P.O.V. de Isunza:
Isunza abrió los ojos antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos se quedó inmóvil viendo el techo de su habitación.
Todavía estaba oscuro. El silencio del departamento era absoluto. Y entonces lo recordó. La final.
El corazón le dio un pequeño salto. Automáticamente se levantó en la cama y buscó el reloj. Todavía faltaban varios minutos para que sonara la alarma. Normalmente habría aprovechado para seguir durmiendo, pero hoy era imposible.
Una sonrisa apareció en sus labios. Finalmente había llegado el día. Meses entrenando, meses preparándose, meses imaginando aquel momento. Y ahora estaba ahí.
Se levantó de la cama y caminó hacia la cocina.
Mientras preparaba su desayuno, agarró su celular, por pura costumbre, por puro reflejo. Quizá esperaba algún mensaje de su equipo, quizá de Raúl, quizá… de sus padres.
La pantalla se iluminó. Nada. Su sonrisa se hizo más pequeña por un pequeño instante. Pero después apagó el teléfono y se recompuso. No importaba, hoy no iba a pensar en eso. Hoy era la final.
El camino a la prepa fue un poco extraño. No por nervios. O bueno, si estaba nervioso, pero eran nervios buenos, de esos que hacen que el corazón lata más rápido, de esos que te recuerdan que algo importante está por pasar. Y realmente era importante.
Toda la escuela parecía haber despertado pensando exactamente lo mismo. En cuanto cruzó la entrada principal, varias personas comenzaron a saludarlo y desearle suerte. Isunza respondía con sonrisas y bromas mientras avanzaba.
Caminaba por el patio para llegar al pasillo principal, cuando de pronto, sus ojos buscaron por reflejo el edificio de Mau. Y cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo soltó una pequeña risa.
~Ni en el día más importante sales de mi cabeza…~ pensó
Desvió la mirada.
No iba a hacerlo. Había tomado una decisión y pensaba respetarla. Aunque honestamente cada vez sufría más con esa decisión.
Las clases pasaron ridículamente lentas. Nadie parecía prestar atención, ni siquiera los maestros. Todo el mundo hablaba del partido. Los rumores, las apuestas, las predicciones, quién iba a ganar, quién anotaría más puntos, quién fallaría. Todo.
Durante la segunda hora, Isunza miró por la ventana. Y entonces lo vio.
Mau.
Caminaba por el patio junto a unos amigos.
Apenas fue un instante, pero bastó. Su pecho se tensó ligeramente.
Era increíble, llevaba dos días intentando darle espacio. Dos días. Y solo bastaba verlo unos segundos para que quisiera bajar las escaleras corriendo y acercarse, preguntarle cómo estaba, hacer alguna broma estúpida, verlo ponerse nervioso, escuchar su voz…
Pero no lo hizo, simplemente lo observó alejarse, y después volvió a mirar hacia adelante.
Porque si de verdad quería darle espacio… tenía que hacerlo bien.
Finalmente sonó la última campana. Y con ella llegó el momento.
en el gimnasio, desde que cruzaron las puertas se sintió increíble, todo se sentía más grande, más ruidoso, más importante.
Las gradas empezaban a ser ocupadas, la música resonaba en todo el lugar, los alumnos conversaban, y los profesores intentaban mantener cierto orden, sin éxito.
—Míralos. —dijo Raúl mientras observaba las gradas.
—¿Qué?
—Parece que van a presenciar una final profesional.
—Pues van a ver a un profesional.
—¿Ah, sí?
—Sí. —dijo Isunza levantando la cabeza con una mirada orgullosa.
Ambos soltaron una carcajada y entraron a los vestidores.
Los jugadores comenzaban a cambiarse. El ambiente estaba cargado de energía. Algunos estaban nerviosos, otros demasiado confiados, algunos escuchaban música, pero todos parecían estar felices.
Isunza se puso sus tenis y amarró las agujetas lentamente. Respiró profundo, y entonces sintió una mano golpear su hombro. Era Raúl.
—¿Nervioso?
—¿Por la final?
—¿Hay otra cosa?
Isunza rodó los ojos.
Raúl sonrió.
—Sabes que te conozco demasiado bien.
—Lamentablemente sí… —Un pequeño silencio.
—¿Lo has buscado?
—No.
Raúl asintió lentamente. No dijo nada más, porque no hacía falta.
Poco después entró el entrenador, y el vestidor quedó completamente en silencio.
—Muchachos.
Todos levantaron la vista.
—Hoy no quiero que piensen en el marcador. No quiero que piensen en los puntos. No quiero que piensen en los errores. Quiero que piensen en todo lo que hicieron para llegar aquí. Nadie les regaló este lugar, se lo ganaron. Entrenen como entrenaron siempre, jueguen como jugaron siempre. Y disfruten este partido, porque independientemente del resultado, ya hicieron algo increíble.
Un silencio recorrió los vestidores. El entrenador los miró a todos a los ojos y sonrió.
—Ahora vamos a demostrarlo.
El equipo entero se puso de pie.
Y por primera vez aquel día, Isunza dejó de pensar en todo lo demás.
Cuando salió a la cancha, el ruido lo golpeó de lleno. Miles de voces, gritos, porras, aplausos, todo mezclado.
Empezaron a calentar y practicar tiros, cuando entonces… por pura costumbre, levantó la vista hacia las gradas. No sabía exactamente por qué, pero lo hizo. Y ahí estaba.