo y que no me daba muy clara cuenta de lo que hacía.

¿Por qué nadie me había explicado nada de aquello? Dumbledore, Hagrid, el señor Weasley, Cornelius Fudge... ¿Por qué nadie me había explicado nunca que mis padres habían muerto porque los había traicionado su mejor amigo?

Era tan confuso y tan difícil de asimilar. No podía creer que el mejor amigo de mi padre lo haya traicionado, vendiéndolo a Voldemort. Y lo peor de todo, habían traicionado mi confianza, sintiéndome herida y pisoteada.

¿Tan débil me consideraban? ¿Acaso no podía resistir? Si bien, algo bueno que sucedió al vivir todos estos años con los Dursley fue que aprendí a ser fuerte y a soportar el dolor. No era ninguna niña debilucha que se desmoronaba por cualquier golpe.

Al dar la vuelta en un pasillo, me di de bruces con alguien. Hubo quejidos  y un montón de libros se esparcieron por el suelo.

—Lo lamento—dije de inmediato, me arrodillé para recogerlos sin mirar a la persona que golpeé—No te vi.

—Ten más cuidado, Potter.

Los libros se me cayeron de nuevo y levanté la vista.

—¡Will!

Con un movimiento de su varita, recogió los libros y los puso debajo de su brazo, arrugando su frente.

—Venía a buscarte porque creí que se te había olvidado que nos veríamos en la biblioteca.

—Eh…sí, yo solo… es que dejé algo y regresé por él…

Will me miró extrañado.

—¿Qué sucede?

Sabía que debía lucir pálida y agitada así que hice un esfuerzo para esbozar mi mejor sonrisa.

—Nada—mentí—Estoy bien.

—Pareces alterada—comentó sin convencimiento y me observó detenidamente—¿Seguro que estás bien?

Me mordí el labio. No creía buena idea decirle lo que escuché en el bar del pueblo. Al menos, no quería ser la persona quien le dijera que su padre entregó a los míos a Voldemort. Ambos habíamos sufrido demasiado y quería ahórrale esta carga a él.

—Estoy bien—aseguré intentando sonar despreocupada—No es nada.

Will seguía sin creerme.

—¿No pudiste traerte toda la biblioteca? —me burlé cambiando de tema—Tranquilo, la señora Pince la dejará abierta para ti.

Pareció funcionar porque ocultó muy bien una sonrisa, abrazando sus libros.

—Que graciosa.

—Tengo una mejor idea—exclamé tomándolo del brazo—George me dio unos cohetes y estaba pensando que podríamos lanzarlos en la oficina de Filch.

—Tienes pensamientos suicidas—dijo Will recelosamente—De acuerdo.

Traté de mantener mi mente ocupada haciendo varias cosas y actuando como si no hubiera sucedido nada, pero al finalizar el día, la verdad cayó sobre mi.

Ron y Hermione me observaron intranquilos durante toda la cena, sin atreverse a decir nada sobre lo que habían oído, porque Percy estaba sentado cerca. Comí en silencio apenas prestando atención, incluso llegué a rechazar un pedazo de mi tarta de melaza favorita. Todos me miraron atónitos.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó Gideon preocupado—Nunca habías rechazado la tarta de melaza.

Miré a Will que estaba del otro lado de la mesa, atento a mis palabras.

—Estoy bien, Gid—sonreí—Solo estoy muy llena, comí dulces antes de la cena.

Cuando subimos a la sala común atestada de gente, descubrimos que Fred y George, en un arrebato de alegría motivado por las inminentes vacaciones de Navidad, habían lanzado media docena de bombas fétidas. No quería que Fred y George me preguntaran si había ido o no a Hogsmeade, así que me fui a hurtadillas hasta el dormitorio vacío y abrí el armario. Eché todos los libros a un lado y rápidamente encontré lo que buscaba: el álbum de fotos encuadernado en piel que Hagrid me había regalado hacía dos años, que estaba lleno de fotos mágicas de mis padres. Me senté en mi cama, corrí las cortinas y comencé a pasar las páginas hasta que...

Me detuve en una foto de la boda de mis padres. Mi papá saludaba con la mano, con una amplia sonrisa. El pelo negro y alborotado que había heredado se levantaba en todas direcciones. Mi mamá, hermosa y radiante de felicidad, estaba cogida del brazo de mi padre. Y allí... aquél debía de ser. El padrino. Nunca le había prestado atención.

Si no hubiera sabido que era la misma persona no habría reconocido a Black en aquella vieja fotografía. Su rostro no estaba hundido y amarillento como la cera, sino que era hermoso y estaba lleno de alegría. ¿Trabajaría ya para Voldemort cuando sacaron aquella foto? ¿Planeaba ya la muerte de las dos personas que había a su lado? ¿Se daba cuenta de que tendría que pasar doce años en Azkaban, doce años que lo dejarían irreconocible?

Pero los dementores no le afectan. Me fijé en aquel rostro agradable y risueño. No tiene que oír los gritos de mi madre cuando se aproximan demasiado...

Cerré de golpe el álbum y volví a guardarlo en el armario. Me quite el uniforme con brusquedad y me metí en la cama, asegurándome de que las cortinas me ocultaban de la vista.




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