Ese mismo sábado por la noche Isunza llevaba casi diez minutos mirando el mismo mensaje. Y ahí estaba, sonriéndole al telefono como un idiota.
Mau:
"Empiezo a sospechar que Raúl tomó más fotos tuyas que del partido."
Isunza:
"Está obsesionado conmigo."
Mau:
"La fama tiene un precio."
Isunza soltó una risa. No una carcajada. De esas risas pequeñas que aparecen solas. Hace apenas una semana cualquier conversación con Mau terminaba convirtiéndose en una batalla. Un paso adelante, dos atrás. silencios incómodos y una crisis existencial. Pero ahora simplemente estaban hablando. Nada profundo, y aun así, Isunza no podía recordar la última vez que una conversación le había hecho sentir tanto alivio.
Se asomó por la ventana de su habitación con el teléfono aún en la mano. El ambiente era fresco y húmedo por las recientes lluvias, no había ambiente que le gustara más que ese. Y en su mente seguía aquella persona que le gustaba tanto como los días nublados.
Una pequeña risa suave salió de sus labios. ~Niño lindo…~ murmuró para sí mismo mientras observaba el cielo. Sentía un cosquilleo recoreriendole el pecho al imaginarlo. Sin darse cuenta, estaba ridículamente esperando a ir a la escuela el lunes…
Al día siguiente, ese domingo amaneció lluvioso, y a pesar de eso, los rayos de luz ya entraban por la ventana de Isunza. Abrió los ojos y volteó hacia el reloj, eran las 9:00 de la mañana. Respiró profundamente y se intentó estirar. Era sorprendente la manera en que aún dolían sus piernas a pesar de que el partido había sido hace más de un día.
—Agh… definitivamente, mis piernas acaban de presentar su renuncia formal. —dijo para sí mismo mientras hacía el intento de pararse.
Finalmente se paró. Se puso sus sandalias y caminó hacia la cocina con su teléfono en la mano.
Mientras sacaba algunas cosas para desayunar abrió el chat de Mau. Era como si de esa manera pudiera tenerlo cerca de él, y en su rostro apareció una sonrisa tan sincera como si ahí se hubiera quedado desde la conversación de ayer.
Desayunó tranquilamente y se acostó en el sillón. Ese fin de semana era tranquilo, así que podía disfrutarlo como él quisiera.
Más tarde, escuchaba música mientras hablaba con Raúl por mensaje. Cuando de pronto escuchó voces y unas llaves abriendo la puerta. Le mandó un Mensaje a Raúl:
“Espera. Creo que llegaron mis papás. Deseame suerte”
Pero no apagó el teléfono. Sus padres entraron y lo vieron en la sala.
—Buenos días cariño. Había mucho tráfico de regreso a la ciudad. —dijeron sus padres mientras acomodaban sus laptops en la barra de la cocina.
~¿Cariño?... pff~ Pensó para sí mismo Isunza.
—Ah. ¿Tuvieron un viaje?
—Sí, ¿es que acaso no lo mencionamos?
—No. Da igual. Supuse que tenían trabajo.
—Creímos haberte dicho.
Sus padres se sentaron y prendieron sus computadoras. A pesar de que habían terminado su viaje de trabajo, los pendientes nunca terminaron.
Y ahí terminó la conversación. Como siempre. Su madre contestó una llamada y su padre revisaba algunos documentos. Nadie preguntó cómo estaba. Nadie preguntó qué había hecho. Nadie preguntó nada.
Isunza observaba desde el sillón, como si aún estuviera esperando a que dijeran algo. Y entonces sintió algo extraño, no enojo, no todavía. Más bien cansancio, mucho cansancio, porque recordó la final, el gimnasio, los gritos, los aplausos. Y recordó algo más, dos lugares vacíos. Porque sí, los había buscado, aunque intentó convencerse de que no le importaba, aunque no se lo dijo a nadie, los había buscado, y no habían ido, otra vez. Como si a pesar de haber logrado algo increíble, no fuera suficiente motivo para sus padres.
—Ganamos la final. —dijo de repente. Ninguno de los dos levantó la vista inmediatamente. Su madre fue la primera en reaccionar.
—Es verdad… ¿Era este viernes cierto?
Silencio.
Isunza soltó una pequeña risa, pero definitivamente no porque fuera gracioso. Su padre también levantó la vista aunque aún con las manos en el teclado de la computadora.
—Sí. Era este viernes.
—Lamentamos no haber ido a tu partido cariño. Hemos estado ocupados.
Y ahí Isunza sonríe, pero esa sonrisa fea, la que aparece cuando alguien ya está cansado.
—Claro.
—¿Qué significa eso? —preguntó su padre.
—Nada. Solo que siempre están ocupados.
—David…
—No. En serio, no pasa nada, llevan años ocupados.
Su padre frunció el ceño.
—No es justo que digas eso. Nos estamos partiendo la espalda trabajando, y todo lo estamos haciendo para darte una buena vida.
—¿Una buena vida? —Se ríe. —Ni siquiera recordaban cuándo era la final, a pesar de que si les había dicho la fecho.
Silencio.
—Sabíamos que tenías un partido…
—No. —interrumpió Isunza, —No era “un partido”. Era la final.
Nadie responde. La mirada de Isunza era de incredulidad. Cuando de pronto se pone de pie.
—¿Saben qué? Olvídenlo.
—No, espera.
—No. Porque siempre es igual. Siempre hay una “explicación”, siempre hay una excusa… siempre hay algo más importante.
Su madre intenta acercarse.
—-No estás siendo razonable.
Esa frase termina de romper a Isunza.
—¿Razonable?
Da un paso para atrás.
—Fui razonable cuando tenía trece años. Fui razonable cuando faltaron a mis primeros partidos. Fui razonable cuando dejé de preguntar si iban a venir. Fui razonable cuando aprendí a no esperarlos.
Silencio.
—¿Y saben qué es lo peor?, que el viernes ganamos. Ganamos. Y mientras todo el mundo celebraba… yo seguí buscándolos entre las gradas. Pero ya entendí algo.
Sus padres abrieron la boca como si quisieran decir algo, pero Isunza interrumpió.
—No voy a seguir esperando. Porque la final ya pasó. Y fue uno de los mejores días de mi vida. Con o sin ustedes.