Alyssa Potter y La Piedra Filosofal

CAPITULO DIECISÉIS

No podía explicar cómo me las había arreglado para hacer mis exámenes, cuando una parte de mi esperaba que Voldemort entrara por la puerta en cualquier momento. Sin embargo, los días pasaban y no había dudas de que Fluffy seguía bien y con vida, detrás de la puerta cerrada.

Hacía mucho calor, en especial en el aula grande donde nos examinaban por escrito. Nos habían entregado plumas nuevas, especiales, que habían sido hechizadas con un encantamiento anti trampa. También teníamos exámenes prácticos. El profesor Flitwick nos llamó uno a uno al aula, para ver si podíamos hacer que una piña bailara claqué encima del escritorio. La profesora McGonagall nos observó mientras convertíamos un ratón en una caja de rapé. Ganaban puntos las cajas más bonitas, pero los perdíamos si tenían bigotes. Snape nos puso nerviosos a todos, respirando sobre nuestras nucas mientras tratábamos de recordar cómo hacer una poción para olvidar.

No sabía si lo había hecho bien, tratando de hacer caso omiso de las punzadas que sentía en la frente, un dolor que me molestaba desde la noche que había estado en el bosque.

Lavender pensaba que yo era un caso grave de nerviosismo, porque no podía dormir por las noches. Pero la verdad era que me despertaba por culpa de mi vieja pesadilla, que se había vuelto peor, porque la figura encapuchada aparecía chorreando sangre.

Tal vez porque ellos no habían visto lo que yo vi en el bosque, o porque no tenían cicatrices ardientes en la frente, Ron y Hermione no parecían tan preocupados por la Piedra como yo. La idea de Voldemort los atemorizaba, desde luego, pero no los visitaba en sueños y estaban tan ocupados repasando que no les quedaba tiempo para inquietarse por lo que Snape o algún otro estuvieran tramando.

Mi último examen era Historia de la Magia. Una hora respondiendo preguntas sobre viejos magos chiflados que habían inventado calderos que revolvían su contenido, y estaríamos libres, libres durante toda una maravillosa semana, hasta que recibiéramos los resultados de los exámenes. Cuando el fantasma del profesor Binns nos dijo que dejáramos las plumas y enrolláramos los pergaminos, no pude dejar de alegrarme con el resto.

—Esto ha sido mucho más fácil de lo que pensé —dijo Hermione, cuando nos reunimos con los demás en el parque soleado—. No necesitaba haber estudiado el Código de Conducta de los Hombres Lobo de 1637 o el levantamiento de Elfrico el Vehemente.

A Hermione siempre le gustaba volver a repetir los exámenes, pero Ron dijo que iba a ponerse malo, así que nos fuimos hacia el lago y nos dejamos caer bajo un árbol. Los gemelos Weasley y Lee Jordan se dedicaban a pinchar los tentáculos de un calamar gigante que tomaba el sol en la orilla.

—Basta de repasos —suspiró aliviado Ron, estirándose en la hierba—. Puedes alegrarte un poco, Allie, aún falta una semana para que sepamos cómo nos fue, de seguro que te ha ido bien como a Hermione, no hace falta preocuparse ahora.

Me frotaba la frente inconscientemente.

— ¡Me gustaría saber qué significa esto! —estallé enfadada—. Mi cicatriz sigue doliéndome. Me ha sucedido antes, pero nunca tanto tiempo seguido como ahora.

—Ve a ver a madame Pomfrey —sugirió Hermione.

—No estoy enferma —murmuré molesta—. Creo que es un aviso... significa que se acerca el peligro...

Ron no podía agitarse, hacía demasiado calor.

—Allie, relájate—me pidió—Hermione tiene razón, la Piedra está segura mientras Dumbledore esté aquí. De todos modos, nunca hemos tenido pruebas de que Snape encontrara la forma de burlar a Fluffy. Casi le arrancó la pierna una vez, no va a intentarlo de nuevo. Y Neville jugará al quidditch en el equipo de Inglaterra antes de que Hagrid traicione a Dumbledore.

Asentí, pero no pude evitar la furtiva sensación de que se me había olvidado hacer algo, algo importante. Cuando traté de explicarlo, Hermione dijo:

—Es por los exámenes. Yo me desperté anoche y estuve a punto de mirar mis apuntes de Transformación, cuando me acordé de que ya habíamos hecho ese examen.

Pero estaba segura de que aquella sensación inquietante no tenía nada que ver con los exámenes. Vi una lechuza que volaba hacia el colegio, por el brillante cielo azul, con una nota en el pico. Hagrid fue el primer amigo que hice desde que descubrí que era una bruja y era el único que me había enviado cartas. Era inconcebible que Hagrid traicionara a Dumbledore. Hagrid nunca le diría a nadie cómo pasar ante Fluffy... nunca... A menos que...
Súbitamente, me puse de pie de un salto, horrorizada.

Definitivamente, esto no podía estar pasando. Deseé con todas mis fuerzas por estar equivocada.

— ¿Adónde vas? —preguntó Ron con aire soñoliento.

—Acabo de pensar en algo —jadeé, estando muy segura de haberme puesto pálida—. Tenemos que ir a ver a Hagrid ahora.

— ¿Por qué? —suspiró Hermione, levantándose.

—¿No les parece un poco raro —señalé, subiendo por la colina cubierta de hierba— que lo que más deseara Hagrid fuera un dragón, y que de pronto aparezca un desconocido que casualmente tiene un huevo en el bolsillo? ¿Cuánta gente anda por ahí con huevos de dragón, que están prohibidos por las leyes de los magos? Qué suerte tuvo al encontrar a Hagrid, ¿verdad? ¿Por qué no se me ocurrió antes? Soy una estúpida.

— ¿En qué estás pensando? —preguntó Ron, pero eché a correr por los terrenos que iban hacia el bosque, sin contestarle.

Hagrid estaba sentado en un sillón, fuera de la casa, con los pantalones y las mangas de la camisa arremangados, y desgranaba guisantes en un gran recipiente.

—Hola —saludó sonriente—. ¿Han terminado los exámenes? ¿Tienen tiempo para beber algo?

—Sí, por favor —dijo Ron, pero lo Interrumpí levantando mi mano.

—No, tenemos prisa, Hagrid, pero tengo que preguntarte algo... ¿Te acuerdas de la noche en que ganaste a Norberto? ¿Cómo era el desconocido con el que jugaste a las cartas?

—No lo sé —contestó Hagrid sin darle importancia—. No se quitó la capa.




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