Episodio N.° 1: El retiro del equipo
Adriana bajó del auto. La grava crujió fuerte bajo sus botas. Se acomodó los lentes de sol y miró hacia arriba. El Palacio de Alba se erguía inmóvil en la cima del cerro. El sol teñía sus muros del color de una naranja demasiado madura. Las ventanas en arco miraban al mar con ojos vacíos. Hoy esa vista no le traía alegría. Hoy solo le provocaba un dolor sordo bajo las costillas.
—Empiecen —les dijo a los obreros con sequedad.
La cuadrilla de tres hombres comenzó a descargar las cajas vacías de la furgoneta. Adriana se acomodó la bolsa de trabajo en el hombro. Tenía que llevarse todo: las carpetas con los planos, los medidores láser, los trípodes y las muestras de revoque antiguo. Había reunido ese material durante tres meses. Había vivido para ese proyecto. Ahora tenía que borrar sus huellas del edificio. Se sentía como una cirujana que abandona al paciente en la mesa de operaciones.
Adriana entró al vestíbulo principal. El fresco del edificio le envolvió los hombros. En el aire flotaba el olor familiar a polvo, salitre y piedra vieja. Se acercó a la pared maciza y la tocó con la palma. La piedra estaba tibia. Cerró los ojos. Conocía cada junta de esa mampostería. Escuchaba cómo el edificio respiraba a través de las grietas.
—Perdona —susurró apenas.
Los obreros empezaron a entrar con las cajas. Los pasos retumbantes y el ruido de los muebles al arrastrarse rompieron el silencio del palacio. Adriana pasó a la habitación del fondo que había usado como oficina provisional. Sus planos seguían sobre los caballetes. Empezó a enrollar los tubos de papel vegetal. Los movimientos eran secos y precisos. No quería demorarse. Cada minuto de más entre esas paredes le golpeaba el orgullo.
De repente, desde el patio interior llegó un rugido de motores. Adriana se paralizó. Se acercó a la ventana alta. Frente a la entrada principal había dos camionetas negras. Desentonaban con la piedra antigua. Del primer vehículo bajaron tres hombres en trajes formales. Llevaban tablets y cintas métricas en las manos. No eran restauradores. Eran tasadores y topógrafos.
Adriana sintió que la mandíbula se le tensaba. La piel sobre los pómulos se le puso tirante. Sebastián no le había avisado nada sobre los nuevos dueños. Damián Vargas no perdía el tiempo. Venía a tomar su botín. Venía a tasar la tierra, no el edificio.
Adriana salió a la terraza. Quería ver con sus propios ojos a quienes iban a destruir su sueño. Un grupo de hombres encabezado por una figura alta con saco azul marino estaba parado junto a la fuente seca. El líder señalaba con el brazo el ala oeste del palacio. Hablaba con seguridad y en voz alta. Su voz se propagaba por el jardín vacío.
—Vamos a demoler este anexo primero —dijo—. Tapa la vista a la piscina.
Adriana sintió que la sangre le subía a la cara. Los dedos se le clavaron en el pasamanos de la terraza. El hierro forjado le quemó la palma. Reconoció esa voz. Reconoció esa espalda recta y ese paso seguro.
El hombre se dio vuelta. Era Damián Vargas. Se quitó los lentes y miró hacia la terraza. Su mirada fría encontró la de Adriana. En sus labios no había sonrisa. Su rostro expresaba solo la calma del dueño que descubre a un extraño en su propiedad.
Episodio N.° 2: El nuevo dueño
Adriana estaba parada en la terraza del segundo piso. No le quitaba los ojos de encima a Damián Vargas. Él estaba abajo, en el centro mismo del patio abandonado. El sol marcaba la dureza de su perfil. No miraba el edificio. Estudiaba algo en la tablet grande que sostenía su asistente. La gente a su alrededor se movía con apuro. Tomaban medidas y clavaban estacas en la tierra seca. Damián simplemente daba órdenes cortas. Su voz le llegaba a Adriana en retazos.
Sintió que los dedos se le adormecían. El frío del metal ya no le parecía un apoyo firme. Adriana vio cómo Damián se acercaba a la arcada antigua. Rozó con desgano la piedra tallada del siglo XVIII. No sentía el calor de ese material. Para él era simplemente un volumen que había que convertir en metros cúbicos de escombros. Adriana apretó los labios. Quería bajar y echarlo. Pero ya no tenía ese derecho. Los documentos de Damián eran impecables.
Damián desplegó un plano de papel sobre la tapa de la fuente seca. Adriana se inclinó hacia adelante. Contuvo la respiración.
—Aquí haremos el acceso principal —dijo Damián.
Su dedo trazó una línea decidida sobre el mapa. Esa línea atravesaba directo el jardín de olivos centenarios.
—¿Y qué hacemos con el cuerpo principal? —preguntó el ingeniero del saco gris—. La restauración de la fachada va a llevar mínimo dos años. Eso va a retrasar mucho las ventas de la primera etapa.
Damián levantó la cabeza. Miró la torre alta del Palacio de Alba. Su mirada era fría y calculadora. No había en ella ni una chispa de admiración. Solo veía un obstáculo en el camino a la ganancia. Adriana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Conocía esa mirada. Así se mira un mueble viejo antes de tirarlo a la basura.
—No vamos a perder el tiempo en restauración —respondió Damián con sequedad—. Este edificio no encaja en el concepto de un complejo residencial moderno. Ocupa demasiado espacio en el centro del terreno.
Se quedó callado un segundo y volvió a mirar el plano.
—Vamos a conservar solo el nombre para el marketing. Eso atrae a clientes adinerados. Pero el edificio en sí... Limpiamos el terreno por completo. La demolición empieza en tres semanas. Preparen los documentos para el ayuntamiento. Díganles que el inmueble está en estado ruinoso.
El mundo alrededor de Adriana se oscureció. Dejó de escuchar el ruido del mar. Las palabras de Damián le retumbaban en la cabeza como una sentencia. Miraba las grietas en la pared del palacio. Le parecía que el edificio lloraba. Escuchaba su grito mudo de auxilio. No era solo un negocio perdido. Era un asesinato. Damián Vargas iba a borrar la historia de la faz de la tierra por una piscina y un estacionamiento.
Editado: 25.04.2026