Amadeus: el pintor del cielo

siete: El Origen de Shiloh y la Dualidad de la Luz

Amadeus sostenía las manos de Shiloh en el Salón de los Espejos y, al tocarlas, una visión lo golpeó con más fuerza que cualquier mandato divino. Recordó el inicio de los tiempos, cuando sus manos aún no estaban callosas y el miedo al vacío lo dominaba.

Recordó el momento en que Dios le entregó el primer balde de Amarillo Real. Amadeus, temblando, había mojado la punta de sus dedos y, para probar si aquella sustancia realmente podía vencer a la sombra, lanzó una pequeña gota hacia el abismo. Esa gota no se convirtió en sol ni en estrella: cayó hacia lo profundo, atravesando las capas de la nada hasta tocar el suelo virgen de la Tierra.

—Tú... —susurró Amadeus, con la voz quebrada por el asombro—. Tú eres esa gota.

—Sí, padre —respondió Shiloh, cuyo rostro reflejaba una luz que no venía de afuera—. Cuando lanzaste esa luz para probarla, me diste la vida. Por eso no duermo: porque mi esencia es la misma luz que tú has estado proyectando todos estos siglos. Pero nuestros caminos nunca fueron iguales, ni lo serán ahora.




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