Amada Rosa

Leonardo

Persisten las habladurías sobre el singular baile descubierto en la capital

Ciudad de México, 19 de noviembre de 1901.

Han transcurrido ya dos días desde que la policía interrumpió una reunión privada celebrada en una casa de la capital, suceso que, lejos de disiparse, continúa creciendo en comentarios, rumores y no pocas especulaciones.

Lo que en un principio se describió como una sencilla velada entre caballeros de buena posición social resultó ser, según los informes oficiales, una fiesta en la que varios de los asistentes se encontraban vestidos con ropas propias del sexo femenino, circunstancia que provocó la inmediata intervención de las autoridades.

Esa noche fueron arrestados cuarenta y dos individuos. Sin embargo, para sorpresa de muchos, la cifra fue corregida horas más tarde y reducida a cuarenta y uno. Sobre esta modificación no se ha emitido explicación alguna, lo cual ha despertado la curiosidad y la suspicacia de la ciudadanía.

Como suele ocurrir en estos casos, la noticia ha sido ampliamente difundida, no tanto por su gravedad, sino por su carácter pintoresco. La prensa ha optado por el tono burlón, y ya circulan caricaturas, versos y coplas que inmortalizan el episodio, destacando los grabados del siempre mordaz José Guadalupe Posada.

No obstante, detrás de las risas se percibe cierta incomodidad. Muchos se preguntan por qué algunos han sido expuestos públicamente, enviados a trabajos forzados o humillados en las calles, mientras otros parecen haber desaparecido del relato oficial.

En esta ciudad, donde la moral se exige con severidad a los de abajo y se negocia con discreción a los de arriba, no son pocos los que ven en este caso algo más que un simple escándalo social.

—¿En verdad no pueden hablar de otra cosa?

Deodato prácticamente lanzó el periódico sobre la mesa cuando terminó de leer. Seguramente cuando pasara la crisis de su hermana, su padre se encargaría de castigar semejantes burlas, pero mientras tanto, los opositores iban a aprovecharse todo lo que pudieran para dejar en mal al gobierno.

—Te dije que dejaras de leer eso— Leonardo ni siquiera miró el periódico sobre la mesa—. El imparcial* es mucho mejor— la clara burla en la voz del hombre solo hizo que Deodato se molestara más.

—Esto es un tema serio, el escándalo social...

—Es lo que debería importante menos— afirmó dejando de lado su brioche*—. El tema que ahora te debería ocupar es el de Madero y los hermanos Flores Magón. Desde que decidió apoyar al periódico Regeneración, los opositores han crecido. No creo que deba recordarte que ahora El congreso liberal de San Luis, ya no solo está contra la Iglesia, sino que ahora es abiertamente antiporfirista.

Deodato, en un intento por calmar sus nervios, llevó un poco de Huevos aux fines herbes* a su boca.

—Para ser un hombre poco interesado en la política, sabes mucho — murmuró pasando un bocado—. Pero no te preocupes, eso mi padre ya lo tiene solucionado, en poco tiempo, todos esos clubes de detractores van a ser destruidos. Con Ricardo y su hermanos fuera del juego será fácil arrestar a Camilo Arriaga.

Leonardo asintió, volviendo a centrar su atención en la comida.

—¿El líder del Club Poniendo Arriaga?

—Si— sin muchos ánimos por continuar con aquel rumbo que había tomado la conversación, Deodato carraspeó —. Pero no es bueno hablar de esos temas en el desayuno, mejor dime, ¿Aún te sigue agradando mi hermana?

La pregunta hizo sonrojar al hombre que había decidido probar un poco de la compota de manzana*

—¿Por qué quieres saber acerca de eso? La señorita, perdón, señora Amada es una mujer casada.

Deodato llevó un poco de vino a su boca, sonriendo con diversión.

—Me interesa saber porque la manera en que la salvaste el día de ayer, fue la de un hombre preocupado.

—Preocupado por preservar la vida humana— argumentó.

—Por preservar la vida humana de la mujer que ha robado su corazón — corrigió Deodato— Mi esposa María no ha tenido reparo alguno en comentar que tú interés hacia Amada es notable.

—La señora Raigosa siempre ha tenido una fascinación por las novelas de romance, así que no me resultaría sorprendente que sus declaraciones se deban a esa influencia.

—Con el pequeño Porfirio llorando todo el día dudo mucho que tenga tiempo para seguir leyendo esas fantasías, como tú las llamas— Leonardo alzó una ceja, claramente incrédulo—. Además, estás a punto de cumplir treinta años y aún no te has casado. Creo que es momento de que decidas sentar cabeza.

—Tenemos veintiocho años— recordó— ¿Y en verdad piensas que mujer casada es mi mejor opción?

Pese a que su pregunta sonaba a reproche, la verdad era que, desde que Leonardo había conocido a Amada en la boda de su hermana Luz Aurora Díaz con Francisco Rincón Gallardo, uno de los descendientes de los Marqueses de Guadalupe, su corazón no había podido pensar en nadie más que en ella. Amada Díaz Quiñones era perfecta a sus ojos. Nada tenía que ver el dinero; aquella mujer, con su sola existencia, era un ángel. Y aunque muchos no tenían el privilegio de conocerla debido a su posición, cuando él la tuvo cerca, estuvo seguro de que Dios lo había bendecido.

Amada era noble y bondadosa, y aunque su matrimonio con Ignacio de la Torre y Mier a veces la hacía mostrarse triste, desolada e infeliz, su sonrisa regresaba siempre que estaba rodeada de su familia. Leonardo no sabía explicar con certeza qué era lo que la hija preferida del presidente le hacía sentir; solo sabía que, al verla, su corazón latía con una fuerza desconocida, que sus ojos se negaban a buscar a nadie más y que sus manos ansiaban, con una ternura casi dolorosa, rozarla siquiera un instante.



#774 en Otros
#160 en Novela histórica
#2412 en Novela romántica

En el texto hay: historia, mexico, amor

Editado: 31.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.