Ámame en secreto

Capítulo 32

P.O.V. de Mau

El tiempo pareció detenerse.

—Hola, enano.

Aquella voz.

Habían pasado años desde la última vez que la escuchó tan cerca.

Su respiración se quedó atrapada en algún lugar de su pecho mientras observaba al joven que tenía frente a él.

Había cambiado.

Su cabello era un poco más largo que antes y tenía una ligera barba que no recordaba haberle visto nunca. Sus facciones se veían más maduras, incluso un poco cansadas, pero aquella sonrisa...

Aquella sonrisa seguía siendo exactamente la misma.

La misma que tantas veces había visto cuando era niño.

La misma que aparecía cada vez que jugaban videojuegos hasta la madrugada o cuando su hermano lo cargaba sobre los hombros para que alcanzara los mangos del árbol del patio.

Era la misma sonrisa.

Y, aun así...

Se sentía tan lejana.

—¿Qué pasó? —rió su hermano al notar que no respondía—. ¿Ya ni me reconoces?

Mau parpadeó varias veces.

Negó apenas con la cabeza.

—No...

Solo...

No esperaba verte.

Su hermano dio un pequeño paso hacia él.

Durante un segundo pareció dudar.

Como si tampoco supiera cuál era la forma correcta de acortar tantos años de distancia.

Al final simplemente levantó una mano y revolvió el cabello de Mau con la misma confianza de siempre.

—Sigues igual de despeinado.

Mau soltó una risa bajita, casi por reflejo.

—Tú sigues molestando igual.

—Eso nunca se quita.

Los dos sonrieron apenas unos segundos.

Entonces la voz de su mamá rompió el momento.

—Bueno, bueno, ya salúdense bien.

Se acercó con una enorme sonrisa y comenzó a servir la cena sobre la mesa.

—Justo íbamos a cenar. Anda, ve a lavarte las manos.

Mau asintió casi por inercia.

Tomó su mochila y subió rápidamente a dejarla en su habitación antes de regresar.

Todavía sentía el corazón un poco acelerado.

No por miedo.

Ni siquiera por enojo.

Simplemente...

No sabía cómo sentirse.

Cuando volvió a bajar, la mesa ya estaba servida. Su papá ocupaba el lugar de siempre. Su mamá terminaba de acomodar los platos.

Y su hermano permanecía sentado frente a él, observando la casa con una expresión llena de nostalgia.

—Hace años que no cenábamos aquí —comentó con una sonrisa. Y era verdad. Era raro, Su mamá dejó el recipiente con tortillas sobre la mesa.

Mau tomó asiento sin decir mucho. El ambiente era extraño. Desconocido. Como si todos estuvieran intentando actuar con naturalidad mientras fingían que nunca habían pasado tantos años.

Durante unos minutos solo se escuchó el sonido de los cubiertos.

Hasta que su papá carraspeó.

—Bueno… Supongo que ya es momento de explicar algunas cosas.

Mau levantó ligeramente la vista. Su hermano dejó de comer.

—Las cosas no salieron como esperábamos.

El mayor sonrió con cierta pena.

—La universidad… No era exactamente lo mío. —Mau permaneció en silencio. —Intenté trabajar un tiempo mientras encontraba otra carrera, pero… No alcanzaba para pagar la renta.

Hubo un pequeño silencio.

—Así que… —Su mamá tomó la palabra. —Le permitimos que se viniera con nosotros un tiempo. Hasta que encuentre otro trabajo y pueda volver a independizarse.

—No quería causar molestias —añadió él.

La mirada de su mamá se suavizó un poco.

—Esta siempre será tu casa.

Aquellas palabras hicieron que Mau sintiera un ligero nudo en el estómago.

"Esta siempre será tu casa."

Qué extraño sonaba escucharlas ahora. Su hermano bajó un poco la mirada.

—Gracias… De verdad.

Su papá asintió.

—Solo preocúpate por volver a levantarte. Lo demás ya se resolverá.

La conversación continuó.

Hablaron del trabajo. De la ciudad donde había vivido. De algunos conocidos. Pero Mau apenas lograba seguir el hilo. Las voces comenzaban a mezclarse lentamente con sus propios pensamientos.

Hasta que… Un recuerdo apareció sin pedir permiso.

Tenía siete años.

—¡Otra vez!

Su hermano volvió a acomodar el control del videojuego entre las manos.

—No vale.

Siempre pierdo porque eres un tramposo.

—No soy tramposo. Soy mejor.

—Eso dices porque estás grande.

El mayor soltó una carcajada.

—Cuando tengas mi edad también me vas a ganar.

—¿Sí?

—Bueno… Eso espero. Porque si no, qué vergüenza.

Mau hizo un puchero.

—Te voy a ganar antes.

—¿Ah sí?

—Sí.

Su hermano le revolvió el cabello.

—Quiero ver eso.

Las risas llenaban toda la sala. Su mamá preparaba la cena en la cocina. Su papá veía las noticias.

Todo parecía tan… Normal, tan sencillo, tan lejano…

—¿Mau?

Parpadeó.

Volvió al presente. Su mamá lo observaba desde el otro lado de la mesa.

—¿Estás bien?

—¿Eh?

—Estás un poco distraído.

—Sí… Perdón. Solo estoy cansado.

Su hermano lo observó unos segundos. Como si hubiera notado algo más. Pero no dijo nada. Solo volvió a comer. Y Mau agradeció profundamente aquel silencio. Porque ni él mismo entendía lo que estaba sintiendo.

La cena terminó un tiempo después.

Su mamá comenzó a recoger los platos. Su papá salió un momento al patio para contestar una llamada. Su hermano se ofreció a ayudar.

—Déjame llevar esto. Todavía sé dónde va todo.

Los dos comenzaron a reír. Mau los observó desde la puerta de la cocina.

Era extraño ver a su hermano ahí… Moviéndose por la casa como si nunca se hubiera ido. Como si todos aquellos años hubieran desaparecido de pronto. Y, sin embargo… Él seguía sintiendo un vacío difícil de explicar.

Subió lentamente las escaleras rumbo a su habitación. Al cerrar la puerta, soltó el aire que llevaba conteniendo. Se dejó caer sobre la cama. Miró el techo.

Todo había cambiado demasiado rápido. Apenas esa misma tarde iba caminando a casa pensando en el equipo de voleibol. En Isunza. En las orientaciones. Y ahora...




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