La puerta se abrió despacio.
Su hermano entró con las manos dentro de los bolsillos y una sonrisa pequeña, casi insegura.
—¿Seguro que no te molesto?
Mau negó ligeramente con la cabeza.
—No.
Su hermano cerró la puerta con cuidado detrás de él y durante unos segundos ninguno dijo nada. Simplemente observó la habitación. Había cambiado un poco desde la última vez que la había visto. Las paredes seguían siendo del mismo color, el escritorio estaba bajo la ventana, pero ahora había más libros, algunos cuadernos apilados y un balón de voleibol descansando en una esquina. Su hermano sonrió.
—Sigues siendo muy ordenado.
Mau soltó una pequeña risa.
—No tanto.
—Créeme… Comparado conmigo, sí.
Los dos rieron apenas unos segundos. Aquella risa hizo que la tensión disminuyera un poco.
El mayor comenzó a caminar lentamente por el cuarto. No tocaba nada. Solo observaba. Como quien intenta recuperar años perdidos a través de pequeños detalles. Hasta que sus ojos se detuvieron sobre una fotografía. Era una foto vieja. Estaba dentro de un marco sencillo sobre el escritorio. En ella aparecían los dos. Mau tendría unos siete años. Sonreía enseñando todos los dientes mientras sostenía un diploma de una olimpiada de matemáticas. A su lado, su hermano levantaba el pulgar con una sonrisa exagerada.
Él tomó el marco entre las manos. Sonrió con nostalgia.
—No pensé que todavía la tuvieras.
Mau bajó la mirada.
—Nunca la quité.
Hubo un pequeño silencio.
Su hermano observó la fotografía unos segundos más antes de dejarla exactamente donde estaba.
—Me acuerdo de ese día. Te pusiste a llorar porque pensabas que habías perdido.
Mau dejó escapar una risa.
—Porque sí había perdido.
—No. Perdiste una ronda. Pero ganaste el reconocimiento al mejor participante.
—Ah… Cierto.
—Y todavía dijiste… —Imitó la voz infantil de Mau. —"Pero yo quería la medalla..."
Mau se cubrió la cara con una mano.
—… Qué vergüenza.
—Eras un dramático.
—Tenía siete años.
—Y sigues siendo medio dramático.
—¡Oye!
Los dos volvieron a reír.
Era extraño. Se sentía tan natural… Como si nunca hubieran pasado tantos años. Como si el tiempo hubiera decidido hacer una pausa solo por unos minutos.
Su hermano tomó asiento en la silla del escritorio. Apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—¿Y qué tal la prepa?
Mau sonrió un poco.
—Bien.
—¿Sí?
—Sí. Me gusta mucho.
—¿Sigues sacando buenas calificaciones?
—Ajá.
—Eso nunca cambia.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Y te sigue gustando jugar voleibol?
Mau levantó ligeramente las cejas.
—¿Cómo sabes?
—Vi el balón. —Señaló la esquina del cuarto. —Además… Nunca dejabas de hablar de voleibol cuando estabas chiquito.
Mau siguió la dirección de su mirada. Sonrió.
—Hoy me invitaron al equipo de la escuela.
Los ojos de su hermano se iluminaron de inmediato.
—¿En serio?
—Sí. Todavía ni me la creo.
—¡Qué increíble, Mau! De verdad. Felicidades.
La reacción de su hermano fue genuina. Mau sintió que algo cálido le recorría el pecho. Hacía mucho tiempo que nadie reaccionaba así ante una noticia suya. No porque sus padres fueran malos. Simplemente… Nunca eran demasiado expresivos. Su hermano, en cambio, siempre lo había sido.
—Gracias...
Respondió casi en un susurro.
—¿Cuándo empiezas a entrenar?
—El lunes.
—Entonces quiero que luego me cuentes cómo te fue.
—Está bien...
Otra vez el silencio. Pero ahora ya no era incómodo.
Su hermano sonrió de lado.
—Te ves diferente.
Mau levantó la vista.
—¿Diferente? Supongo que es porque he crecido. —dijo Mau con un poco de sarcasmo y confusión.
—Sí. Pero también te ves… —Pensó unos segundos buscando la palabra correcta. —Más feliz.
Mau sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco. No respondió enseguida. Porque… Tenía razón. Lo era. Su hermano lo observó con una sonrisa divertida.
—¿Conociste a alguien?
Mau casi se atragantó con su propia saliva.
—¿Qué?
—Nada. Solo preguntaba.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque te conozco. Cuando eras niño siempre ponías esa cara cuando te gustaba alguien.
—¡Nunca hice esa cara!
—Sí la hacías.
—No.
—Hasta las orejas se te ponen rojas.
Mau sintió inmediatamente cómo el calor subía a sus mejillas. Se llevó una mano al rostro casi por reflejo.
Su hermano soltó una carcajada.
—¡Mira! ¡Lo acabas de hacer otra vez!
—Ya… No te burles.
—No me estoy burlando.
Se quedó sonriendo unos segundos. Después habló con una voz mucho más tranquila.
—Solo me da gusto.
Mau lo miró confundido.
—¿Qué cosa?
—Ver que sonríes así.
Hubo un silencio. Uno largo. Su hermano bajó un poco la mirada.
—La última vez que te vi… Eras un niño. Y… No pude despedirme como me hubiera gustado.
Mau sintió un nudo formarse lentamente en la garganta. No sabía qué responder. Porque él también había pensado muchas veces en ese día. Demasiadas.
Su hermano respiró hondo.
—Perdón por haber desaparecido tantos años. No fue porque no quisiera saber de ti. Te lo prometo.
Mau levantó lentamente la vista. Encontró los ojos de su hermano. Por primera vez desde que había regresado… Parecían llenos de culpa. No de vergüenza. No de miedo. Culpa.
—Yo… —Comenzó Mau. Pero las palabras no salieron. Solo pudo negar despacito con la cabeza. Como diciéndole que no hacía falta seguir. Su hermano sonrió con tristeza.
—Supongo que tenemos mucho tiempo perdido que recuperar.
Mau bajó la mirada y… Sonrió de verdad. Muy poquito. Pero de verdad.
—Sí… Creo que sí...