Corrí por los pasillos de la Academia Kaelum tan rápido como mis piernas me lo permitieron. Mi respiración era cada vez más pesada, un silbido asmático que me quemaba la garganta, mientras el dolor volvía a extenderse por todo mi cuerpo abriendo mi herida.
—No... —murmuré entre dientes, tragándome las lágrimas de frustración—. No puedo morir ahora... no así...
Seguí corriendo, ignorando las miradas de los estudiantes que apartaba a mi paso. Cada zancada se sentía tres veces más difícil que la anterior; sentía que mis propios músculos se estaban deshilachando por dentro.
—¡Aaaah! —Apreté los dientes con rabia y aceleré todavía más, guiado por el puro instinto de supervivencia.
Mientras tanto, en un salón del segundo bloque...
La chica del fuego permanecía sentada junto a la ventana, apartada del resto. Un lápiz giraba mecánicamente entre sus dedos, pero sus ojos dorados estaban clavados en el escritorio, perdidos en un torbellino de pensamientos.
—Lo odio... —susurró para sí misma. Apretó el lápiz con fuerza y la madera comenzó a crujir, agrietándose bajo la presión de sus dedos—. Lo odio.
No importaba cuánto lo intentara, no podía quitarse el rostro de ese idiota de la cabeza. No podía borrar el recuerdo de aquel beso, ni la humillación, ni la extraña y cálida debilidad que había sentido en su pecho.
-lo odios…
La profesora seguía explicando la lección al frente, pero ella no escuchaba absolutamente nada. Su mente era un hervidero de rencor y confusión.
De repente, un ruido estridente resonó fuera del salón, rompiendo la monotonía de la clase. Pasos apresurados, gritos de advertencia en el pasillo y, finalmente, algo pesado chocando violentamente contra la madera exterior.
—¿Qué fue eso? —preguntó un estudiante, girándose hacia la entrada.
La profesora levantó la vista del libro, frunciendo el ceño justo cuando se escuchó una voz agitada afuera: «¡Oye, no puedes pasar, es un aula de avanzada!».
¡BAM!
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con una fuerza que desató los goznes. Varias sillas de las primeras filas cayeron al suelo con un estruendo metálico y los estudiantes soltaron pequeños gritos de sorpresa, encogiéndose en sus asientos.
La chica del fuego levantó la mirada observándome lleno de sudor sangre por toda mi camisa blanca
Me lanze a ella sin pensarlo y la bese con tanta intensidad y desesperación callándonos al suelo
-lo siento…
Ella se quedó inmóvil sorprendida y con los ojos muy abiertos mientras la besaba
—¿Eh...? —¿Qué demonios está pasando? —¿No son ellos... los del incidente de ayer? —comenzaron a susurrar al fondo, mientras la tensión en el aire se volvía insoportable.
RECUERDO
—Tienes que pelear bien. —Sí, mamá... —Debemos ganar. —Sí, mamá... —Si no peleas... —Una sombra densa cubrió el rostro de su padre—. No comerás niña. —Sí, papá...
El tiempo pasó en aquella casa que más bien parecía una prisión.
—Mamá... déjame salir, por favor... la siguiente vez ganare más pronto
Silencio.
—Por favor...
Las lágrimas corrían por sus mejillas infantiles mientras observaba a través del cristal de la ventana. Afuera, el mundo continuaba: había niños jugando, corriendo, riendo y abrazando a sus padres con total libertad. Ella apoyó la frente contra el frío vidrio.
«Cómo me gustaría tener una familia así...».
—¡Victoria para Kendra!
Los aplausos ensordecieron el coliseo.
—¡Increíble! ¡Es una auténtica prodigio! ¡La más fuerte de su generación! —¡Victoria para la usuaria de fuego! —¡Otra victoria consecutiva para Kendra!
Victoria. Tras victoria. Tras victoria.
Mientras el mundo entero la felicitaba y coreaba su nombre en los torneos, ella se sentía cada vez más sola, sumergida en un pozo sin fondo. Para todos, Kendra era una campeona invencible, pero para ella misma... solo era una maldita herramienta de hacer dinero.
Hasta que un día, la rutina se rompió.
—Hola.
Kendra levantó la mirada. Un chico de su edad estaba de pie frente a ella, mostrándole una sonrisa cálida y sincera.
—¿Quieres jugar?
Por primera vez en su vida, alguien le hablaba sin que el miedo temblara en sus ojos. Por primera vez, alguien parecía ver a la persona detrás del monstruo de fuego. Y, por primera vez... su corazón latió con una fuerza distinta.
—¡Jajajaja! ¡Te atrapé! —¡Eso no vale! —¡Claro que vale!
Pasaban los días juntos. Jugaban, reían y hablaban durante horas bajo el atardecer. Poco a poco, entre risas compartidas, Kendra empezó a creer que la felicidad era algo real, algo que también le pertenecía a ella.
Aquella noche llegó tarde a casa.
—Te dije que no salieras hasta tan tarde —la voz de su padre, cargada de una severidad gélida, la hizo temblar en el umbral.
Pero aun así, ella sonrió en la oscuridad. Ya no le importaba el castigo. Por primera vez tenía un amigo. Y tal vez... algo más.
—Te amo —le dijo el chico una noche, bajo las estrellas.
Kendra sintió que el mundo entero se detenía. El vacío en su pecho pareció llenarse de golpe.
—Yo también —respondió ella, entregándole su total confianza.
El chico sonrió de una manera que ella no supo descifrar.
—Tengo que volver a casa. —¿Te acompaño? —Claro.
Kendra caminó a su lado, con el corazón dándole vuelcos de pura felicidad. Pensaba que, por fin, alguien en este asqueroso y horrible mundo la había elegido a ella. No a su destructivo poder, no a sus lucrativas victorias en el ring.
Hasta que llegaron al punto de encuentro.
—Bien hecho, muchacho —resonó una voz desde las sombras.
La sonrisa del chico desapareció por completo, sustituida por una frialdad. Detrás de él surgieron sombras negras. Esperando. Observando. Evaluando la situación.
Kendra sintió un escalofrío que le congeló la sangre.
—¿Qué...?
El chico desvió la mirada, incapaz de sostenerle los ojos.
Editado: 02.06.2026