Amando al enemigo: el capitán y la cheerleader

#3

Las voces de Lukas y Nicolás resonaron en el pasillo, acompañadas por el sonido de sus tenis contra el piso brillante del gimnasio.

—Te digo que dejó su billetera aquí, Nico. Liam es un despistado —se escuchó la voz de Lukas acercándose.—

Si la perdió, nos va a tocar pagar las hamburguesas a nosotros —reprochó Nicolás soltando una risa.

Dentro del cuarto de materiales, el pánico cruzó los ojos de Mía por una milésima de segundo. Si esos dos los encontraban ahí metidos, a solas, con la respiración agitada y a centímetros de distancia, el rumor correría por todo el instituto antes del amanecer. Su reputación de odiar a Liam se iría a la basura.

Liam, reaccionando por puro instinto, la tomó suavemente del antebrazo y la empujó hacia atrás, ocultándola detrás de un estante alto lleno de colchonetas de gimnasia. Mía abrió los ojos de par en par, pero guardó silencio absoluto, conteniendo la respiración. Liam se giró justo cuando la puerta se abría.

—¿Liam? ¿Qué haces aquí a oscuras, hermano? —preguntó Lukas, asomando la cabeza.Liam se apoyó contra el estante donde Mía estaba escondida, bloqueando la vista de los chicos con su cuerpo. Actuó con total naturalidad, pasándose una mano por el cabello húmedo.

—Buscando el maldito balón del director, ya les dije. ¿Y ustedes qué hacen aquí? Pensé que ya estaban en el estacionamiento.

—Vinimos por tu billetera, la dejaste en la banca de los vestidores —dijo Nicolás, lanzándosela al aire. Liam la atrapó con una mano—. Vamos, muévete. Las chicas nos están esperando afuera. Bueno, las amigas de Mía ya se fueron pisando el acelerador, pero las demás siguen ahí.

Mía, escondida en la sombra a solo unos centímetros de la espalda de Liam, sintió un vuelco en el estómago al escuchar que sus amigas ya se habían marchado. Ahora estaba realmente atrapada en el instituto.

—Ya voy, adelántense. Cierro aquí y los alcanzo —respondió Liam, manteniendo la voz firme.

—No te tardes, que tengo hambre —gritó Lukas mientras él y Nicolás se daban la vuelta, sus pasos alejándose por el pasillo hasta que se escuchó la puerta principal del gimnasio cerrarse.

El silencio volvió a inundar el cuarto de materiales. Liam no se movió de inmediato. Mía esperó un segundo antes de salir de su escondite, empujándolo un poco por el hombro para que se quitara de su camino.

—Me podías haber defendido solo, no necesitaba que me escondieras como si estuviéramos haciendo algo malo —susurró Mía, aunque sus mejillas estaban encendidas.

Liam se dio la vuelta lentamente, mirándola con una sonrisa burlona que ya no tenía tanta arrogancia, sino una chispa de diversión.

—De nada, Mía. Evité que tu grupito de porristas se enterara de que pasas el tiempo a solas con el "cavernícola". Además... —Liam sacó las llaves de su auto del bolsillo y las hizo sonar—. Escuchaste a Nicolás. Tus amigas ya se fueron. Te quedaste sin auto.

Mía miró la hora en su teléfono y maldijo internamente a Natasha por irse tan rápido.

—Puedo pedir un taxi —replicó ella, levantando la barbilla con orgullo.

—El instituto está a media hora de tu casa y ya está oscureciendo —Liam caminó hacia la puerta, abriéndola por completo y dejándole el paso libre—. Te llevo, vecina. Vivimos al lado, recuerda. Pero con una condición.

Mía lo miró con desconfianza absoluta.

—¿Qué condición, Liam?

—Vas a tener que ir en el asiento del copiloto. Nada de esconderte en la parte trasera como si fuera tu chofer. Quiero que todo el mundo en el camino vea que la capitana de porristas viaja conmigo.




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