El martes llegó con un cielo mucho más despejado que el día anterior.
Los rayos del sol se colaban entre los árboles de la preparatoria mientras los alumnos recorrían los pasillos todavía medio dormidos, algunos con un café en la mano y otros intentando terminar la tarea que habían olvidado hacer la noche anterior.
Mau acomodó la correa de su mochila sobre el hombro mientras caminaba junto a Noah.
—¿Sí terminaste la de Historia? —preguntó Noah.
—Ayer en la noche.
—¿Toda?
—Toda.
—Qué injusticia.
Mau soltó una risa.
—Tú tuviste todo el fin de semana.
—Sí... pero tuve mejores cosas que hacer.
—¿Dormir?
—Exactamente.
Los dos rieron.
Mientras caminaban por el patio principal, el sonido de un balón golpeando el piso llamó la atención de varios alumnos.
En una de las canchas, algunos chicos de penúltimo semestre se reunieron ahí antes de que iniciaran las clases.
Entre ellos, Isunza.
Traía el uniforme a medio acomodar, las mangas remangadas y el cabello todavía un poco despeinado.
No estaba haciendo nada espectacular. Solo botaba su balón mientras platicaba con Raúl.
Y, aun así… Mau sonrió.
Noah siguió la dirección de su mirada.
—Ahí está.
—¿Quién?
—Tu cuchurrumín.
Mau dejó escapar una carcajada.
—otra vez con eso.
—Ni siquiera preguntaste de quién hablaba.
—Porque ya sabía.
—Peor aun.
Noah negó con la cabeza fingiendo decepción.
—Qué rápido caíste.
—ya cállate.
—Claro.
Mau intentó responder, pero pudo. Porque, justo en ese momento, Isunza levantó la vista.
Sus miradas volvieron a encontrarse. Ninguno apartó la vista enseguida.
Isunza levantó una mano a modo de saludo. Mau respondió igual.
Fue un gesto pequeño. Sencillo.
Pero bastó para que ambos continuaran su camino con una sonrisa difícil de esconder.
Las clases transcurrieron con normalidad. Historia. Literatura. Biología.
Y cuando llegó Educación Física, el profesor reunió al grupo en medio de la cancha.
—Hoy vamos a trabajar con voleibol.
Algunos soltaron un quejido, otros comenzaron a emocionarse. Mau sintió una pequeña sonrisa aparecer casi sin darse cuenta. No era ningún secreto que el voleibol era un deporte que le encantaba jugar.
El profesor dividió rápidamente los equipos. No tardaron mucho en empezar las retas.
Desde el primer saque, Mau volvió a sentirse cómodo. Se movía con naturalidad. Recibía, colocaba, remataba cuando era necesario.
No buscaba lucirse. Simplemente disfrutaba jugar.
Incluso algunos compañeros comenzaron a notarlo.
—¿Desde cuándo juegas así?
—Ni yo sé.
Las risas aparecieron de inmediato.
Noah levantó un pulgar desde el otro lado de la red.
—¡Eso, capitán!
—Ni equipo tenemos.
Mau volvió a reír.
Hacía tiempo que no disfrutaba tanto una clase.
Por un momento...
Solo existían el balón, la red y el sonido de las carcajadas. Y se sentía bien.
El resto de las clases pasaron rápido. Antes de que pudiera darse cuenta, ya estaba caminando rumbo al salón donde tenían orientación.
Como siempre… Isunza ya estaba ahí. Sentado hasta el fondo, apoyando un brazo sobre la mesa mientras hacía girar un lápiz entre los dedos. Cuando escuchó abrirse la puerta, levantó la vista.
—Llegaste.
—¿tardé mucho?
—Como... treinta segundos.
—Qué tragedia.
—Casi levanto una ficha de búsqueda.
Mau soltó una risa bajita mientras tomaba asiento frente a él.
Había algo curioso. Antes, entrar a ese salón le aceleraba el corazón por miedo.
Ahora… También, pero era por otra razón.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Isunza.
—Bien.
—¿Solo bien?
Mau apoyó los codos sobre la mesa.
—Jugamos voleibol. —Los ojos de Mau se iluminaron.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Y qué tal?
Mau sonrió un poquito.
—Me gustó.
—¿"Me gustó"?, Con esa cara estoy seguro de que les ganaste a todos.
Mau negó entre risas.
—No exageres.
—Estoy casi seguro.
—Solo jugué normal.
—Ajá...
Isunza cruzó los brazos.
—Voy a necesitar pruebas algún día.
—¿Pruebas?
—Quiero verte jugar.
Mau levantó una ceja.
—¿Y si juego mal?
—Eso no lo creo.
—¿Y si sí?
Isunza lo observó unos segundos.
Después sonrió, de esa manera tan tranquila que últimamente le salía casi sin pensarlo.
—Entonces igual iría a verte.
Por un instante… El salón quedó completamente en silencio. Mau sintió un calor subirle hasta las mejillas. No era una frase especialmente romántica.
Pero dicha por Isunza… Lo era todo.
Desvió la mirada hacia su cuaderno intentando recuperar la compostura.
—Siempre sabes que decir, ¿cierto?
—Solo cuando hablo contigo.
Mau abrió apenas los ojos. Durante unos segundos no encontró ninguna respuesta. Y eso era raro. Porque normalmente siempre encontraba alguna. Esta vez solo sonrió.
La orientación continuó, y no hubo silencios incómodos. Solo silencios tranquilos. De esos que no incomodan porque sabes perfectamente que el otro seguirá ahí cuando vuelvas a hablar.
La sesión terminó mucho más rápido de lo que cualquiera de los dos hubiera querido.
Guardaron sus cosas. Caminaron juntos por el pasillo. Sin prisa. Comentando cualquier cosa que se les ocurría. Un profesor pasó junto a ellos y ambos se hicieron a un lado para dejarlo pasar. Después continuaron caminando.
Era curioso. Cada vez resultaba más natural hacerlo.
Cuando llegaron a la puerta principal, Mau se detuvo.
—Bueno...
—Nos vemos mañana.
—Sí.
Hubo un pequeño silencio. Ninguno parecía tener muchas ganas de despedirse todavía.
Al final fue Isunza quien sonrió.
—Cuídate.
—Tú también.
Mau dio media vuelta.
Y mientras caminaba hacia las escaleras, una pequeña sonrisa volvió a dibujarse en su rostro. No hacía falta preguntarse por qué. Ya lo sabía. Cada vez era más fácil estar cerca de él. Y, por primera vez en mucho tiempo... Eso ya no le daba miedo.