Capítulo 42
NORA ARELLANO
~Un nuevo destino~
Salí a la terraza de la cabaña con una taza de café entre las manos, mientras observaba cómo la neblina se retiraba lentamente de entre los árboles. A unos pasos de mí, el agua del jacuzzi exterior, donde habíamos pasado la noche anterior, todavía soltaba hilos de vapor que se disolvían en el ambiente.
Me apoyé en el barandal de madera, disfrutando de los últimos minutos aquí. Hoy al despertar Marc me había dado la noticia de que ya era momento de irnos, que habia otro lugar esperándonos y aun no estaba preparada para decirle adiós a este lugar que me ha devuelto un poco de felicidad.
Dejé la taza a mitad del recorrido hacia mis labios y sonreí cuando lo vi aparecer. Salió a la terraza arrastrando los pies, con el cabello revuelto y una sonrisa adormilada que me aceleró el pulso de inmediato.
—Pensé que estabas terminando de empacar —le dije, dandome la vuelta y dándole un sorbo a mi café mientras lo miraba de reojo.
—Ya terminé...—respondió, deteniéndose justo detrás de mí.
No dejó espacio entre los dos. Sus brazos rodearon mi cintura, pegando su pecho cálido a mi espalda y atrapándome contra el barandal. Su barbilla se apoyó en mi hombro, y lo sentí respirar hondo, aspirando el aroma de mi cabello.
—Bueno, ya casi termino —murmuró cerca de mi oído. Su mano bajó un poco, rozando el borde de mi cadera con una lentitud que me erizó la piel—. Umm, ¿sabes algo? el jacuzzi sigue caliente. Todavía tenemos unos minutos antes de tener que entregar la llave. Podríamos retrasar la salida un par de horas si te convence la idea.
Solté una risa suave, sintiendo el calor de su cuerpo contrarrestar el frío de la mañana. Me giré despacio entre sus brazos para quedar frente a él, sin romper la cercanía, y apoyé una mano en su pecho.
—¿Qué pretendes, Marc? —lo provoqué, clavando mis ojos en los suyos, aunque sentía que mi cuerpo entero temblaba de nervios—. Si me dijiste que hoy teníamos una agenda estricta que cumplir.
Marc arqueó una ceja, y mis ojos se encontraron con esa mirada juguetona y competitiva. Se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que sus labios rozaron la comisura de los míos en un beso exasperadamente lento.
—Tienes razón —susurró contra mi piel, haciéndome temblar—. Pero podemos hacer de cuenta que nunca dije nada.
Le sostuve la mirada, con el corazón latiéndome con fuerza en la garganta.
Le di un último beso rápido en los labios y me deslicé con agilidad fuera de su agarre, dejándolo con los brazos vacíos y una sonrisa de resignación.
—Tenemos que cumplir con tu itinerario —le dije divertida guiñándole un ojo.
El solo sonrió y negó con el cabeza divertido.
Termine mi café y baje a la cocina para dejar todo perfectamente acomodado antes de irnos y para no estar cerca de el por ahora si no cometería una locura.
Marc bajo veinte minutos después cargando las maletas y salió para guardarlas en el coche, me aseguré de que no se nos olvidara algo y salí detrás de él. Bajé los escalones del porche aspirando el aire fresco por última vez. Mientras Marc acomodaba el equipaje en la cajuela del coche, yo me abracé a mí misma, contemplando el lugar por ultima vez.
—Lista para la siguiente parada de este misterioso itinerario —dijo Marc, apareciendo a mi lado y abriendo la puerta del copiloto con una reverencia exageradamente caballerosa que me hizo rodar los ojos, aunque una sonrisa involuntaria me traicionó.
—Sigues sin querer decirme a donde vamos, ¿verdad? —lo cuestioné, subiendo al auto—. Odio no saber, Marc.
—No es cierto, si te encanta que te sorprenda. Solo que eres muy impaciente—replicó él, guiñándome un ojo antes de rodear el cofre y subirse al asiento del conductor. Encendió el motor y me miró de reojo—. Confía en tu chef y guía turístico personal. No te vas a arrepentir.
Negue con la cabeza y me cruce de brazos, claramente con un enojo fingido.
El viaje comenzó sin un rumbo claro para mí, pero la incertidumbre se disipó apenas tomamos la carretera libre. El trayecto era largo, pero las horas en el camino se volvieron increíblemente ligeras. Marc no tardó en adueñarse del radio y coloco una lista de reproducción de clásicos del rock que se mezclaban con canciones rancheras antiguas. Lo vi cantar a todo pulmón, con una gracia tan genuina que terminó por contagiarme; para cuando me di cuenta, ambos coreábamos a gritos entre carcajadas que llenaban el habitáculo del coche.
En un tramo recto, donde el paisaje comenzó a transformarse y las montañas se abrían para dar paso a llanuras más áridas y cubiertas de matorral bajo, la música bajó de volumen. El silencio que quedó fue uno de esos silencios cómodos.
—¿Te arrepientes todavía de haber aceptado este viaje conmigo? —preguntó de repente, manteniendo la vista al frente, aunque una leve curva en la comisura de sus labios delataba su expectación.
Miré de reojo su perfil, la firmeza de sus manos sobre el volante, y luego regresé la vista a la carretera que se extendía hacia el horizonte.
Respire profundo.
—Al contrario… creo que ya no quiero que termine —confesé. La honestidad de mis propias palabras me tomó por sorpresa.
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Editado: 21.06.2026