CAPITULO 41
NORA ARELLANO
~un momento de Felicidad~
Bajé las escaleras primero, tratando de convencerme de que estaba perfectamente tranquila.
Y la verdad es que, no lo estaba. Estaba echa un manojo de nervios.
La camisa de Marc se movía con cada paso y cada vez que levantaba la mano se subía mostrando parte de mis muslos. Aun así, no me molestaba. Al contrario. Había algo peligrosamente cómodo en llevar algo suyo; pero, estaba nerviosa.
Escuché sus pasos detrás de mí.
Cuando llegué a la cocina, la luz de la mañana ya llenaba el lugar. Entraba por las ventanas amplias y se extendía sobre la isla y la encimera, iluminando todo.
Marc entro unos segundos después. Caminando directo al refrigerador.
Me apoyé contra la isla, cruzando los brazos sobre el pecho. Lo observé de arriba abajo, deteniéndome un segundo más de lo debido en la forma en que se remangaba la sudadera.
—¿Qué desea señorita? —me pregunto girándose hacia mí con el brillo del desafío todavía encendido en los ojos.
—No lo sé, chef —me senté en un taburete —. Sorpréndame.
—Me gustan las sorpresas — cerró la puerta con el pie y dejó varios ingredientes sobre la encimera: huevos, fruta, mantequilla—. Y más prepararlas —me giño antes de darse la vuelta.
Encendió la estufa y tomó un sartén con tranquilidad.
Suspiré y apoyé la barbilla en mi mano, observándolo. Marc se movía por la cocina con naturalidad, abriendo cajones, buscando utensilios, e ingredientes.
—No pensé que te tomarías esto tan en serio.
—Estoy defendiendo mi reputación —respondió sin girarse mientras rompía un huevo contra el borde del sartén.
—¿Qué reputación? —bromeé y me puse de pie para acercarme hasta él.
Él estaba concentrado frente a la sartén, pero noté cómo su postura se tensaba sutilmente al sentir mi cercanía.
—La de tu chef personal.
Algo dentro de mi se emociono al ver que no era la única que estaba nerviosa y me relaje. Asi que, sin timidez, me quede viéndole; viendo como el color carmesí teñía sus mejillas, como su cabello desordenado caía sobre su frente y lo hacia lucir tierno.
—Deja de hacer eso.
—¿Hacer qué?
—Verme así.
—No estoy haciendo nada —alcance una fresa de un baúl que recién había lavado para poner a las tostadas y me la lleve a la boca.
—Si, lo haces.
Estiré la mano con la intención de robarme una fresa más, pero él fue más rápido y me atrapó la muñeca con una suavidad firme. Su piel quemaba contra la mía. El calor de la estufa y el de su cuerpo me tenían rodeada.
—Aun no, señorita—murmuró, sin soltarme la mano, bajando la mirada hacia mis labios un segundo ante de volver a mis ojos—. Vas a tener que aprender a ser paciente.
—¿Y si no? —repliqué, sosteniéndole el desafío con una sonrisa provocadora. No retrocedí; al contrario, me apoyé ligeramente contra su costado, notando la firmeza de su brazo bajo la tela de su sudadera.
Él soltó una risa baja, y soltó mi muñeca solo para pasar su brazo por mi cintura un instante, dándome un apretón rápido antes de volver a la sartén.
—Me estás poniendo las cosas muy difíciles, ¿sabes? —confesó, aunque su tono delato que le gustaba la dificultad—. Si sigues así, el desayuno se va a quemar y la culpa será toda tuya por distraer al personal.
—Oh, ¿así que soy una distracción? —le susurré al oído, disfrutando de cómo esa confesión le hacía perder un poco el control de su fachada de chef profesional—. Pensé que eras un experto capaz de manejar cualquier situación bajo presión.
Él apagó el fuego de golpe y se giró por completo hacia mí, atrapándome entre su cuerpo y la isla, sus manos apoyándose a cada lado de mi cintura, encerrándome en su propio espacio.
—Si, eres una distracción peligrosa —admitió, acortando el espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Pero creo que puedo manejarte. Ahora, siéntate, antes de que decida que el desayuno puede esperar un par de horas más.
Le sostuve la mirada, sintiendo como el pulso se me acelera en la garganta. Entonces recuerdos de lo que paso anoche vuelven a hacerse presentes en mi mente.
Necesitaba algo frio, pero ya.
—¿Puedo comer helado?
Por un momento me ve confundido. Niega con la cabeza y ríe.
—Está bien, sí —se separa de mí.
Me alejé de él con la respiración acelerada y con las piernas un poco temblorosas. Ese hombre me volverá loca. Me acerco al refrigerador y siento mi piel erizarse al sentir el frio, eso me hace relajar. Repaso con la mirada su interior y veo que hay varias opciones de helado, asi que elijo el de chocolate. Lo cojo y cierro el refrigerador. Marc sigue preparando el desayuno.
—Buena elección —abro el bote y llevo una cucharada de helado a mi boca.
—Siempre pienso en los detalles.
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Editado: 17.06.2026