Episodio N.° 1: Entrada en la situación
Adriana cruzó las puertas de la casa de subastas «El León de Oro». El aire fresco olía a papel viejo y perfume caro. Se acomodó el cuello del sobrio blazer blanco. Los dedos le temblaban apenas. Apretó la carpeta de cuero contra el pecho. Era su día. El Palacio de Alba tenía que convertirse en su mayor logro profesional.
El salón estaba lleno de hombres y mujeres en trajes costosos. Adriana avanzó hasta la tercera fila. Eligió el asiento del extremo. Desde ahí dominaba todo el salón y el podio del subastador. Abrió el catálogo en la página catorce. En el papel satinado resplandecía la foto de la mansión.
Adriana cerró los ojos un instante. Conocía esa casa de memoria. Veía las grietas de su fachada en sueños. Sentía el olor de la piedra húmeda y los mosaicos árabes cubiertos de polvo. Los demás veían ruinas. Adriana escuchaba la voz del edificio. Le pedía que lo salvara. Exigía sus manos.
—Buenas tardes, damas y caballeros —dijo el subastador.
Se acomodó los lentes. El salón enmudeció de golpe. Adriana enderezó la espalda. Conocía su límite. Sebastián había destinado una suma enorme. La firma Fernández y Asociados no podía perder. Era una cuestión de honor y de carrera. Si se llevaba ese inmueble, su nombre se volvería leyenda en el mundo de la restauración.
—Lote número catorce. Palacio de Alba. Mansión histórica a las afueras de Sevilla —anunció el presentador.
En la pantalla grande apareció la imagen del palacio. Sus torres lucían majestuosas incluso en la decadencia. El jardín abandonado parecía la escenografía de un drama antiguo. La fuente muerta en el centro del patio esperaba el agua.
—La oferta inicial es de cinco millones de euros —dijo el subastador.
Adriana levantó su paleta. El movimiento fue decidido.
—Cinco millones doscientos mil —respondió una voz desde la primera fila.
Era el promotor inmobiliario local. Adriana lo conocía. Quería demoler el ala del palacio para construir una piscina. Ella no iba a permitirlo.
—Seis millones —dijo Adriana con sequedad.
El salón murmuró. La oferta había subido demasiado rápido. El promotor sacudió la cabeza. Bajó su paleta. Adriana sintió el primer sabor de la victoria. Ya se imaginaba arrancando capas de pintura barata de la piedra auténtica del siglo XVIII. Ya sentía el calor de los azulejos antiguos bajo las palmas.
—Seis millones a la una —cantó el subastador.
Adriana apretó con fuerza el asa de la carpeta. El corazón le latía al ritmo de los golpes del martillo.
—Seis millones a las dos...
En ese momento las pesadas puertas de roble al fondo del salón se abrieron de golpe. El portazo retumbó bajo las bóvedas del techo. Una corriente fría recorrió las filas. Adriana no se dio vuelta. Pero la nuca le ardió con un frío helado. No era simple inquietud. Era el miedo primitivo ante un extraño peligroso.
—Diez millones.
La voz era grave y ronca. Cortó el silencio del salón como una cuchilla. Adriana se paralizó. Se paralizó ante ese timbre. El metal de sus entonaciones le hizo perderse un latido. Giró la cabeza despacio hacia la entrada.
En el umbral había un hombre. Vestía un traje azul marino de corte impecable. Su figura atlética llenaba el marco de la puerta. Hacía girar entre los dedos un encendedor metálico macizo. Sus ojos fríos apuntaban directo a Adriana.
Adriana todavía no sabía su nombre. Pero ese hombre tenía el aspecto de un depredador que había venido a tomar su presa.
Editado: 25.04.2026