Aurora
Mi pequeña dormía muy tranquila en la cama, bajo pequeños rayos de sol, abrazada a un peluche que la hermana de Dante le entregó la primera noche en que nos quedamos, porque noto muy inquieta a la pequeña Amada.
Suspiró frente al espejo del tocador, alisando las fibras de su vestido con una meticulosidad que rozaba la obsesión. Cada detalle importaba. Estaba a punto de cruzar las puertas de una de las familias más poderosas e influyentes de la región, un clan que hasta hace poco la consideraba poco menos que una enemiga jurada. Pero las reglas del juego habían cambiado. Ya no era solo una rival dispuesta a devolver cada golpe; ahora era la pieza central de un tablero mucho más vasto, y cada movimiento debía ser milimétricamente calculado.
—Vamos, Aurora, demuéstrales de qué estás hecha —susurré para mí misma, observando el reflejo de mis ojos en el cristal.
El plan era sencillo en teoría ya lo había hablado con Dante, en cuanto oí lo del compromiso que querían para él se me ocurrió ser una mejor opción, silenciosa pero dispuesta, pero requería una precisión quirúrgica en la práctica. Para ganarme el favor de los padres de Dante —personas de convicciones rígidas, tradiciones inquebrantables y una ambición desmedida, algo que ya conocía a fondo porque es exactamente como mi padre ha llevado la tradición en casa—, no bastaba con ser educada o complaciente. Tenía que convertirme en la opción indiscutible para ellos.
Tenía que hacerles creer que la elección de su nuera perfecta no había sido una imposición del destino, sino el resultado lógico de su propia visión estratégica, aún siendo la última heredera de sus enemigos.
Y para eso, utilizaría mi carta más fuerte: la posibilidad de cederles el control absoluto sobre las rutas comerciales y las alianzas estratégicas de toda la frontera, más alla de los límites que ellos ya tenían se encontraban los que mi familia tendría, que al día de hoy no son mios, pero pronto si los seran. Si lograba demostrarles que mi unión con su hijo consolidaba un poder geopolítico inquebrantable, su resistencia inicial se desvanecería como neblina matutina.
Al llegar a la mansión principal, el ambiente era tan ostentoso como intimidante. Los pasillos de piedra pulida y los altos techos abovedados parecían recordarme constantemente el peso de la dinastía a la que me estaba enfrentando. Fue allí, en uno de los salones auxiliares mientras esperaba la señal para hacer mi entrada oficial, donde ocurrió el primer imprevisto.
—¿Y tú qué haces aquí tan concentrada, señorita Ricci?
Una voz femenina, cálida pero teñida de esa curiosidad característica de la alta sociedad, me interrumpió. Me giré y vi a una mujer de elegante porte observándome con una sonrisa amable. Era la madre de Dante, aunque ella, en ese preciso instante, ignoraba por completo la naturaleza de la relación que me unía a su hijo. Para ella, yo seguía siendo la figura controvertida del bando opuesto, una invitada inesperada en su territorio.
—Solo admirando la arquitectura de la casa, señora —respondí con una serenidad ensayada, manteniendo el mentón en alto—. Es fascinante cómo los cimientos antiguos soportan estructuras tan complejas. A veces, lo que parece frágil por fuera es lo único que sostiene todo el edificio. —Con tal de caerle bien a mi futura suegra si así lo quiere, y si no también, porque yo podré renunciar a todo menos a su hijo y a mi hermana, incluso a mi apellido renunciaría sin dudarlo.
La mujer me miró con un destello de aprobación en la mirada, sin sospechar siquiera que la metáfora iba dirigida exactamente a la dinámica de poder que pensaba transformar desde adentro. Conversamos durante unos minutos sobre banalidades y gestiones locales, un intercambio educado que me permitió medir su estado de animo, y que tan observadora es, una matriarca protectora, exigente, que valoraba la lealtad por encima de todo y que buscaba para su heredero a una mujer capaz de estar a la altura de su legado. Justo lo que yo podía ofrecer, y mucho más.
Sin embargo, la tensión acumulada durante la tarde encontró una vía de escape totalmente distinta en cuanto las puertas del pasillo se cerraron tras ella.
—Te ves peligrosamente hermosa cuando estás tramando algo —murmuró una voz profunda y familiar junto a mi oído antes de que tuviera tiempo de reaccionar.
Unos brazos firmes me rodearon la cintura, tirando de mí hacia la penumbra de un pequeño estudio privado contiguo. No hizo falta gritar; conocía ese aroma a madera de sándolo y peligro con los ojos cerrados. Dante, siempre él.
—Estás loco, nos van a descubrir —protesté en un susurro, aunque mis manos ya se habían aferrado a las solapas de su chaqueta.
—Que lo intenten —respondió él con una sonrisa torcida, antes de sellar mis labios en un beso tan intenso como desesperado.
Había algo profundamente embriagador en la clandestinidad de ese momento. En medio de las reglas estrictas, las miradas vigilantes de nuestros padres y la guerra silenciosa que librábamos contra el mundo, ese rincón era nuestro único refugio. Sentí sus labios recorrer mi mandíbula, deteniéndose en el lóbulo de mi oreja mientras su respiración se mezclaba con la mía.
—Finalmente estás aquí —susurró él contra mi piel, su voz temblando ligeramente por una emoción que rara vez se permitía mostrar—. Bajo este mismo techo. Protegida por mí, aunque ironías de la vida, seas tú la que está a punto de conquistar a toda mi familia, sin que ellos lo imaginen.
—No lo olvides, Dante —le devolví la mirada con una chispa de desafío en los ojos, acomodándole el cuello de la camisa—. Esto es parte del plan. Para asegurar nuestro futuro, necesito que tus padres crean que fui yo quien se adaptó a sus estándares, cuando en realidad soy yo quien va a reescribirlos.
Dante soltó una carcajada baja, un sonido lleno de orgullo y adoración que hizo que mi corazón diera un vuelco. Me volvió a besar, esta vez con una ternura infinita que contrastaba con la ferocidad con la que solíamos enfrentarnos en el pasado. Saber que el hombre que todos temían en la frontera estaba completamente rendido a mis pies era el mejor combustible para lo que se avecinaba.
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Editado: 24.10.2026