Rosaura abrió los ojos de golpe, se sentía confundida y aún con algo de miedo. Sabía que el día anterior no había sido un sueño, pero ahora no estaba tan segura de cómo la tratarían ¿Habrían cerrado su puerta para que no intentara escapar? ¿Tendrían guardias esperando en su puerta a que despertara para someterla a más torturas? Ella no estaba segura de nada, ahora que lo pensaba con más calma podía deducir que la gente que había estado a su lado nada más abrió los ojos no parecían maleantes, ni su aspecto, ni su manera de hablar se parecía a la de los hombres que la habían retenido.
Sintiendo la boca seca, alejó cualquier pensamiento de su mente para ponerse de pie. Sus ojos rápidamente enfocaron sus manos, ese no era el color de piel que recordaba tener, ¿Las torturas podrían haberle cambiado algo? Con un mal presentimiento lamió sus labios ¿Qué tanto le habrían hecho?
—Mi señora, buenos días, ¿Cómo se siente hoy? —Acoltzin, que había estado toda la noche en la habitación, sonrió de alivio al ver que Amada estaba vez no intentó escapar ni mucho menos, gritó—. ¿Quiere que le prepare algo en especial?
Rosaura por acto reflejo caminó de espaldas hasta pegar con la pared, no sabía cómo sentirse al escuchar tanta amabilidad y respeto de aquella mujer que seguramente no tendría más de veinte años. Lo último que recordaba es que la habían lanzado al agua fría sin ningún tipo de piedad, ¿Sería posible que ellos la hubieran rescatado? Con este nuevo pensamiento, pasó saliva, asintiendo.
—Agua, por favor.
Al escuchar la voz, dió un respingo de sorpresa, no era así como ella recordaba hablar… el tono no era el mismo. Su padre siempre le dijo que hablaba como si fuera un pequeño ratón furioso con tantas ideas en la cabeza que a veces no se le entendía lo que decía, y lo que salió hacia dos segundos atrás era algo más amable y dulce, como si estuviera acostumbrada a ser paciente al pronunciar cada sílaba.
La extraña, ajena a estos pensamientos asintió, tomando una jarra repleta de agua. Con mucho cuidado, sirvió el líquido en un vaso y se lo extendió.
—Gracias— tratando de ignorar el latido errático de su corazón, bebió de golpe el agua—. ¿Pueden prestarme un teléfono o un celular? Tengo que llamar a mi familia.
Acoltzin se extrañó de oír la peculiar palabra. Nunca antes había escuchado eso de celular, pero suponía que una mujer de mundo como lo era la señora Amada, conocía cosas que no eran tan usuales en el resto de la población.
—Puedo llamar a su padre, si es lo que desea.
—¿Conoce a mi papá?
—Por supuesto que sí, señora. Todo el mundo lo hace.
Rosaura dudaba de aquello, pero mientras la ayudaran iba a seguirles la corriente. Así que con toda la amabilidad que tenía en su interior sonrió, ignorando el extraño vestido en forma de campana que le pusieron, no tenía por qué quejarse, la tela era suave, como si se tratara de seda.
—Te agradecería mucho si pudieras ayudarme a hablarle. Debe de estar muy preocupado por mi.
—Lo está, ayer estaba muy intranquilo, se quedó aquí toda la noche en una de las habitaciones para cuidar de usted— informó la joven mujer—. También su esposo estuvo preguntando por su estado de salud,
—¿Mi esposo? — aquella palabra quitó toda la emoción que sintió al escuchar que su padre había ido a buscarla—. Yo no tengo ningún esposo— hacía apenas tres meses había salido de su carrera y la sola idea de matrimonio era impensable.
El rostro de Acoltzin al escuchar esta respuesta se descompuso. Era claro que su señora no estaba bien.
—No se mueva de aquí, voy por su padre.
Rosaura sintiendo que todo daba vueltas, caminó despacio hasta la puerta, deteniéndose en seco cuando un espejo se cruzó a mitad de su andar. Aguantando la respiración, giró un poco su cuerpo para poder verse bien. Sin poder evitarlo, una risa de nervios y pánico salió de sus labios. Ese rostro no era el suyo. Asustada se acercó, tocando sus mejillas, barbilla y nariz, acariciando con manos temblorosas cada pedazo de piel que se cruzó en su camino.
No parecía ser una máscara, ni siquiera tenía marcas de cirugía o algo parecido. Todo se sentía real, como si ella siempre hubiera tenido ese aspecto,
A punto de entrar en un ataque de pánico, bajó sus manos hasta su cuello, tocando un collar que no le pertenecía. ¿Qué estaba pasando? ¿El golpe final había sido tan fuerte como para dejarla loca? o peor aún, ¿Habría muerto y estaba en el limbo? Rosaura negó para sí, debía de estar en una pesadilla.
Apretando la mandíbula, empezó a pellizcarse y rascarse de manera compulsiva, debía de encontrar una manera de recobrar la conciencia y pronto, ¿Golpearse justo como las películas mostraban sería una buena idea? ¿Intentar ahogarse dentro de su imaginación la haría despertar antes de que su cuerpo se perdiera por completo en el agua?
—Hija mía— la voz ajena la hizo detener cualquier movimiento en seco, ese no era su padre, bajó ninguna circunstancia su papá luciría de esa manera, mucho menos hablaría así de profundo y seco—. ¿Cómo te sientes? ¿Quieres que llame a un doctor?
—¿Quién es usted?
—Soy yo, tu papá Porfirio, ¿Acaso no me recuerdas?
Rosaura no quería actuar como si fuera una niña tonta o peor aún, una adolescente asustada, pero después de lo que le habían hecho, la realidad era que si tenía miedo, pánico y pavor de lo que planeaban hacer con ella.