Amadeus se sentó en el centro de aquel laberinto de espejos. Suspiró profundamente, un suspiro que contenía el cansancio de eones y la paz de la redención. Empezó a hablar. Su voz empezó a rebotar de espejo en espejo, multiplicándose, viajando a través de las grietas fluorescentes hacia los oídos de aquellos que estuvieran listos para escuchar.
Contó la historia de cómo Dios le puso el nombre de Amadeus, el «Amor a Dios», y cómo ese amor fue, en realidad, un pincel que nunca dejó de moverse. Mientras hablaba, su cuerpo se volvía más transparente, fundiéndose con los reflejos, hasta que no quedó más que el sonido de su narración habitando el santuario.
fin.
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Editado: 10.09.2026