Quedaban menos de treinta segundos. El marcador estaba empatado. El gimnasio entero estaba de pie. Los entrenadores de ambos equipos gritaban. Los jugadores apenas podían respirar. Isunza levantó la vista por última vez. Y entre cientos de personas… encontró a Mau.
Sonrió.
Estaba jugando la final de su vida. Y aun así seguía buscándolo.
El árbitro hizo sonar el silbato y el balón volvió a entrar en juego.
El equipo contrario tenía la posesión.
Veinte segundos.
Diecinueve.
Dieciocho.
—Vamos… —Murmuró Noah.
Diecisiete.
Dieciséis.
Quince.
El base rival intentó avanzar, pero Castellanos se interpuso. Le cerró el paso y el balón salió disparado.
Un rebote, un forcejeo, un choque, y entonces alguien lo atrapó.
Isunza.
El gimnasio entero estalló
—¡CORREE!
—VAMOOOS. —Gritaban todos.
Quedaban apenas unos segundos. Isunza corrió. Y por primera vez durante todo el partido no escuchó nada. Ni los gritos, ni al entrenador, ni al público. Solo escuchaba su respiración. Sentía que las piernas le quemaban y el corazón latiendo con fuerza.
Habían sido meses. Meses de entrenamiento, meses soñando con este momento. No iba a desperdiciarlo.
Saltó. Todo ocurrió demasiado rápido. El lanzamiento salió de sus manos. El tiempo pareció detenerse. Y durante un segundo eterno, todo el gimnasio observó el balón.
Entró.
El silbato sonó.
El gimnasio estalló una vez más. Gritos, saltos, abrazos, profesores celebrando. Los que estaban en banca corrieron a la cancha.
Habían ganado. Realmente habían ganado.
Isunza apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que medio equipo se le lanzara encima.
—¡VAMOOS!
—¡LO HICISTE!
—¡GANAMOS IDIOTA!
Raúl prácticamente casi lo derriba.
—¡TE DEBO UNOS TACOS!
Isunza soltó una carcajada. Una de verdad. De las que salen del pecho.
Durante dos minutos todo fue caos. Caos feliz. Caos perfecto. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió verdaderamente orgulloso…
P.O.V de Mau:
Todo era caos. Y sin darse cuenta, seguía buscando a Isunza entre toda esa multitud. Era extraño, durante días había intentado evitarlo. Y ahora que Isunza había dejado de acercarse… era él quien no podía dejar de buscarlo.
Lo veía riendo, feliz, celebrando con el equipo. Y algo se apretó dentro de su pecho. Porque se veía feliz. Realmente feliz. Y Mau no recordaba cuándo había sido la última vez que él mismo se había sentido así.
—¡Ganaron! —dijo Noah.
Mau tardó varios segundos en reaccionar.
—Ah… sí.
Noah lo miró.
—¿Estás bien?
—Sí
Mentira. Y Noah lo sabía.
La gente comenzaba a bajar de las gradas hacia la cancha.
—¿Vienes? —preguntó Noah.
—Sí... ya voy. —dijo Mau distraídamente. Pero sus pies no se movieron.
Noah siguió la dirección de su mirada. Y entendió inmediatamente. Otra vez.
Mau observó una vez más a Isunza. Y algo dentro de él gritó “ve”
“Solo ve”
“Felicitalo”
“Dile algo, lo que sea”
Mau tragó saliva. No era tan difícil. Solo tenía que caminar. Solo eso. Había hablado cientos de veces con él. Habían pasado orientaciones enteras. Compartieron risas y silencios. Y entonces… ¿por qué sus piernas pesaban tanto?
—Mau.
La voz de Noah lo sacó de sus pensamientos, pero esta vez sonaba más suave.
—¿Mh?
—Si no vas ahora, te vas a arrepentir.
Mau bajó la mirada. Porque sabía que tenía razón.
Respiró hondo. Una vez. Dos veces. Y empezó a caminar, cada paso sintiéndose pesado.
La multitud seguía moviéndose alrededor de él. Pero Mau solo veía una persona. Isunza estaba riendo con el equipo, simplemente disfrutando del momento.
—Isunza…
La palabra salió más suave de lo que esperaba. Pero fue suficiente.
Isunza se quedó inmóvil. Porque conocía esa voz. La reconocería entre mil personas.
Se giró lentamente. Y ahí estaba Mau
Durante unos segundos ninguno habló. Todo el ruido se sentía lejano. Incluso Noah y Raúl, que los observaban desde lejos.
Hasta que Mau bajó la mirada y sonrió un poco. Nervioso.
—Ganaste.
Una palabra ridícula. Simple.
Pero después de dos días. Después del silencio. Era muchísimo más de lo que Isunza podía explicar.
Isunza lo observó durante unos segundos.
Y por primera vez desde que decidió darle espacio, sintió que Mau había cruzado la distancia…
Una sonrisa genuina apareció en los labios de Isunza.
—Gracias.
El corazón de Mau dio una vuelta. Porque esa respuesta parecía demasiado sencilla, y aun así, sentía que había algo más detrás. Como si no estuviera agradecido únicamente por felicitarlo.
—Jugaste muy bien. —Dijo Mau después de unos segundos.
—¿Tú crees?
—Sí.
—Entonces supongo que sí valió la pena la vez que te abandoné en la orientación para ir a entrenar.
Mau soltó una pequeña risa.
—No exageres.
—Estoy siendo completamente serio. —Isunza levantó las manos.
—Claro que no.
—Bueno, un poco.
Por un instante ambos sonrieron.
Durante días Mau había sentido un nudo en la garganta cada vez que pensaba en Isunza. Pero ahora que lo tenía enfrente… Ese nudo parecía aflojarse.
Entonces alguien saltó sobre los hombros de Isunza.
—¡Mi campeón!
Era Raúl.
—Me asustaste, idiota.
Raúl soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda. Noah rió desde atrás. Y en cuestión de segundos todo el ruido de alrededor regresó.
Mau observó a Isunza unos segundos más. Y esta vez, cuando Isunza volteó a verlo, no apartó la mirada.