Amadeus: el pintor del cielo

tres: Los Siglos de Labor Inalcanzable

Así comenzó su tarea. Lo que para los hombres sería solo un relato, en la realidad de este hombre fueron eones. Pintar el cielo no era una tarea sencilla; cada pincelada le costaba un fragmento de su energía vital.

Se levantaba en una madrugada eterna, antes de que el primer rayo de luz existiera, porque él era el encargado de crear ese rayo. Con sus manos tanteaba los baldes de luz líquida que Dios ponía a su disposición. Su joroba, esa carga que tanto le pesaba, empezó a cambiar: ya no era un defecto físico, era el depósito de su resistencia. Cada vez que se cansaba, cada vez que sus brazos no podían más de tanto extenderse hacia el cenit del firmamento, esa joroba parecía sostenerlo como un pilar que le impedía caer.

Pasaron cien años. Luego quinientos. Luego mil.

Pintaba el sol con una dedicación que rozaba la locura. No era solo un círculo amarillo; era una mezcla de sacrificio y esperanza. Cada día, el sol nacía de su cansancio. Sus manos, antes suaves, se volvieron rugosas, manchadas permanentemente de un oro que no se borraba con nada. Pero no iba a desistir. Cuando se aburría o se frustraba, lanzaba el balde hacia arriba y lo que se pintase, así quedaba. Una vez escuchó que a lo que él veía como fruto de su cansancio, los hombres empezaron a llamarlo «el hermoso cielo», «las formas de las nubes», «el atardecer», «el amanecer» o «los eclipses»... una infinidad de nombres que por momentos lo reconfortaban. No podía creer cómo un error para él resultaba ser un maravilloso acierto.

—¿Cuándo terminaré? —preguntaba a veces, exhausto, con el sudor cayendo por su rostro ciego.

—Cuando el amor sea suficiente —respondía la Voz.

Él no entendía. ¿Cómo podía el amor ser una medida de tiempo? ¿Qué era una medida? ¿Qué era el tiempo? Pero con todo y sus dudas, seguía, ya que no tenía más nada que hacer. Pintaba el azul profundo para que el amarillo tuviera dónde descansar. Pintaba las estrellas, una por una, pinchando el manto de la noche para que la luz del otro lado se filtrara y guiara a los viajeros perdidos, dando aliento a quien estuviera desorientado, así como él lo estaba en sus pensamientos sin fin; sus soberbios o felices pensamientos, porque lo único eterno era su labor: el resto era circunstancial.




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