Amadeus: el pintor del cielo

ocho: El Santuario de los Espejos y el Eco Eterno

Después de que el pincel fuera entregado y la labor de siglos encontrara un heredero, el joven guio a Amadeus —quien ya caminaba con la ligereza de un espíritu— hacia un lugar que no estaba en los mapas de la creación. No era el cielo ni era la tierra: era un espacio donde la luz parecía rebotar contra sí misma de manera infinita.

—¿Dónde estamos, hijo mío? —preguntó Amadeus, sintiendo que sus pasos resonaban con un timbre cristalino.

—Estamos en el Santuario de los Espejos —respondió el joven, su voz llena de una reverencia antigua—. Aquí es donde el tiempo se detiene para convertirse en memoria.

Amadeus, aunque ciego, podía sentir los reflejos. Sentía que miles de versiones de sí mismo, de sus manos manchadas de amarillo y de su espalda antes encorvada, lo observaban desde las paredes invisibles.

—¿Qué es todo esto? ¿Para qué sirve este sitio de reflejos? —quiso saber el pintor.

El joven lo llevó hasta el centro de la sala, donde el silencio era tan puro que se podía escuchar el latido del universo.

—Aquí, padre, puedes hablar —dijo el joven con suavidad—. Aquí puedes contar todo lo que has vivido. Puedes narrar el frío del principio, el dolor de tus ojos, el peso de la joroba y el milagro del amarillo. Puedes contar cómo te sentiste cuando el pincel cayó y el mundo se quebró como un vidrio.

Amadeus se sintió confundido.

—¿Para quién debo hablar? Si el mundo ya tiene luz, ¿para qué quiere mis palabras?

El joven sonrió, mirando los espejos que empezaban a vibrar con la presencia de Amadeus.

—Porque la luz no es suficiente si se olvida el sacrificio que la creó. Ellos escucharán lo que digas aquí. Este sitio proyectará tu voz a través de los siglos como ondas en un estanque. Y sucederá algo inevitable: ellos contarán después tu historia, pero no todos lo harán igual.

El joven señaló hacia uno de los espejos, donde se veía el futuro de los hombres.

—Algunos la resaltarán, la harán brillar y la pondrán en libros sagrados. Otros la contarán exactamente como es, respetando cada uno de tus suspiros. Pero también habrá quienes dirán que esto nunca pasó, que el sol sale por inercia y que no hubo un hombre llamado Amadeus que entregó su vida por ellos. Otros, padre, crearán su propia versión; inventarán nuevos nombres y nuevos motivos, olvidando que fuiste tú quien pintó la primera estrella.

Amadeus guardó silencio, asimilando que su verdad ahora pertenecería a los demás.

—¿Y eso no te entristece? —preguntó—. ¿Que mi sacrificio sea transformado o negado?

—No —respondió el joven—, porque la verdad no necesita que todos crean en ella para ser real. Con que uno solo de ellos, en una habitación a oscuras, escuche tu voz y sienta el calor del amarillo en su corazón, todo habrá valido la pena. Este salón es para que tú hables y ellos, los de allá abajo, elijan qué tipo de hombres quieren ser: los que duermen o los que se quedan despiertos para ver la luz.




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