Amando a mi segunda esposa

Capítulo: 11

—Patrick hablé con nuestra hija—exclamò mi madre con un rosario en la mano poniéndose de pie cuando mi padre llegó. Ya era tarde en la noche y hoy le había tocado doblar turno a mi padre.

—¿¿Y qué te ha dicho? ¿Por qué no respondía el teléfono? —preguntó mi padre.

—Según ella porque siempre que llamábamos estaba acompañando a su esposo a una reunión—dijo mi madre sentándose en la cama y bajó la mirada—pero yo sé que no está bien. Algo malo le pasa

—¿Qué te dijo?—cuestionó papá

—No es lo que dijo, conozco bien a mi hija. Deberíamos ir a buscarla. No está bien, algo le pasa, algo le han hecho.

—¡Sara ya basta! ¡Tienes que dejar de ser tan sobreprotectora con Keylan. ¿No te dijo ya que está bien? , ahí tienes que andar buscándole la quinta pata al gato—la regañó mi padre sin prestarle atención quitándose los zapatos.

—El corazón de una madre no miente. Yo lo siento . A mi hija le está pasando algo y por alguna razón no nos lo dice.

—Sí le está pasando algo: está recién casada y ya no tiene todo el tiempo para nosotros, es normal, déjala que disfrute su luna de miel. Mañana la llamaré y hablaremos con ella para que te calmes.

—Deberíamos ir y buscarla—dijo segura—solo cuando la vea frente a mí sabré que está bieny estará tranquila.

—Tendríamos que hipotecar la casa. —afirmó mi padre—Recuerda que estamos sin dinero y sin ahorros y un viaje de esos no es que cueste dos pesos. Sara deja que Key crezca, haga su vida y sea feliz—puso la mano en su hombro

—Algo le pasa a nuestra hija. Lo sentí. Soy su madre y sé cuando algo le pasa. También sé que no me daba buena espina que nadie de la familia de Ares viniera a su boda, absolutamente nadie y tienen mucho dinero.

—Contigo no se puede. Vives imaginando cosas que no son—negó con la cabeza mi padre caminando hacia el baño mientras mi madre comenzó a orar de nuevo en silencio derramando unas lágrimas.

—Mira que te dije hija que no te casaras con alguien que acababas de conocer—murmuró hablando con ella misma.

********************************

Era temprano, pero ese día no esperé que Ares fuera a despertarme, tampoco iba a pelear con él, ni a contradecirlo en nada. Hoy sería la esposa sumisa y obediente que él quería. Hoy las cosas cambiarían, este iba a ser el día uno ganándome su confianza y no sería nada fácil pero al fin y al cabo aquí no tenía nada más que hacer, ese era mi único objetivo en este lugar e iba a lograrlo. Me desperté muy temprano y tomé una ducha, me peiné y maquille mi rostro con colores opacos y me vestí de negro con una de sus ropas tradicionales que llevó cuando llegamos aquí y que yo me había negado a usar , me senté en la cama a leer uno de mis libros mientras esperaba. Cuando menos lo imaginé la puerta se abrió y la bandeja que Ares traía en sus manos se cayó al piso por la impresión.

—Disculpa yo... ¿Key? ... ¿Tú...? —no sabía ni que decir y entonces lo ayudé. Era la primera vez que lo escuchaba tartamudear.

—Si soy yo. He decidido que no quiero pasar el resto de mi vida encerrada en esta habitación. Por eso pensé que podíamos negociar un acuerdo—me observó de arriba a abajo, aún con esa ropa oscura y recatada no dejaba de mirarme con ojos de lujuria.

—Cariño, estoy tan feliz de que...

—Ares—lo interrumpí—no estoy de acuerdo con esto y lo sabes, no estoy de acuerdo con vivir aquí, tampoco con que tengas dos esposas—exclamé pues tampoco podía de un momento a otro cambiar completamente y aceptar todo lo que él dijese o se daría cuenta de que estaba intentando engañarlo para escapar y mis planes fracasarían. Él era muy astuto e inteligente por eso debía actuar con cautela. Ceder un poco sin verme demasiado sumisa—sin embargo no quiero estar encerrada todo el tiempo. Mi propuesta es que me comportaré como una esposa obediente y sumisa ante tu familia pero a cambio me dejarás salir de la habitación, andar en la casa, en el jardín, ir a conocer tu país.

—Key ya verás que todo se arregla entre nosotros, solo necesitamos ponernos de acuerdo, por supuesto que estoy de acuerdo siempre y cuando te acompañen mis guardias de seguridad.

—Está bien, lo haremos así pero no habrá intimidad entre nosotros hasta que no confiemos nuevamente el uno en el otro. Porque mientras estén tus matones persiguiéndome me sentiré que soy más tu prisionera que tu esposa.

—Está bien, es un primer buen paso—dijo y una medio sonrisa se dibujó en su rostro. ¿Qué sospechaba? Sí. Pero él también lo veía como una bandera blanca para acercarse a mí y lograr convencerme, cambiar mi modo de pensar. Yo extendí mi mano y él la tomó y la besó. Sus ojos se quedaron fijos en los míos y esta vez sentí que me miraba con ojos de amor, con los mismos ojos en los que me miró cuando me propuso matrimonio en París y esa era una ventaja para mí. Ese hombre por muy loco que estuviera, por muy narcisista, ególatra y tradicionalista tenía una pequeña debilidad:me quería a mí, de una forma egoísta y extraña pero me quería y ese amor era lo que usaría para lograr mi libertad y alejarme de él para siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.