Amando a mi segunda esposa

Capítulo: 16

Señora puedo ayudarla—se ofreció una de las empleadas y acepté sonriendo. Era la primera vez que alguien en esta casa me trataba como una persona. Ares me acompañó y repartimos la comida entre los niños pobres. Se nos hizo algo tarde cuando llegamos a casa.

—Saldremos juntos esta noche—pronunció y yo sonreí. Mi plan estaba funcionando, cada vez que salíamos juntos y que estábamos cerca era un paso más para lograr mis objetivos.

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—Señora—dijo la empleada entrando a la habitación de la primera esposa.

—¿A qué lugar llevaron mi esposo y su otra mujer tanta comida? —cuestionó Alin observándola fijamente.

—A repartir comida a los pobres—respondió la empleada—comida y dulces y eso no es todo, el señor Ares se veía muy feliz—el rostro de Alin se tornó serio, algo enojada, apretó el puño y la empleada bajó la mirada—incluso fueron y compraron regalos para los niños de la calle.

—¡Ma ldita manipuladora! —gritó enojada y la empleada bajó la mirada dando un paso hacia atrás—solo lo hace para ganarse el corazón de mi esposo. Pero juro que se irá de esta casa y tú le ayudarás—la chica tragó en seco. —Vé y ayúdala en todo, defiéndela y mantente cerca de ella,gánate su confianza y hazte su amiga. También quiero que me cuentes cada paso que dé y cada pequeña cosa que haga. ¡Vete y obedece! —gritó y la joven empleada obedeció alejándose de allí. Temerosa de lo que podía hacer Alin

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Ares y yo cenamos en un lujoso restaurante. Cuando llegamos a la casa y detuvimos el auto, empecé a sentirme un poco mal, decaída.

—¿Estás bien cariño? —cuestionó mirando mi rostro que se había puesto demasiado pálido y yo negué con la cabeza.

—¿Qué sucede, vamos al hospital?

—No, solo es un ligero decaimiento— respondí, entonces me tomò en brazos y me llevó hacia la habitación, besó mi frente en el camino, mi corazón se aceleró. Sentí algo de nostalgia que me provocó ganas de llorar, de no ser por todo lo malo que había pasado desde que habíamos venido aquí hubiera sido la relación perfecta, sacada de un cuento de hadas.

—¿La señora está bien? —preguntó en el camino la empleada que me ayudó hoy a repartir la comida. Era joven y bonita, su nombre creo que era Baribu, era tímida y agradable. Me preguntaba como siendo tan joven trabajaba a tiempo completo en la casa de la familia de Ares...

—Tiene decaimiento—respondió. —Prepara un te y llevalo a la habitación. —ella bajó la mirada y asintió retirándose inmediatamente.

—Podemos ir al hospital—pronunció.

—No es necesario. Mañana me sentiré mejor. Una duda no salía de mi mente ¿podría estar embarazada de Ares? Mi período se había retrasado y sentía mucho decaimiento. Eso sin contar que llevábamos tiempo teniendo relaciones sin ningún tipo de protección. Solo esperaba que no sospechara nada o de lo contrario nunca me dejaría irme lejos de él que era lo que planeaba en secreto luego de descubrir que absolutamente todo lo que sabía de mi esposo era una completa mentira.

—Te amo—dijo besando mi frente con cariño. Acto seguido tocaron la puerta y entró la empleada con un vaso de te en su mano.

—¿Qué siente la señora exactamente? —cuestionó.

—Solo es un decaimiento ligero. He estado muy agotada, hemos viajado mucho hoy—dije bebiendo un sorbo de la bebida que había traido para comenzar a vomitar descontroladamente sin poderlo evitar. Eso aumentaba considerablemente mis sospechas: lo más probable es que ya llevara en mi vientre un hijo de él. Lo miré un instante a los ojos llena de miedos. Tener un hijo de Ares me aterraba. Él no podía sospechar nada. Yo debía irme de allí cuanto antes. Jamás dejaría que mi hijo creciera en esa familia, en esa cultura, viéndome ser solo una mujer, una esposa débil e indefensa.

—Pudiera estar embarazada señora—planteó la empleada y ambos nos cruzamos miradas nuevamente. El miedo ardió en mi interior. Un silencio incómodo surgió y a pesar de que antes de todo esto habíamos planeado muchas veces tener un hijo, antes de descubrir quien era en realidad, antes de saber que ya estaba casado y que yo solo era su segunda esposa cosa normal en su cultura, su respuesta me dejó enormemente confundida.

—Debe ser algo más. Pero no está embarazada de mí, es imposible—exclamó poniéndose de pie con brusquedad y abandonando la habitación, como si no hubiéramos hecho el amor en incontables ocasiones sin protegernos, que tenía de raro que estuviera embarazada. A pesar de mi asombro, para mí era aún mejor que él pensara así. Lo que no entendía por qué le molestaba solo la ligera suposición de que tuviéramos un hijo a alguien que aparentemente me amaba.




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