Mientras tanto, Abelino avanzaba. Cientos de kilómetros lo separaban de su sueño, y cada curva del camino desde Guayaquil era un recordatorio de que la fe se prueba en la fatiga. Los paisajes eran hermosos: montañas que se erguían como guardianas, cielos despejados que prometían libertad. Pero la belleza no bastaba para sostenerlo. La carretera también le ofrecía pruebas: hambre, frío, cansancio, y esa voz interior que le susurraba que desistir sería lo más fácil.
En medio de la noche, la moto se quedó muda, sin gasolina. El silencio fue brutal, como si el mundo entero se detuviera. Entonces apareció un motero, un desconocido que lo remolcó hasta la estación más cercana. Más tarde, un camionero compartió con él un pan duro y un café tibio. En cada gesto de esos hombres anónimos, Abelino encontraba un milagro. Sus palabras eran abrigo, sus consejos rutas más seguras, sus sonrisas un recordatorio de que no estaba solo en la travesía.
El dinero se le escurría como arena entre los dedos, pero la esperanza seguía intacta. Y así, tras noches interminables y días de lucha, vio al fin el letrero: “Bienvenido a Lima, Perú”. Se detuvo. Bajó de la moto. Se arrodilló en el polvo de la carretera y levantó los ojos al cielo. No lloró, pero su respiración era un sollozo contenido. Agradeció a Dios por haberlo traído con vida.
Al ponerse de pie, un suspiro se le escapó del pecho: mezcla de satisfacción y de temor. Había llegado a la ciudad soñada, pero sabía que el viaje apenas comenzaba. Con dos días de dinero en el bolsillo, debía encontrar comida, un techo, un empleo. De lo contrario, la gloria de su llegada se convertiría en la tragedia de la calle.
Se santiguó, apretó los labios y se adentró en Lima. La ciudad lo esperaba, indiferente y gigantesca, como un escenario donde el destino aún no había escrito el siguiente acto.
La primera noche en Lima
El hostal era humilde, pero para Abelino significaba un refugio. Una cama, un baño, un techo, y la promesa de desayuno y cena. Con el dinero que le quedaba, apenas podía costear dos o tres días, sacrificando el almuerzo. Se bañó y se dejó caer en el colchón como un hombre vencido por la carretera. El sueño lo atrapó sin resistencia: diez horas seguidas, como si el cuerpo reclamara cada minuto robado en la travesía desde Guayaquil.
Cuando despertó, la noche ya había caído sobre Lima. Con el cuerpo adormecido, se lavó la cara y bajó al restaurante del hostal. El reloj marcaba las diez. El mesero lo recibió con una sonrisa burlona: —Casi te quedas sin cena, servimos hasta las nueve y media. Pero como recién llegaste hoy, te vamos a atender.
Abelino asintió en silencio, con el hambre rugiendo en su estómago. Mientras esperaba, escuchaba el choque de los platos y el aroma de la comida peruana inundaba el lugar. Sin perder tiempo pensaba en estrategias, en cómo sobrevivir en una ciudad desconocida, en cómo encontrar un trabajo antes de que el dinero se extinguiera.
El mesero regresó con un plato: ají de gallina. Era un gesto inesperado: un manjar que rara vez se servía en hostales. Abelino lo recibió con gratitud, saboreando cada bocado como si fuera un regalo divino. Sabía que quizá tardaría en volver a probar algo tan especial.
Al terminar, revisó su celular. No había señal, pero sí recuerdos: fotos de su madre, de su hermana, de amigos. La nostalgia lo envolvió. Antes de retirarse a su habitación le solicito al mesero la conexiona la señal de internet para poder comunicarse. De pronto, los mensajes comenzaron a llegar. Su madre y su hermana le pedían noticias, sus amigos por fin comenzaban a extrañarlo. Pero el mensaje que lo conmovió hasta las lágrimas fue el de Sara. Ella le contaba que había conseguido trabajo en un restaurante de Guayaquil, gracias al dueño del hostal donde se habían quedado. Le confesaba que lo extrañaba, que estaba agradecida por todo lo que él había hecho por ella, y que soñaba con volver a vivir esos momentos juntos.
Abelino sonrió, maravillado. Sentía que había hecho algo bueno, que había dejado una huella en alguien que lo necesitaba. Respondió con entusiasmo, diciéndole que también la extrañaba y que, apenas pudiera, la traería a Lima para estar con ella.
Esa noche, en la soledad de su cuarto, Abelino comprendió que su viaje no era solo hacia una ciudad, sino hacia un destino que empezaba a entrelazarse con otros corazones. Y mientras apagaba la luz, supo que la verdadera travesía vendría con el amanecer.
El amanecer apenas rozaba las cortinas cuando Abelino despertó con un grito que desgarró el silencio de la madrugada. El sudor le corría por la frente como si hubiera escapado de un incendio, y sus ojos, desorbitados, buscaban desesperadamente la frontera entre sueño y realidad. Eran las seis en punto, y la pesadilla aún lo envolvía: aquel niño de mirada oscura lo perseguía con una maldad inexplicable, un espectro infantil que le helaba la sangre.
En el sueño, su novia había intentado tenderle la mano, pero el pequeño demonio la había empujado hacia un abismo sin fondo. El eco de su caída resonaba todavía en la mente de Abelino, como un trueno que no cesa.
Al abrir los ojos, respiró con alivio al comprobar que todo había sido un espejismo nocturno. Permaneció unos segundos más en la estrecha cama, escuchando el latido acelerado de su propio corazón, hasta que un suspiro profundo lo obligó a levantarse. Caminó hacia el lavado, cada paso cargado de la pesadez de la pesadilla, y se inclinó frente al espejo. El reflejo le devolvió un rostro cansado, marcado por la angustia, pero también la determinación de un hombre que debía enfrentar el día.