—No fue mi intención que las cosas terminara así.
—¿Así cómo? ¿Con mi hija a punto de morir por tus depravadas conductas?
Ignacio se mantuvo lo más firme que pudo frente a la inquisitiva y dura mirada de su suegro. No tenía palabra alguna que pudiera replicar a aquella fiera respuesta llena de razón. Él jamás había imaginado que la fiesta a la que asistió iba a terminar con Amada a punto de morir ahorcada.
—¿Cómo está mi esposa?
Don Porfirio, aún con la mandíbula apretada, se puso de pie, dándole la espalda al estúpido yerno que se había conseguido. Si pudiera cambiar el pasado, jamás habría permitido que su adorada hija se comprometiera con ese intento de hombre que ahora había convertido su apellido en la burla de la sociedad.
—Aún no despierta. El médico teme que no lo haga— confesó sin saber siquiera si a Ignacio le importaba lo que pasaba o no con su hija—. Ahora está bajo el cuidado de la señorita Acoltzi.
El hombre más joven de la habitación también se puso de pie, agarrando las mangas de su traje en un gesto nervioso, como si tratara de distraerse de la culpa que no lo había dejado estar en paz. Si él hubiera sabido que sus peculiares gustos harían que las cosas terminaran así, quizá jamás habría asistido al baile, porque si bien él era poderoso, sus contactos y fortuna nunca se habrían comparado con los de la familia Diaz, los líderes de la República Méxicana.
—¿Puedo ir a verla?
—No lo mereces— la respuesta inmediata casi hace que Ignacio volviera a sentarse, como si no fuese más que un niño al que han regañado por portarse terriblemente mal—. Pero Amada siempre te ha tenido cariño y jamás me perdonaría que no te dejara verla.
Su yerno agradeció las palabras con un gesto de su cabeza antes de seguir a su suegro por los pasillos que llevaban hasta la habitación de la hija favorita de la familia.
—Padre— Deodato, el único hijo varón de Porfirio Diaz hizo un saludo con la cabeza al verlo subir las escaleras—. Que bueno que has llegado.
—¿Ha pasado algo?
—No puedo estar seguro pero… la señorita Acoltzi salió hace unos minutos de la habitación a decirme que mi hermana se ha quejado, aunque aún no abre los ojos.
Pese a que Ignacio trataba de prestar atención a las palabras de su cuñado, no podía dejar de observar al hombre que estaba a su lado; no porque no fuera atractivo, sino porque era muy extraño que su suegro permitiera que personas ajenas escucharan temas tan delicados sobre su familia.
—¿Qué estás viendo? —a Don Porfirio no se le había pasado por alto que Ignacio no dejaba de observar al amigo de su hijo y, aunque había guardado silencio por decoro, el hecho de que descuidara la salud de su hija por mirar a ese joven solo añadió más irritación a su ya agrio humor.
—Solo me preguntaba, señor, ¿Cómo es que se llama el acompañante del joven Deodato?
El aludido hizo una reverencia con la cabeza, sonriendo a Don Porfirio para tranquilizarlo.
—Mi nombre es Leonardo Escandón y antes de que lo pregunte, estoy aquí porque estaba a punto de acompañar a mi amigo a revisar una hacienda, pero cuando encontramos a la señorita Amanda en ese estado, no tuve corazón para irme sin ayudarla.
—¿Usted fue quién salvó a mi esposa?
Ante la pregunta, su suegro sintió la enorme necesidad de darle una bofetada a su yerno, ¿Cómo se atrevía a hacer ese tipo de preguntas tan carentes de sentido? Seguramente su respuesta habría sido igual de descortés que sus pensamientos de no ser por el grito que se escuchó dentro de la habitación de Amada.
—¡Por favor señorita! ¡Tiene que calmarse! —Cuando los hombres entraron, pudieron observar como Acoltzin, completamente aterrorizada trataba de mantener a Amada en su lugar—. Su padre está aquí, está a salvo.
—¡No, no! ¡Suéltame! — el cuerpo de la mujer solo se agitó más cuando Deodato e Ignacio ayudaron a Acoltzin a sostener a Amada—. ¡Si vienen de parte de esos hombres juro que voy a matarlos! ¡No tienen derecho alguno a meterse con mi familia!
Don Porfirio intercambió una mirada con Leonardo, quién no tardó en salir corriendo a buscar al médico que no había abandonado La Casa de la Torre* desde la noche anterior.
—¡Suéltame! ¡Déjame ir!
—¿Hija?
Ante la mención de esta palabra, Amada se detuvo unos instantes, enfocando al hombre que la había llamado de esa manera. Los ojos de su primogénita recorrieron su rostro y cuerpo de arriba a abajo, pero en su mirada no había ninguna señal de reconocimiento o amor, solo había miedo, rabia y desesperación.
—¿Usted está con esos hombres?
Rosaura no comprendía qué estaba pasando. Hacía tan solo unos instantes había estado a punto de morir en el agua, y ahora se encontraba en una cama, rodeada de extraños que lucían trajes igual de raros y no dejaban de mirarla con preocupación. Claro que, después de todo lo que le habían hecho, su primera reacción fue luchar; pero ahora, bajo los atentos ojos de aquel viejo hombre, se sentía cohibida. Él no la miraba con odio y coraje, como todos los otros matones que había visto la última vez, sino con pena y un profundo cariño.
—¿De qué hombres hablas? — su voz era profunda, como si estuviera acostumbrado a mandar—. ¿Del que acaba de salir?