El entrenamiento de la tarde había sido un infierno de calor y tensión.
Desde la pista de atletismo, Mía había estado dirigiendo las acrobacias de las porristas, ignorando olímpicamente los gritos de Liam liderando las jugadas en el campo de fútbol.
Pero la competencia silenciosa entre ambos se sentía en el aire.
Al terminar, el campus se vació rápido. Mía se despidió de su grupo en la entrada de los vestidores.
—Nos vemos mañana, chicas —dijo Mía, acomodándose la mochila—. Olvidé mi tablet con las coreografías en el cuarto de música. Avanzan sin mí.
—No te tardes, Mía —le advirtió Natasha, acomodándose el cabello—. Quedamos en ver la serie en mi casa.
—Y por favor, no te cruces con el cavernícola de Liam —se burló Samantha rodando los ojos—. Ya tuvimos suficiente drama por hoy en la cafetería.
—Tranquilas, sé cómo evitar las zonas de bajo coeficiente intelectual —respondió Mía con una sonrisa engreída.
—Te esperamos en el auto, no te distraigas —añadió Diana divertida, mientras Fabiola asentía apoyando a sus amigas.
Mía caminó por el pasillo solitario hacia el almacén deportivo del gimnasio, buscando unos pompones nuevos que el entrenador había dejado allí. Al entrar, el olor a cuero de balones y cera de piso la recibió. Encendió la luz parpadeante y comenzó a buscar en los estantes altos.
—Vaya, vaya. La reina de la pista está buscando algo en el suelo de los mortales.
Mía se tensó. Esa voz ronca y arrastrada la reconocería en cualquier parte. Se giró lentamente.
Liam estaba apoyado contra el marco de la puerta. Tenía el cabello todavía húmedo de la ducha, la chaqueta universitaria colgada de un hombro y esa sonrisa de lado que a ella tanto le irritaba. Estaba completamente solo; su grupo se había ido hacía rato.
—¿Me estás siguiendo, Liam? —Mía cruzó los brazos, adoptando su postura de capitana—. Porque eso ya califica como acoso. Tu club de aplaudidores, Lukas y Nicolás, debieron enseñarte a no molestar a la gente importante.
Liam soltó una risa seca y dio un paso hacia el interior del cuarto, cerrando la puerta detrás de él con el pie. El espacio de repente se sintió extremadamente pequeño.
—Por favor, Mía. Marcos y Sebastián me arrastraron a los vestidores porque no soportaban mis quejas sobre ti. No te sigo, solo vine por el balón firmado del director. Pero qué suerte la mía... encontrarte solita y sin tu ejército de defensoras.
—No necesito que nadie me defienda de ti —retó Mía, dando un paso al frente, quedando a solo unos centímetros de su pecho—. En la cafetería te dejé callado frente a todo el instituto. Creí que habías aprendido la lección.
Liam borró la sonrisa. Su mirada bajó un segundo a los labios de Mía antes de volver a sus ojos felinos. Se inclinó un poco, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo oler su loción.
—En la cafetería tenías público, vecina. Ahí eres muy valiente —murmuró Liam con voz baja, peligrosa—. Pero aquí no están Natasha ni Samantha para aplaudirte los chistes. Aquí somos solo tú y yo. Los mismos que se tiraban tierra en el jardín de niños.
El corazón de Mía dio un vuelco, pero se obligó a mantener la respiración calmada. Su orgullo no le permitía retroceder ni un milímetro.
—¿Y qué vas a hacer, Liam? ¿Vas a llorar porque te ignoré en la entrada? —desafió ella, sosteniéndole la mirada con intensidad—. Admítelo. Te dolió el ego que no te mirara.
Liam acortó la distancia que quedaba. El aire entre los dos quemaba.
—Me molesta que finjas que no existo, Mía. Cuando los dos sabemos perfectamente que piensas en mí tanto como yo en ti. Aunque sea para odiarme.
Mía tragó saliva, sintiendo la tensión eléctrica romper el ambiente. Estaba a punto de responder cuando el sonido de unos pasos pesados en el pasillo exterior los hizo reaccionar.