Amando más allá de las cicatrices

Capítulo 1

El calor de Bombay no perdonaba a nadie, y menos a un extranjero que había crecido entre la humedad de São Paulo y la brisa salada de los balnearios cariocas. Marcel Batista se limpió el sudor del cuello con un pañuelo y caminó los trescientos metros de tierra roja que separaban la carretera secundaria de la clínica rural Oliveira. Tenía veinticinco años, una especialización en cirugía plástica que había terminado antes que cualquier otro compañero de promoción, y un apellido que en Brasil abría puertas que él prefería mantener cerradas.

Los Batista no necesitaban presentaciones en los círculos financieros de Río ni de São Paulo; su padre presidía un conglomerado de seguros, y su madre organizaba galas benéficas donde los cheques de seis cifras se firmaban entre copas de champagne. Marcel había viajado a la India con una sola maleta y un contrato de pasantía que no mencionaba su linaje. Quería que lo llamaran doctor Batista, no «el hijo de». Quería que sus manos hablaran por él.

La clínica Oliveira era una construcción de dos plantas con paredes encaladas que se descascaraban en las esquinas y un techo de chapas onduladas. En el patio central crecía un árbol de neem cuyas ramas daban sombra a las sillas de plástico donde los pacientes esperaban su turno.

La familia Oliveira, brasileños de Goiás que habían emigrado dos generaciones atrás. El doctor Vanderlei Oliveira, de sesenta y dos años, tenía las manos temblorosas de la edad pero el diagnóstico certero de quien había visto todo; su hija Neha, nacida ahí tras el matrimonio de Vanderlei con una mujer local, llevaba la administración y la enfermería; y la abuela, doña Concepción, de ochenta y cuatro años, vivía en una habitación del piso superior desde donde observaba el ir y venir del patio con ojos que todavía podían distinguir una cara entre la multitud.

Marcel había llegado cuatro meses atrás. Al principio, los Oliveira lo trataron con la cortesía distante que se reserva a los extranjeros que vienen a «ayudar» durante una temporada y se van cuando el exotismo pierde brillo. Pero Marcel no se iba los fines de semana a Bombay a beber gin tónicas en el club de expatriados. Se quedaba, operaba con dedicación y cosía sin aires de grandeza. Se sentaba en el suelo del comedor a comer dal con la mano derecha, como mandaba la costumbre local, y discutía protocolos de triaje con Vanderlei hasta altas horas de la noche.

Para el segundo mes, Neha le había cedido la habitación de almacenamiento del segundo piso, acondicionada con una cama militar y una mosquitera. Para el tercero, doña Concepción le había dado un apodo: «el niño doctor» y le dejaba café filtrado en un termo fuera de su puerta cada mañana a las cinco, y eso era más de lo que su propia madre había hecho por él en años.

Aquel 14 de marzo, Marcel había pasado la mañana en el quirófano, reconstruyendo la nariz de un niño de seis años que había sido mordido por un perro callejero. El procedimiento era delicado, injertos de cartílago tomados del oído, suturas con hilo absorbible más fino que un cabello, capas de piel trasplantadas con la precisión que solo la cirugía plástica exigía. Marcel había terminado pasadas las once, y estaba comiendo arroz con lentejas en el patio cuando Neha llegó agitada corriendo desde la entrada principal.

- “Doctor Batista”, dijo Neha, intentando recuperar el aliento. “Hay un incendio en el evento de la fundación D’Angelo, en el distrito de Pune. Hay heridos, muchos heridos. Los hospitales de la ciudad están colapsados. Están derivando pacientes aquí”.

Marcel dejó el plato. No preguntó cuántos, ni de qué tipo de incendio. Se puso de pie y caminó hacia el interior de la clínica, gritando órdenes que no necesitaba pensar, preparar el quirófano, calentar soluciones salinas, localizar las reservas de mepivacaína y ketamina, sacar las mantas térmicas del almacén. Vanderlei apareció en el pasillo con la bata puesta al revés y los ojos enrojecidos por la siesta interrumpida; no dijo nada, solo asintió y caminó hacia la sala de triaje.

El primer vehículo llegó veintisiete minutos después. Una camioneta de carga con toldo de lona, en cuya caja viajaban seis personas tumbadas sobre mantas manchadas de negro y rojo. El conductor bajó de la cabina con las manos temblorosas.

- “Solo traigo a los más graves. Los otros los dejé en el hospital de Wadgaon, pero no tenían cama. Estos no podían esperar”, dijo el conductor.

Marcel subió a la caja de la camioneta. El impacto del olor fue inmediato, olor de piel quemada, tela sintética derretida, carne viva expuesta al aire. Había un hombre de unos cincuenta años con quemaduras de segundo grado en el torso, una mujer joven con el brazo izquierdo ennegrecido, dos adolescentes con cortes profundos en la cara y el torso, un anciano que no se movía y cuyo pulso era apenas perceptible, y al fondo, envuelta en una sari de algodón que se había carbonizado en los bordes, una mujer que no podía tener más de veinticinco años.

Marcel se acercó a ella primero. La posición de su cuerpo, la manera en que el cuello estaba girado y el cráneo reposaba contra el metal de la caja, le indicó un traumatismo que requería evaluación inmediata. Le tomó la cabeza con ambas manos, con delicadeza. El lado derecho del rostro estaba intacto, pómulos altos, piel que el sol indio había bronceado con un tono dorado, una ceja arqueada de simetría fina. El lado izquierdo era otra cosa. La quemadura había arrasado con la mejilla, el pómulo y parte de la sien, dejando un relieve de ampollas rotas y piel enrojecida. El cuello, en su lado izquierdo, mostraba un patrón de quemadura profunda que descendía desde la mandíbula hasta la clavícula y el hombro, contorsionando los tejidos adyacentes.

- “¿Quién es?”, preguntó Marcel al voluntario.

- “No sabemos. No tenía documentos cuando la encontramos. Solo el sari y una pulsera de oro”, respondió el hombre.

Marcel miró la pulsera, una argolla gruesa, de oro de dieciocho quilates, con una inscripción en italiano que el hollín no había logrado borrar. No la leyó en voz alta. Se la quitó con cuidado, la guardó en un sobre de papel manila que pidió a Neha, y ordenó el traslado inmediato al quirófano.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.