Mientras la trasladaban en camilla por el pasillo de suelo de cemento, Marcel examinó las manos de la mujer. Las palmas estaban quemadas con una profundidad que había destruido las crestas papilares, y varios dedos presentaban fracturas cerradas que probablemente se habían producido cuando ella había intentado protegerse el rostro del derrumbe. Las uñas estaban rotas, ennegrecidas, y dos de ellas se habían desprendido por completo. Marcel levantó la mano derecha y la giró bajo la luz de la lámpara del pasillo. La piel del dorso estaba menos afectada, pero las articulaciones estaban hinchadas.
- “Traumatismo cráneo encefálico, quemaduras de segundo y tercer grado en cara, cuello, hombro y manos”, dictó en voz alta para que Vanderlei, que caminaba junto a la camilla, tomara nota. “Posibles fracturas en falanges dos y tres de mano izquierda. Hay que valuar la columna cervical. ¿Tenemos el generador funcionando?”
- “El generador da para cuarenta minutos”, respondió Vanderlei. “Úsalos bien”.
La mujer perdió el conocimiento antes de que la conectaran al monitor. O quizás ya lo había perdido en la camioneta, y lo que Marcel había interpretado como respiración agónica era solo el último reflejo de unos pulmones que todavía no sabían que estaban apagándose.
En el quirófano, Marcel le pidió a Vanderlei que se ocupara de las fracturas de los dedos mientras él evaluaba el daño facial. La lámpara quirúrgica, una unidad portátil donada por una ONG alemana que proyectaba una luz blanca, iluminó el rostro de la mujer con una claridad que no dejaba refugio para la compasión.
Marcel trabajó durante seis horas y cuarenta minutos. Reconstruyó el pómulo izquierdo usando un injerto de cartílago tomado de la septum nasal, un procedimiento que él había perfeccionado durante su residencia en São Paulo bajo la dirección del profesor Cardoso, un cirujano que exigía precisión al décimo de milímetro, reconstruyó el contorno de la mejilla con un colgajo de tejido adiposo tomado del cuello, y aplicó injertos de piel parcial en las zonas donde la epidermis se había perdido por completo.
Usó como guía el lado derecho del rostro, que permanecía sorprendentemente indemne, midió la distancia entre el canto lateral del ojo y el pómulo en el lado sano, replicó esa distancia en el lado afectado, calculó el ángulo de la mandíbula usando como referencia la rama mandibular derecha, y reconstruyó la simetría con paciencia. No tenía una fotografía de referencia. No sabía cómo había lucido esta mujer antes de que el fuego la encontrara. Solo tenía la mitad de un rostro y el conocimiento anatómico para duplicarlo.
El cuello y el hombro fueron otra historia. Las quemaduras en esa zona habían penetrado hasta la fascia muscular, y los injertos que Marcel aplicó no lograron cubrir toda la extensión de la lesión. Cuando terminó de suturar vio que una franja cruenta de tejido expuesto quedaba descubierta entre la mandíbula y la clavícula. Sabía que allí se formaría una cicatriz retráctil y vistosa, pero extender la cirugía implicaba arriesgar la viabilidad de los injertos principales y la vida de la paciente. Prefirió lo parcial a lo perdido.
A las tres de la madrugada, cuando el generador se apagó con un estertor de motor ahogado y la sala quedó a oscuras salvo por la linterna frontal que Neha sujetaba sobre la frente de Marcel, la mujer seguía sin despertar. Su pulso era estable. Su respiración, asistida por un tubo endotraqueal que Vanderlei había colocado con una pericia impecable, mantenía una saturación de oxígeno en noventa y cuatro por ciento.
Marcel se sentó en un banco del pasillo, se quitó los guantes quirúrgicos y se quedó mirando la pared de enfrente.
Neha le trajo un vaso de agua tibia. Él lo bebió sin saborearlo.
- “¿Vamos a saber quién es?”, preguntó ella.
- “Si despierta, nos lo dirá ella misma”, respondió Marcel.
- “¿Y si no despierta?”, inquirió Neha.
Marcel no respondió. Se levantó, fue al lavabo del pasillo, se lavó las manos y los antebrazos hasta que la piel quedó enrojecida por el cepillo, y volvió al quirófano para revisar a los otros pacientes que la camioneta había traído.
El anciano había muerto a las nueve de la noche, sin que nadie supiera su nombre. El hombre de cincuenta años dormía bajo la manta térmica, con el tronco vendado como una momia egipcia. La mujer del brazo quemado había sido estabilizada y necesitaba un traslado a un hospital con unidad de cuidado intensivo de quemados, algo que en aquel distrito era tan probable como un tren bala. Los dos adolescentes estaban conscientes y lloraban en silencio, sentados en camillas contiguas, mirándose el uno al otro con la certeza de que algo en sus caras había cambiado para siempre.