Amadeus: el pintor del cielo

uno: El Despertar en la Estrechez

Al principio no había nada más que el frío. Un frío que no se sentía en la piel, sino en el alma, como si el tiempo mismo se hubiera congelado antes de nacer. Allí estaba él. No sabía cuánto tiempo había pasado en esa oscuridad, porque en ese lugar los segundos no se contaban: se sufrían. Estaba encogido, con la espalda curvada bajo un peso que no comprendía. En su mente, no era un hombre; era simplemente una existencia atrapada en un espacio que se volvía cada vez más pequeño.

Él no conocía su rostro. No sabía que su espalda formaba una joroba prominente, una montaña de carne y hueso que lo obligaba a mirar siempre hacia abajo, hacia el vacío. Para él, la vida era ese rincón estrecho, ese silencio interrumpido solo por su propia respiración agitada.

—¿Por qué es tan pequeño este lugar? —susurró con una voz que sonaba a piedra raspando contra otra piedra.

Fue entonces cuando la escuchó. No era una voz que viniera de afuera, sino una que vibraba en las paredes, en el suelo y en el aire que apenas lograba inhalar. Era una voz profunda, antigua, que parecía cargar con el peso de todos los mundos.

—No es que el espacio sea angosto —dijo la Voz, y el eco hizo que el corazón de aquel hombre diera un vuelco—. Es que apenas ahora te estás dando cuenta de tu propia grandeza.

Él se estremeció. ¿Grandeza? Él solo sentía dolor. El dolor de una joroba que lo anclaba al suelo, el dolor de unos ojos que, aunque abiertos, no encontraban nada que admirar.

—Tengo frío —se quejó, abrazándose a sus propias piernas—. Aquí no hay nada. Solo sombra.

—Tienes frío porque el mundo está incompleto —respondió la Voz con una calma que aterraba—. Y tú has sido traído aquí para completarlo. Pero para dar calor a otros, primero tendrás que arder tú mismo y ser parte de esa calidez.




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