—¡Se están besando! —gritó alguien al fondo. —¡Se están besando! —¡Miren, miren! —¡Ayyyy!
Los gritos de mis compañeros llenaron el salón mientras todos observaban la escena con una mezcla de sorpresa, emoción y puro chisme.
Kendra permaneció completamente inmóvil. Paralizada. Sus ojos seguían abiertos de par en par mientras procesaba lo que acababa de ocurrir.
Pasaron uno... dos... tres segundos.
Entonces, me separé lentamente de ella. Mi respiración seguía agitada.
—Lo siento... lo siento... —alcancé a articular.
Toda la clase quedó en un silencio sepulcral. Me señalé a mí mismo con desesperación.
—Pero es que... me estaba muriendo.
Le mostré mi uniforme; todavía estaba roto y manchado por la sangre seca del día anterior.
—¿Ves? —Intenté forzar una sonrisa nerviosa—. No me mates, por favor.
Algunos estudiantes soltaron una pequeña risa incómoda al escucharme. Otros, simplemente seguían observando sin entender absolutamente nada de lo que estaba pasando.
Kendra no respondió. Seguía sentada en el suelo, mirándome fijamente. Luego, levantó lentamente una mano y se tocó los labios con la punta de los dedos.
Su expresión cambió por completo. Confusión. Pura y absoluta confusión. Era como si su mente estuviera intentando descifrar un enigma imposible.
—Yo... —comenzó a decir, pero su voz se apagó.
Bajó la mirada y volvió a tocar sus labios. Y por primera vez desde que la conocí... ya no parecía enfadada. No había fuego azul, no había desprecio. Parecía perdida. Completamente perdida.
—¿Qué está pasando...? —susurró para sí misma.
Yo también quería saberlo. Porque el efecto del beso me había aliviado el dolor, pero sabía que era temporal. Cada vez que ella se alejaba, sentía con una claridad aterradora que algo dentro de mi pecho comenzaba a romperse otra vez.
De repente, Kendra se levantó de golpe.
Retrocedió varios pasos mientras se sujetaba la cabeza con ambas manos, enterrando las uñas en su propio cuero cabelludo con desesperación.
—No... —Su respiración se aceleró, volviéndose un silbido agónico—. No... no...
Parecía estar luchando salvajemente contra algo. Contra un recuerdo. Contra un pensamiento. O tal vez, contra ella misma. Sus ojos dorados temblaban, inyectados en sangre, mientras daba otro paso hacia atrás.
—¡Kendra! —le grité, pero no respondió—. ¡Oye! ¿Estás bien?
Por un instante, pareció escucharme. Pero entonces, volvió a agarrarse la cabeza con más fuerza, soltando un gemido ahogado, como si estuviera intentando aplastar ciertos recuerdos en lo más profundo de su mente.
Y de repente... el salón quedó en silencio. Un silencio absoluto. Demasiado absoluto.
Fruncí el ceño. Algo no estaba bien. El ambiente se sentía pesado, sofocante, y un olor metálico y nauseabundo inundó mis fosas nasales. Giré lentamente sobre mis talones.
Y mi cuerpo se congeló.
—¿Qué...? —Mis ojos se abrieron de par en par, paralizados por el horror.
El salón no estaba intacto; estaba completamente devastado, convertido en un matadero envuelto en llamas destructivas. Las paredes crujían, cubiertas por un fuego azul incandescente que devoraba la estructura. Las ventanas habían estallado en mil pedazos, y los pupitres eran solo madera astillada flotando en charcos espesos.
Pero no eran charcos de agua. Era sangre. Una cantidad obscena de sangre humana que hervía sobre el suelo debido al calor extremo, soltando un vapor denso que apestaba a carne chamuscada.
Mi respiración se detuvo.
Donde hacía solo unos segundos se encontraban mis compañeros riendo y gritando, ahora solo había carnicería. Cuerpos destrozados y mutilados por la onda expansiva yacían esparcidos por el aula. A algunos les faltaban extremidades; otros tenían los torsos abiertos, dejando ver órganos internos que todavía palpitaban débilmente antes de ser consumidos por el fuego vivo. Las cabezas de varios estudiantes colgaban de lo que quedaba de sus asientos, con los ojos abiertos en un gesto eterno de puro terror. Los que estaban más cerca de Kendra ni siquiera tenían forma humana eran solo torsos carbonizados pegados al suelo, con la carne viva exponiendo los huesos blanqueados por el calor.
—¿Qué...? —Di un paso atrás, mi pie hundiéndose en el líquido viscoso y cálido de un charco de sangre—. ¿Qué pasó aquí?
Mi voz salió completamente rota. Hacía apenas unos segundos había escuchado sus risas. Había escuchado sus burlas y sus gritos de chisme. Los había visto observándonos fijamente.
Pero todo había sido una puta ilusión de mi mente moribunda. No quedaba nadie vivo. Solo fuego, vísceras expuestas y los cadáveres destrozados de toda la clase flotando en su propia sangre.
El calor se volvió insoportable en un parpadeo. Antes de que pudiera dar un paso más hacia la salida, las llamas azules que devoraban el salón se abalanzaron sobre mí como una bestia hambrienta.
De repente, el fuego me consumió por completo.
El dolor fue inmediato, una agonía absoluta que jamás creí que un ser humano pudiera experimentar. Sentí cómo mi piel se derretía instantáneamente, desprendiéndose de mi carne. El fuego azul comenzó a evaporar cada trozo de mi cuerpo: mis músculos se calcinaban, mi sangre hervía hasta desaparecer en un vapor espeso y mis huesos empezaron a astillarse y pulverizarse bajo el calor extremo.
—¡¡¡AHHHHHHHH!!!
Mi propio grito de terror y sufrimiento resonó en las paredes en ruinas mientras me convertía en nada. Fuego, sangre y cenizas. Eso era todo lo que quedaba de mí.
Editado: 05.06.2026