El hombre observó con absoluta frialdad la sangre que se deslizaba con lentitud por el suelo, formando pequeños ríos oscuros alrededor de la silla. No sintió culpa. ¿Cómo podría, si él mismo había reducido a esa mujer a ese estado?
Con un suspiro cargado de aburrimiento, tomó un puñado de aquel cabello empapado en sudor y sangre y tiró de el con fuerza, obligándola a levantar el rostro hinchado y desfigurado por los golpes.
—¿Vas a seguir sin hablar?
Rosaura jadeó por el dolor, pero no pudo emitir más que una serie de frases inconexas, su boca no tenía la suficiente fuerza para abrirse.
—Estúpida, si no te hubieras metido con El General, este precioso rostro no habría terminado así.
Cuando aquella mano dejó de hacer presión sobre su cabello, su cabeza cayó sin fuerza, logrando sacarle otro gemido de dolor.
Su profesor le había advertido que no era una buena idea publicar toda la información que encontró sobre cierto grupo delictivo que tenía atemorizado a todo el estado, pero su lado idealista y soñador, no le permitió quedarse en silencio ante la injusticia.
—¿Ya dijo algo valioso?
Rosaura intentó enfocar a la persona que hablaba, pero sus párpados dolían cada que intentaba abrirlos.
—Solo prometió que nunca más iba a volver a molestarnos, ¿Quiere que sigamos con el resto de sus uñas? Aún quedan las de los pies.
Aquel viejo hombre le dió una mirada rápida. Apenas si podía distinguir el rostro de la joven periodista que había metido en aprietos a su patrón.
—¿Sabes a quién le dejó el resto de la información? — la otra persona negó —. Entonces deshazte de ella. Yo mismo me encargaré de sacarle todo lo que necesito a sus padres y a quiénes conozca.
Pese al dolor y el desconcierto, Rosaura comenzó a negar con horror de un lado a otro al escuchar esto. No podían meterse con su familia, ellos no tenían la culpa de sus malas decisiones.
—Por favor... Por favor...— cada que movía la boca, sentía como su mejilla hormigueaba y punzaba—. Puedo decirles quién me dió toda la información— hablar se sentía como el infierno mismo, pero la descarga de adrenalina que sentía le dió el valor para moverse y tragarse el dolor cuando la cuerda rozó sus lastimadas muñecas.
—¿Crees que con eso basta para sanar todo lo que hiciste? El General perdió mucho dinero y algo así, no se perdona tan fácil, muñequita — Rosaura sintió su cuerpo temblar cuando la filosa punta de una navaja recorrió sus piernas—. Pero no te preocupes, él sabrá cómo cobrarse.
Fue inevitable para la mujer agitarse cuando el extraño, sin ningún tipo de miramiento la levantó del suelo como si fuera un saco de papas, dejando sus tobillos y manos expuestas al aire frío que pronto rozó sus heridas.
—Por favor...
—¿Acaso no sabes decir nada más? — molestó, el hombre la llevó hacia la camioneta oscura que ya los esperaba con las puertas traseras abiertas.
—Mi familia... Ellos ...
El golpe seco contra el piso metálico de la camioneta le cortó la respiración e interrumpió cualquier intento de súplica. Con miedo, Rosaura a duras penas observó cómo la puerta se cerraba con violencia casi al mismo tiempo que el motor rugía para hacer que el vehículo se sacudiera brutalmente sobre el camino de terracería.
El miedo no le permitió distinguir cuánto tiempo pasó, ¿Horas? ¿Minutos? Ella no estaba segura de nada, solo de que la puerta, después de tortuosos y agonizantes instantes, volvió a abrirse, dándole paso al hombre que no tardó en pasar sus brazos por debajo de sus axilas, arrastrándola sin esfuerzo hasta el borde de un puente viejo.
—Valentín Hidalgo... Él me dijo todo— desesperada, sintiendo la tierra pegarse a su piel, Rosaura intentó hablar lo más claro posible, en un último intento por salvar su vida.
Pero contrario a lo que ella esperaba, él no respondió, se limitó a darle una sonrisa antes de lanzarla al agua con un movimiento brusco.
De inmediato, el frío atravesó cada fibra de su cuerpo como si fuesen cuchillos. Rosaura con las pocas fuerzas que le quedaban, intentó luchar, patalear, hacer lo que fuera necesario para liberarse, pero sus movimientos únicamente lograron hacer que su cabeza impactara contra algo duro y afilado.
Un pitido inundó rápidamente sus oídos, dejándola completamente inmóvil mientras sus ojos se cerraban y su garganta se llenaba de agua.
El único testigo que quedó de su desesperación fue la oscuridad y el lento arrastre del río que llevaba a su cuerpo, corriente abajo.
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Lo prometido es deuda. Espero que les guste c: