La Voz le explicó su misión. No era una invitación; era un destino que había estado esperando por él durante milenios. El mundo afuera era un lienzo gris, un lugar donde las personas caminaban sin rumbo porque no había luz que guiara sus pasos ni colores que calentaran sus corazones.
—Necesito tus ojos —dijo Dios, aunque él aún no sabía que era Dios quien le hablaba.
—¿Mis ojos? —preguntó aterrado—. Es lo único que tengo, aunque solo vea oscuridad. Si me los quitas, ¿qué me quedará?
—Te quedará la visión de lo eterno. Tus ojos no verán más la forma de las cosas, pero tus manos crearán la luz que los demás necesitan. Entrégame tu vista y yo te daré el color del sol.
En un acto de fe ciega —literal y figuradamente— él aceptó. Después de todo, ¿qué era perder un par de ojos que nunca usó? Sintió un calor abrasador, una sensación de fuego líquido que recorrió sus cuencas. El dolor fue tan inmenso que el tiempo pareció detenerse por un siglo. Pero cuando el dolor cesó, algo extraño ocurrió: ya no necesitaba ver para saber dónde estaba el lienzo. Sentía el pulso del mundo en sus dedos.
La Voz le entregó el primer color: el Amarillo.
—Este es el calor —dijo la Voz—. Píntalo en lo más alto. Píntalo para que cuando los hombres sientan miedo, miren arriba y sepan que no están solos; para que quien esté perdido encuentre el camino, y a quien se sienta en paz, esa luz lo arrope e ilumine sin más.
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Editado: 10.09.2026