Los siglos habían pasado como ráfagas de viento helado sobre la nuca de Amadeus. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban con el peso de un pincel que parecía absorber la gravedad de todo el universo. El amarillo que antes pintaba con devoción, ahora le parecía una condena de oro.
Una madrugada, cuando el frío era tan intenso que incluso el aire parecía astillarse, Amadeus se detuvo. Sus pies estaban hundidos en la nada, sus ojos vacíos le dolían con un fuego seco y su espalda, esa joroba que cargaba el destino del mundo, sollozó en un espasmo de dolor.
—Ya no más —susurró Amadeus.
No fue un grito; fue el decreto de su cansancio. Con un movimiento brusco, cargado de siglos de frustración, soltó el pincel.
El objeto cayó, pero no aterrizó como madera sobre nube. Al tocar el suelo de lo invisible, se escuchó un estruendo seco y cristalino, como si un espejo del tamaño del infinito se hubiera partido en mil pedazos. El sonido vibró en los dientes de Amadeus y, de repente, la creación entera se estremeció.
El suelo bajo sus pies empezó a temblar. El cielo azul que con tanto esmero había cubierto de estrellas comenzó a agrietarse, dejando filtrar una oscuridad más profunda y violenta que la original. Los colores que había creado empezaron a desteñirse, goteando hacia el vacío.
—¿Qué he hecho? —balbuceó, tambaleándose.
Entonces, la Voz emergió, no con la dulzura de antes, sino con la autoridad de quien sostiene las estrellas:
—Si abandonas ahora, Amadeus, todo habrá sido en vano. No solo tus siglos de labor —continuó Dios—, sino cada mirada de esperanza de los que están allá abajo. Si dejas el pincel en el suelo, el sol que pintaste se apagará para siempre y el frío que tanto temías volverá a devorarlo todo. La luz no se mantiene sola, Amadeus; se mantiene con la voluntad de quien la crea.
Amadeus escuchó el eco del vidrio rompiéndose una y otra vez en su mente. Comprendió que su vida y la luz eran la misma cosa; no podía ser libre si el mundo quedaba a oscuras. Con las manos sangrando de puro esfuerzo, se arrodilló, buscó entre los fragmentos del sonido y recuperó su herramienta.
Al tocar de nuevo el pincel, el temblor cesó. Las grietas en el cielo se sellaron con una cicatriz de oro. Él seguía cansado, seguía ciego, pero ahora sabía que su cansancio era el único pegamento que mantenía unido al universo.
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Editado: 10.09.2026