Un día, después de lo que parecieron millones de madrugadas, la Voz volvió a hablarle. Pero esta vez no fue para darle una instrucción, sino para reclamar su alma.
Él estaba exhausto. Se dejó caer sobre el suelo de nubes y piedra que había construido. Su joroba, después de tantos siglos de entrega, finalmente se había aplanado. Ya no era un hombre encorvado por la vergüenza, sino un hombre erguido por el deber cumplido.
—Has dado todo lo que tenías —dijo la Voz, y esta vez se sintió un amor infinito en cada palabra—. Has renunciado a tu vista para que otros vean. Has renunciado a tu descanso para que el mundo tenga días. Has amado mi creación más que a ti mismo.
—¿Quién eres? —preguntó él, sintiendo que por fin la paz llegaba.
—Soy el principio y el fin. Y tú, hijo mío, eres mi obra más hermosa. A partir de hoy, ya no serás el hombre sin nombre en la oscuridad. Tu nombre será escuchado en el viento y visto en cada amanecer.
—¿Cómo me llamo? —susurró él.
—Te llamas Amadeus.
En ese momento, él lo comprendió todo. Amadeus: el amor a Dios hecho carne. Su sacrificio no había sido una condena, sino la forma más pura de adoración. Al pintar el mundo, había estado amando a Dios a través de su creación y en su máximo esplendor.
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Editado: 10.09.2026