La empleada salió y me quedé sola, confundida, acaricié mi vientre con duda e inquietud. Estaba prisionera, no era el momento de tener un hijo. Quizás era solo un simple retraso pensé despeinando mi cabello y sentí unos pasos acercándose. Me volteé y allí estaba él observándome de arriba a abajo, sus ojos se mostraban llenos de lujuria, no llevaba camisa puesta y sus músculos y su pecho quedaban al descubierto. Lo miré a los ojos, él se acercó sin decirme nada simplemente comenzó a besarme con deseo, un deseo incontrolable y así se preguntaba como era que podía estar embarazada de él.
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A la primera hora del día Baribu entró en el cuarto de la señora Alin, esta se estaba peinando.
—Buenos días—dijo la empleada.
—Di lo que tengas que decir—ordenó ella seria e indiferente.
—Anoche Ares llegó en la noche con su otra esposa—dijo la empleada mientras ella se mostró molesta y continuó peinándose—hay algo que debe saber. Creo que la segunda esposa del señor está embarazada. —Alin la miró enarcando ambas cejas—tenía vómitos y decaimiento —continuó explicando y una sonrisa maligna se dibujó en el rostro de Alin seguido de una carcajada que la empleada no supo interpretar.
—¿Dije algo mal? —preguntó la joven empleada algo asustada con su reacción pues pensó que la noticia le causaría enojo en vez de gracia.
—Ya vete—ordenó Alin y ella solo obedeció, bajando la mirada se marchó mientras Alin sonrió y al quedarse sola se rió a carcajadas como si estuviera loca.
—Pobre idiota cree que podrá darle un hijo a mi marido—agregó.
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Pasaron varios días y mi período continuaba sin aparecer, me sentía muy mal pero trataba de disimularlo lo más que podía. Temía que Ares llamara a algún doctor y descubriera que estaba embarazada, si es que lo estaba porque aún no había hecho nada para verificarlo. Solo estaba segura de algo y es que no era normal sentirse así. De no estar embarazada en realidad estaba muy enferma. En estos días mi esposo había estado muy pendiente de mí y cuando no estaba atendiendo los negocios de su familia estaba a mi lado, hoy prometió también acompañarme a llevar comida a los niños pobres, comidas y juguetes.
—¿Puedo ayudarte señora? —preguntó la empleada.
—Sí, por supuesto—respondí mientras ella se acercó.
—Cariño tus padres quieren hablarte—dijo Ares entrando a la cocina unos minutos después mientras empacaba las cosas.
—Ve yo seguiré empacando la comida—dijo la empleada y Ares se acercó y tomó uno de los dulces sonriéndole a la chica.
—Están muy buenos—tomó otro y fue tras de mí hacia la habitación. En estos días nuestra relación había mejorado considerablemente y no solo eso sino que también me estaba tratando tal y como antes solía hacerlo. Yo me comportaba bien, era la esposa más amorosa, cariñosa y considerada. Lo complacía siempre, hacíamos el amor activamente, varias veces al día y obedecía absolutamente todo lo que decía, sus padres y su otra mujer me miraban con mala cara. Al hijo casi no lo veía, la madre intentaba mantenerlo alejado de mí aunque se veía que era muy cariñoso y apegado a su padre. La palabra embarazo no la menté, Ares tampoco y oculté lo más que pude mis síntomas. En la casa dentro ya no me seguían sus guardias y aunque no me dejaba usar teléfono me permitía hablar con mis padres en su presencia. Su amabilidad relativa podría haber confundido a cualquiera pero yo tenía demasiado claro lo que quería y más ahora que creía estar embarazada.
Cuando volvimos de hablar con mis padres la cocina estaba vacía y Baribu regresó mientras terminaba de empacar las cosas.
—La señora Alin me llamó disculpe que no había terminado—agregó.
—No importa—sonreí. Entonces fuimos y repartimos la comida y regalos a los niños que estaban muy felices. Ares le dijo a la chica y a sus guardias que regresaran a casa .
—Ahora quiero que me acompañes a una subasta. Subastarán prendas de lujo para recaudar fondos para un hospital. De paso quiero comprar alguna joya para ti.
—No es necesario —pronuncié.
—Eres mi esposa Key, quiero que tengas lo mejor—afirmó besando mi mano. Lo acompañé y me compró un collar de diamantes, hermoso, con unas preciosas piedras valorado en medio millón de dólares .
—¿Te gusta? —preguntó cuando entramos en su auto.
—Gracias es precioso.
—No tanto como tú—dijo mirándome a los ojos—Te amo Key a pesar de todo lo que ha pasado. A veces me siento muy miserable por las situaciones desagradables que te hice vivir pero solo lo hice porque quería que estuviéramos juntos y que todos estuvieran bien. Quisiera tanto decirte algunas cosas... —pasó la mano por su rostro.
—Si tienes algo que decir creo que este es el mejor momento, solos tú y yo, tranquilos, creo que no tendremos más oportunidades como estás—respondí y era la verdad. Estaba pensando en vender ese collar que me regaló y usar el dinero para escapar y a la vez tenía la esperanza tonta de que me contara algo que me convenciera de quedarme. Una historia demasiado triste para que le perdonara todo el daño que me había hecho, pero no fue así.
—Promesas son promesas—fueron sus palabras y acto seguido arrancó su auto. Al parecer le importaba demasiado cuidar a todos los demás, yo no era lo más importante en su vida. Esto me dejaba claro que guardaba algún secreto pero ya no me importaba, así como él prefirió mantener una promesa, yo preferí mantenerme viva y ser libre, más porque quizás también venía un bebé en camino y esta no era la vida que quería para él.
Cuando el auto se fue acercando a la mansión había una multitud enfrente.
—¿Qué està sucediendo? —pregunté con duda.
—No tengo idea. Entraré en el auto a la mansión, bajarás y yo luego cruzaré el portón y veré qué sucede—exclamó.
—No, quiero estar a tu lado, también quiero saber qué sucede—pronuncié—soy tu esposa—agregué y él asintió, detuvo el auto frente a la multitud que bloqueaba el camino a su casa y abrió la puerta y salió, yo también bajé y me paré tras de él.